El sindicalismo tradicional fue moldeado por el pacto social-productivista de posguerra. En aquel contexto histórico —crecimiento económico sostenido, pleno empleo masculino en la gran industria, Estado keynesiano con margen de maniobra—, la función de mediación entre capital y trabajo podía presentarse como un progreso real. Los aumentos salariales se traducían en mejoras de vida porque existían condiciones que lo permitían: estabilidad laboral, vivienda pública, servicios sociales en expansión, menor peso del capital financiero.
Pero el capitalismo del siglo XXI ha liquidado esas condiciones. La financiarización, la globalización productiva, la digitalización algorítmica y la crisis ecológica han reconfigurado por completo el terreno de juego. El capital ya no necesita el pacto social; lo considera un obstáculo.
El capital posfordista opera mediante externalización del riesgo, individualización del trabajador, territorialización del conflicto, precarización estructural y captura emocional. Los sindicatos continúan leyendo el conflicto laboral como si la fábrica fuera un espacio cerrado, estable y homogéneo, cuando hoy el control se ejerce mediante algoritmos, aplicaciones y evaluaciones continuas. Esta ceguera estratégica los condena a reaccionar, nunca a anticipar.
En palabras de Mario Tronti:
«Cuando los trabajadores dejan de analizar el capital, el capital analiza y anticipa a los trabajadores.»
