En la película Origen no se cambia la realidad convenciendo a nadie de nada. No hay discursos, ni razonamientos, ni iluminación súbita. Lo que se hace es mucho más profundo y, por eso mismo, más eficaz: se introduce una idea mínima en el lugar exacto donde se organizan las decisiones, de modo que el sujeto la viva como propia. No como algo aprendido, sino como algo obvio. Como algo que “siempre estuvo ahí”.
La clave no es la idea en sí, sino el hecho de que deja de percibirse como idea.
Eso mismo ocurre con la noción dominante de propiedad. No funciona como una norma impuesta desde fuera, ni como una teoría que alguien acepta o rechaza conscientemente. Funciona como una evidencia. Las cosas son de alguien. El tiempo es de alguien. El espacio es de alguien. Incluso la vida parece pertenecer a quien puede pagarla. No se discute, no se decide, no se elige: simplemente se asume.
