La miseria de la crítica cultural: La trampa del realismo capitalista en Mark Fisher
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La miseria de la crítica cultural: La trampa del realismo capitalista en Mark Fisher

Pocos libros han capturado con tanta precisión la atmósfera sofocante del siglo XXI como Realismo Capitalista (2009) de Mark Fisher. Su famosa premisa —tomada de Fredric Jameson y Slavoj Žižek— de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» se convirtió rápidamente en un lema generacional. Sin embargo, tras el impacto inicial de su prosa punzante y sus deslumbrantes lecturas de la cultura pop, la lectura de Fisher deja un regusto ambiguo. Al analizar con detenimiento su arquitectura teórica, resulta difícil no evocar aquel célebre dardo que Karl Marx lanzó contra Pierre-Joseph Proudhon en La miseria de la filosofía: la transformación de los problemas políticos reales en meras categorías abstractas y contemplativas.

El proyecto de Fisher pretende desenmascarar el realismo capitalista, pero en el camino queda atrapado en las mismas redes ideológicas que intenta combatir. Esta limitación se manifiesta principalmente en dos frentes: el uso acrítico de los clichés sobre el «socialismo realmente existente» y una omisión deliberada del problema del poder político.

Manifiesto por un sindicalismo de confrontación, ecosocialista y de clase. Un sindicalismo para el S. XXI
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Manifiesto por un sindicalismo de confrontación, ecosocialista y de clase. Un sindicalismo para el S. XXI

La lucha de clases contemporánea no se libra solo en la fábrica, sino en la red, en la calle, en el consumo, en el cuerpo, en el territorio y en el ecosistema. El capital ha extendido su dominio sobre la totalidad de la vida social, y la respuesta de la clase trabajadora debe estar a la altura de esa totalidad. La tarea del sindicalismo del siglo XXI no es coordinar huelgas aisladas, sino articular una guerra social prolongada, donde la confrontación económica se combine con la disputa ideológica, la construcción de poder territorial y la defensa de las condiciones naturales de la vida.

Este texto no es un recetario de tácticas ni un catálogo de buenas intenciones. Es la culminación programática de un proyecto: la reconstrucción de la clase trabajadora como sujeto histórico total, capaz de disputar el poder al capital en todos los terrenos y de construir, desde hoy, las bases materiales de una sociedad socialista.

Más allá del productivismo, por un horizonte ecosocial. Un Sindicalismo para el S. XXI
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Más allá del productivismo, por un horizonte ecosocial. Un Sindicalismo para el S. XXI

El productivismo fue el pecado compartido del capitalismo y del socialismo estatal del siglo XX. La ilusión de que el desarrollo de las fuerzas productivas, por sí mismo, conduciría a la emancipación, ignoró una verdad material elemental: la producción no flota sobre la naturaleza, sino que se sostiene sobre ella. Y esa base material tiene límites.

El nuevo sindicalismo debe incorporar una racionalidad ecológica socialista. No como un añadido verde, sino como el principio organizador de toda la actividad productiva. La clase trabajadora no puede defender un modelo que envenena el aire que respira, el agua que bebe y la tierra que la alimenta. Luchar por la vida de la clase es luchar, simultáneamente, por las condiciones naturales que hacen posible esa vida.

No son las pantallas, es la propiedad privada del algoritmo, es el capitalismo
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No son las pantallas, es la propiedad privada del algoritmo, es el capitalismo

Nos han enseñado a articular nuestra preocupación época tras época mediante eufemismos precisos, diseñados con la delicadeza quirúrgica de quien necesita proteger un negocio millonario. Hoy, el eufemismo dominante se sintetiza en una sola palabra: pantallas.

El engaño discursivo es colosal. Culpar a la pantalla es como culpar al papel del contenido de una orden de desahucio o a la imprenta de la propagación de un panfleto delictivo. Nadie problematiza el cristal pulido ni los diodos de emisión de luz; lo que problematiza la vida cotidiana es lo que opera al otro lado. Y lo que opera al otro lado no es un fenómeno meteorológico ni una fatalidad tecnológica: es la propiedad privada sobre la arquitectura de la atención.

Contra el Trabajo Parásito. El Sindicalismo del S. XXI
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Contra el Trabajo Parásito. El Sindicalismo del S. XXI

El capitalismo moderno generalizó formas de trabajo que Marx denominó «improductivo» y que David Graeber rebautizó como «trabajos basura»: actividades que no amplían la vida, sino que la agotan, la empobrecen o la destruyen.

Pero entre estas categorías existe una distinción que el sindicalismo debe abordar con precisión. No todo trabajo improductivo o basura es necesariamente parásito.

La categoría de «trabajo parásito» designa una forma más específica y más agresiva de dominación: aquella que no solo es inútil o dañina para la vida, sino que se alimenta directamente de la clase trabajadora, la vigila, la controla, la exprime o la mantiene en situación de dependencia para sostener su propia existencia.

Un Sindicalismo para el S. XXI: Doble Frente: Producción y Consumo
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Un Sindicalismo para el S. XXI: Doble Frente: Producción y Consumo

Este eje materializa la unificación de clase en el terreno de la acción. Su principio es simple pero revolucionario: la clase trabajadora no solo produce, también reproduce su vida a través del consumo. Si el capital organiza su dominación en ambos frentes, la lucha debe articularse en ambos frentes.

El instrumento de esta articulación es el Sindicato de Consumidores Trabajadores (SCT) . No es una organización paralela ni un apéndice del sindicato tradicional. Es la proyección del poder obrero sobre el territorio donde el capital se realiza: el mercado. El SCT es, en sí mismo, un dispositivo anti-sectorial que rompe la fragmentación corporativa para construir poder de clase desde la totalidad de la experiencia vital.

Un sindicalismo para el S. XXI: Hacia la unificación de la clase trabajadora y la disolución sectorial
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Un sindicalismo para el S. XXI: Hacia la unificación de la clase trabajadora y la disolución sectorial

La estrategia central del nuevo sindicalismo debe ser la tendencia constante a la disolución de las fronteras sectoriales y la creación de marcos de confluencia que permitan a la clase trabajadora percibir —y ejercer— su unidad fundamental.

El capital no solo explota: divide. Su estrategia más eficaz ha sido la sectorialización de la conciencia de clase. Al fragmentar la negociación en ramas separadas —metal, comercio, hostelería, cuidados, logística—, el capital impide que la clase trabajadora actúe como un todo. Cada sector negocia por su cuenta, y cada convenio se convierte en una frontera. Lo que debería ser una fuerza común —la capacidad de paralizar el metabolismo social— se dispersa en una suma de intereses parciales y a menudo contradictorios.

Comentario sobre «¿Qué es el Estado? Capitalismo, democracia y socialismo en el S.XXI», de Paolo Botta.
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Comentario sobre «¿Qué es el Estado? Capitalismo, democracia y socialismo en el S.XXI», de Paolo Botta.

El núcleo problemático de la obra de Paolo Botta en ¿Qué es el Estado? Capitalismo, Socialismo y Democracia en el S. XXI radica en su intento de formular una teoría del Estado fundada sobre una supuesta «perspectiva política independiente» de la institución estatal. Al abstraer al Estado de su sostén histórico y de su matriz de clase —o del estamento que precede a la clase en formaciones sociales previas—, el autor no construye una teoría pura de la política, sino un modelo idealista suspendido en el aire que parece intentar justificarse en la simple repetición de la propia hipótesis.

Un sindicalismo para el S. XXI: Control obrero. La ofensiva en el centro de trabajo
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Un sindicalismo para el S. XXI: Control obrero. La ofensiva en el centro de trabajo

Los trabajadores deben exigir un marco legal que impida la destrucción de puestos de trabajo como moneda de cambio del capital. Ese marco debe establecer que, en caso de cierre o abandono patronal, se active automáticamente un protocolo de auditoría de la plusvalía acumulada.

La cuestión es simple: si una empresa ha sido rentable durante años, si ha generado beneficios extraordinarios, si el capitalista ha acumulado riqueza a costa del trabajo vivo, entonces esa plusvalía no puede ser utilizada como excusa para cerrar y desaparecer. El empresario no puede declarar una quiebra, o un cierre por jubilación o desinterés después de haberse enriquecido durante décadas y dejar a los trabajadores sin salida.

La legislación debe establecer que, cuando la plusvalía total extraída a lo largo de la vida de la empresa supere el coste histórico de su constitución y mantenimiento, los trabajadores tendrán derecho a la continuidad de la explotación sin asumir deuda alguna. El capital ha sido ya compensado con creces. La empresa, como organismo productivo, no le pertenece ya por derecho histórico: le pertenece a la sociedad que la ha hecho funcionar.

¿De qué hablo cuando hablo de socializar los medios de producción?
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¿De qué hablo cuando hablo de socializar los medios de producción?

La producción social constituye un único metabolismo material. Las distintas ramas de la economía no existen como entidades independientes que posteriormente cooperan entre sí; existen desde su origen como momentos diferenciados de un mismo proceso de reproducción social. Pretender que cada una pueda autodeterminarse al margen del conjunto equivale a fragmentar artificialmente una unidad que ya es objetiva. La planificación no crea esa unidad: simplemente la hace consciente y la somete al control democrático de la sociedad.

Un sindicalismo para el S. XXI: Formación Política. El sindicato como escuela de clase
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Un sindicalismo para el S. XXI: Formación Política. El sindicato como escuela de clase

El sindicalismo se ha convertido en un mediador profesional del conflicto entre capital y trabajo. Su función, en la práctica, no es cuestionar la relación de fuerzas, sino gestionarla para que el capital pueda seguir reproduciéndose sin sobresaltos.

Ya no aspira a desplazar el centro de decisión, no aspira a emancipar a la clase trabajadora de su opresión, sino a obtener migajas de un poder que reconoce como ajeno. Y al hacerlo, reproduce la lógica que lo anula: la del trabajo como mercancía, la de la negociación como súplica, la de la organización como gestoría de la explotación.

¿De qué hablo cuando hablo de socialismo? (Spoiler: No es del PSOE)
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¿De qué hablo cuando hablo de socialismo? (Spoiler: No es del PSOE)

Uno de los mayores problemas políticos contemporáneos es la confusión deliberada entre socialdemocracia y socialismo. No porque ambas corrientes sean idénticas históricamente, sino porque el capitalismo europeo consiguió algo extremadamente eficaz tras el siglo XX: absorber a gran parte de los antiguos partidos obreros dentro de la gestión estable del propio sistema.

El socialismo no consiste simplemente en “más derechos” dentro del capitalismo. Consiste en desplazar el centro de poder económico fuera de la lógica privada de acumulación.

Derecho a permanecer en origen
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Derecho a permanecer en origen

El capitalismo contemporáneo ha conseguido una operación ideológica particularmente eficaz: presentar como libertad aquello que muchas veces es una forma de coerción material. Entre esas operaciones destaca una especialmente importante para nuestro tiempo: convertir la migración forzada por necesidad económica en símbolo abstracto de progreso, modernidad o apertura.

Desde una perspectiva marxista, el problema no reside en el derecho humano a migrar. Ese derecho es irrenunciable. Toda persona debe poder desplazarse, vivir y trabajar donde desee sin persecución ni degradación de sus derechos. El problema aparece cuando la movilidad deja de ser una elección libre y se convierte en condición estructural de supervivencia dentro del mercado mundial capitalista.

La cuestión central no es simplemente quién cruza fronteras, sino por qué millones de personas se ven obligadas a hacerlo.

Un sindicalismo para el S. XXI: El fin de un ciclo histórico
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Un sindicalismo para el S. XXI: El fin de un ciclo histórico

El sindicalismo tradicional fue moldeado por el pacto social-productivista de posguerra. En aquel contexto histórico —crecimiento económico sostenido, pleno empleo masculino en la gran industria, Estado keynesiano con margen de maniobra—, la función de mediación entre capital y trabajo podía presentarse como un progreso real. Los aumentos salariales se traducían en mejoras de vida porque existían condiciones que lo permitían: estabilidad laboral, vivienda pública, servicios sociales en expansión, menor peso del capital financiero.

Pero el capitalismo del siglo XXI ha liquidado esas condiciones. La financiarización, la globalización productiva, la digitalización algorítmica y la crisis ecológica han reconfigurado por completo el terreno de juego. El capital ya no necesita el pacto social; lo considera un obstáculo.

El capital posfordista opera mediante externalización del riesgo, individualización del trabajador, territorialización del conflicto, precarización estructural y captura emocional. Los sindicatos continúan leyendo el conflicto laboral como si la fábrica fuera un espacio cerrado, estable y homogéneo, cuando hoy el control se ejerce mediante algoritmos, aplicaciones y evaluaciones continuas. Esta ceguera estratégica los condena a reaccionar, nunca a anticipar.

En palabras de Mario Tronti:

«Cuando los trabajadores dejan de analizar el capital, el capital analiza y anticipa a los trabajadores.»

De Dune a Fundación pasando por Marx: repensando el partido de vanguardia
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De Dune a Fundación pasando por Marx: repensando el partido de vanguardia

Durante siglos, la humanidad fue un actor inconsciente de su propia historia. Las fuerzas que moldeaban su destino —económicas, ecológicas, culturales— operaban sin ser comprendidas. La ideología burguesa, con su énfasis en el «individuo excepcional», ocultaba el carácter colectivo de toda transformación histórica.

El materialismo histórico introduce la posibilidad radical de entender estas fuerzas y actuar sobre ellas. La ciencia ficción, a su manera, explora qué ocurriría si una civilización pusiera en práctica ese conocimiento: integrando la memoria colectiva de la especie (Bene Gesserit), comprendiendo la ecología histórica (Kynes), anticipando los patrones globales de la sociedad (Seldon) y, sobre todo, construyendo organizaciones capaces de sostener ese conocimiento y esa estrategia a través del tiempo.

En ese horizonte, la historia deja de ser un accidente. Se convierte en una construcción consciente de la humanidad sobre sí misma, basada en la comprensión de sus leyes materiales, ecológicas y sociales.

Es el capitalismo, no el género
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Es el capitalismo, no el género

Escucho sistemáticamente en algunos círculos autodenominados de izquierda la defensa de que un mundo gobernado por mujeres sería más amable, más pacífico y más habitable.

Esta defensa se formula en abstracto, sin tener en cuenta el sistema mismo de gobierno; se justifica simplemente en el género. Pero esa idea no se sostiene bajo ningún análisis histórico serio.

La identidad de género no suspende las reglas del juego. Puede introducir matices, prioridades específicas o estilos distintos de comunicación, pero no altera la lógica estructural si esta permanece intacta.

Una presidenta puede hablar con más empatía mientras su gobierno desahucia, deslocaliza o bombardea.

La empatía no paga alquileres ni restituye vidas.

Irene Montero y la derecha: el odio a la cajera es el odio a la clase trabajadora
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Irene Montero y la derecha: el odio a la cajera es el odio a la clase trabajadora

Hay una forma de odio político que se disfraza de crítica ideológica, pero que en realidad tiene raíces mucho más profundas. Lo que la derecha española ha dirigido contra Irene Montero durante años no puede explicarse únicamente por su condición de mujer o por su papel en el feminismo institucional. Es algo más antiguo y más visceral: la intolerancia hacia la irrupción de la clase trabajadora en espacios de poder que históricamente le han estado vedados.

Por eso la biografía de Irene Montero incomoda. Antes de convertirse en ministra, fue cajera. Y aunque ese hecho pueda parecer anecdótico, en realidad tiene una carga política enorme. La figura de la cajera representa uno de los lugares más visibles del trabajo precarizado en las economías contemporáneas: salarios bajos, alta rotación, escaso reconocimiento social y una vida organizada alrededor de horarios impuestos por otros.

Cuando alguien con esa trayectoria entra en el gobierno, se produce una disonancia para quienes conciben el poder como un espacio reservado a determinadas capas sociales. No se trata solo de desacuerdo político. Se trata de una ruptura de jerarquías.

Contra la tendencia anti-partidos en la izquierda
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Contra la tendencia anti-partidos en la izquierda

Existe una idea que, sin haber demostrado jamás su eficacia histórica, se ha instalado en amplios sectores de la izquierda como si fuera una verdad evidente: la idea de que los partidos políticos son un problema en sí mismos. No que determinados partidos hayan fracasado, no que determinadas formas organizativas deban ser superadas o transformadas, sino que el propio principio de organización política en forma de partido sería una especie de desviación, un obstáculo o incluso una traición a la emancipación.

Esta idea se presenta como radical. Como superación. Como madurez política.

Pero hay una pregunta elemental que nunca se responde:

¿En qué ha mejorado la posición relativa de la clase trabajadora desde que esta idea se volvió dominante?

Patriotismo, soberanía energética y renovables (en España)
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Patriotismo, soberanía energética y renovables (en España)

El patriotismo, para ser algo más que una emoción abstracta o una consigna vacía, debe expresarse en la defensa concreta de las condiciones materiales que permiten la existencia autónoma de un país. Entre todas ellas, pocas son tan decisivas como la energía. La energía no es solo un recurso económico: es la base física de la producción, del transporte, de la industria, de la vida cotidiana y, en última instancia, de la propia soberanía política.

En el caso de España, esta realidad adopta una forma particularmente clara. El país carece prácticamente de reservas significativas de petróleo, gas natural o uranio. Esto implica que el modelo energético basado en combustibles fósiles y en nuclear depende inevitablemente de la importación. Cada barril de petróleo y cada metro cúbico de gas consumido es una transferencia de riqueza hacia el exterior. Cada crisis internacional, cada conflicto geopolítico, cada fluctuación en los mercados globales se traduce en una limitación directa de la autonomía nacional.