La comunidad no se decreta.
No se invoca.
No se añora hasta que reaparece.
Se produce materialmente.
Solo puede emerger allí donde existan condiciones de estabilidad, tiempo compartido, arraigo territorial, seguridad vital y horizonte común.
La comunidad no se decreta.
No se invoca.
No se añora hasta que reaparece.
Se produce materialmente.
Solo puede emerger allí donde existan condiciones de estabilidad, tiempo compartido, arraigo territorial, seguridad vital y horizonte común.
Hay preguntas que incomodan porque parecen conceder demasiado al enemigo. Esta es una de ellas. Formularla no implica celebrar su existencia, sino comprender qué revela. Porque toda forma ideológica que emerge con fuerza no solo expresa un proyecto: también delata las grietas del terreno sobre el que se levanta.
La ola reaccionaria no nace de la nada. No es un accidente histórico ni una anomalía externa. Es una respuesta —distorsionada, desplazada, instrumentalizada— a contradicciones materiales que no han dejado de intensificarse: precariedad estructural, pérdida de horizontes, degradación de las condiciones de vida, ruptura de los vínculos sociales. Pero donde podría haber conciencia de clase, aparece identidad herida; donde podría haber organización colectiva, aparece repliegue defensivo; donde podría haber análisis estructural, aparece búsqueda de culpables.
Sin embargo, su irrupción ha tenido un efecto que no puede ignorarse: ha roto el espejismo de estabilidad ideológica en el que una parte de la izquierda occidental llevaba décadas instalada.
Hay momentos en los que la ideología no necesita inventar nada nuevo. Le basta con reorganizar la percepción de lo que ya existe. No transforma la realidad: transforma la forma en que se distribuye la responsabilidad dentro de ella.
La relectura contemporánea de El diablo viste de Prada pertenece a ese tipo de operación.
Durante años, la película funcionó como expresión de una contradicción material clara: la imposibilidad de sostener la vida dentro de un régimen de trabajo que exige su subordinación total. Andrea no fracasa por debilidad ni por error moral. Es el propio sistema —encarnado en la lógica que atraviesa a Miranda Priestly— el que convierte la vida en residuo.
Sin embargo, la lectura dominante ha desplazado esa contradicción. Donde había estructura, ahora hay decisiones. Donde había organización social del tiempo, ahora hay gestión individual. Y en ese desplazamiento, el conflicto desaparece como tal: se redistribuye.
El sindicalismo tradicional fue moldeado por el pacto social-productivista de posguerra. En aquel contexto histórico —crecimiento económico sostenido, pleno empleo masculino en la gran industria, Estado keynesiano con margen de maniobra—, la función de mediación entre capital y trabajo podía presentarse como un progreso real. Los aumentos salariales se traducían en mejoras de vida porque existían condiciones que lo permitían: estabilidad laboral, vivienda pública, servicios sociales en expansión, menor peso del capital financiero.
Pero el capitalismo del siglo XXI ha liquidado esas condiciones. La financiarización, la globalización productiva, la digitalización algorítmica y la crisis ecológica han reconfigurado por completo el terreno de juego. El capital ya no necesita el pacto social; lo considera un obstáculo.
El capital posfordista opera mediante externalización del riesgo, individualización del trabajador, territorialización del conflicto, precarización estructural y captura emocional. Los sindicatos continúan leyendo el conflicto laboral como si la fábrica fuera un espacio cerrado, estable y homogéneo, cuando hoy el control se ejerce mediante algoritmos, aplicaciones y evaluaciones continuas. Esta ceguera estratégica los condena a reaccionar, nunca a anticipar.
En palabras de Mario Tronti:
«Cuando los trabajadores dejan de analizar el capital, el capital analiza y anticipa a los trabajadores.»
Escucho sistemáticamente en algunos círculos autodenominados de izquierda la defensa de que un mundo gobernado por mujeres sería más amable, más pacífico y más habitable.
Esta defensa se formula en abstracto, sin tener en cuenta el sistema mismo de gobierno; se justifica simplemente en el género. Pero esa idea no se sostiene bajo ningún análisis histórico serio.
La identidad de género no suspende las reglas del juego. Puede introducir matices, prioridades específicas o estilos distintos de comunicación, pero no altera la lógica estructural si esta permanece intacta.
Una presidenta puede hablar con más empatía mientras su gobierno desahucia, deslocaliza o bombardea.
La empatía no paga alquileres ni restituye vidas.
Decir que la historia la escriben los vencedores suele funcionar como una verdad asumida, casi trivial. Todo el mundo parece estar de acuerdo. Sin embargo, esta afirmación se queda con demasiada frecuencia en la superficie. La aceptamos, pero no la llevamos hasta sus últimas consecuencias. La convertimos en una observación neutral sobre el pasado, en lugar de reconocerla como una ley activa del presente.
Los vencedores no son únicamente quienes ganan guerras militares. Son, sobre todo, quienes vencen en la organización material de la sociedad. Quienes se imponen en el terreno económico, político y cultural. En el sistema actual, los vencedores son los capitalistas, que no solo triunfan mediante la violencia directa —cuando esta es necesaria—, sino, principalmente, mediante una guerra cultural prolongada que logra presentar la explotación como algo natural, inevitable o incluso deseable.
Cuando se me acusa de idealista mientras sostengo una posición materialista, no estamos ante una discrepancia teórica ni ante un malentendido conceptual. Estamos ante una inversión ideológica naturalizada: llamar idealista a quien señala los límites materiales de la realidad, para proteger a quien cree que esos límites no existen.
La sociedad capitalista define la identidad humana a través del trabajo. Es en el momento en que una persona se enfrenta a su condición de fuerza de trabajo cuando se desvela la contradicción fundamental entre capital y trabajo.
Sin embargo, el retraso en la incorporación de los y las jóvenes al mercado laboral —resultado de la precarización estructural, la prolongación de los estudios y la dependencia económica familiar— retrasa también ese momento de confrontación con la realidad objetiva.
Durante ese período, muchos jóvenes varones permanecen instalados en una posición ilusoria de neutralidad, donde las ideologías de derecha ofrecen una narrativa de orden, mérito y seguridad. Es decir, una ficción de control sobre un mundo que todavía no los ha golpeado. Salvo que los jóvenes varones posean una conciencia de clase extraída del ámbito familiar, habitan un periodo prolongado de moratoria en espacios educativos y de consumo donde la ideología del mérito y la movilidad permanece verosímil por más tiempo.
La democracia liberal se fundamenta en la competencia electoral como garante de pluralidad y libertad. Sin embargo, esta arquitectura produce el efecto contrario: fragmenta lo común, convierte las necesidades sociales en munición partidista y reduce a la ciudadanía al papel de espectadora periódica. El verdadero poder —económico, estructural— queda fuera de su alcance, ya que la lucha partidista se circunscribe a la gestión coyuntural dentro de límites que no puede traspasar. Lejos de ser un contrapoder, la competencia electoral actúa como una pantalla que oculta los fundamentos materiales del sistema.
En distintos espacios transformadores —ya sean anarquistas, comunistas o socialistas— aparece con frecuencia una actitud beligerante hacia la fe y las prácticas religiosas de sectores populares. Se confunde la crítica histórica a la religión como forma ideológica con el ataque directo a la vivencia espiritual de personas concretas. Y ese error, además de ser teóricamente improductivo, es tácticamente dañino y estratégicamente contraproducente.
Las películas de Enola Holmes parecen simples aventuras detectivescas ambientadas en la Inglaterra victoriana. Pero si se miran con atención, son una ventana perfecta para hablar con los niños de temas profundos: las desigualdades entre ricos y pobres, las causas de esa desigualdad, la opresión de las mujeres y el papel del Estado en mantener ese orden.
No permitamos que secuestren el significado de «vida». La vida no es solo un óvulo fecundado. La vida es el pan en la mesa, el libro en la escuela, la medicina en el hospital, el techo sobre la cabeza.
Si hoy la vida parece más precaria, más fragmentada y sin rumbo, no es por culpa de quienes llegan de fuera, ni por un supuesto “exceso de derechos”. Es porque cuando desapareció la Unión Soviética, aún con sus problemas internos y contradicciones, el capitalista dejó de temer a la clase trabajadora.
La humanidad vivió durante la mayor parte de su historia sin clases sociales, en comunidades donde la cooperación y el reparto común eran la norma. Lo “eterno” no es la explotación, sino la capacidad humana de vivir colectivamente.
Lo que percibes como una mejora momentánea en tu nómina, termina siempre regresando a los bolsillos de quienes dominan el mercado. ¿Cómo? A través del aumento en el precio de los alimentos, de la vivienda, de la energía, del transporte… Es decir, a través del aumento del coste de la vida.