La humanidad no ha vivido aún su propia historia. Ha vivido, hasta hoy, la deriva de un animal social empujado por fuerzas que no comprende: la escasez organizada, el mercado fetichizado, la herencia convertida en derecho, la frontera elevada a destino. Lo que se ha llamado “historia” ha sido, en gran medida, la narración posterior de procesos no conscientes, gobernados por relaciones materiales ocultas bajo mitologías jurídicas, religiosas o económicas.
El materialismo histórico no introduce una verdad nueva ni sustituye una fe por otra. No deifica la materia ni lo social. Hace algo más decisivo: hace posible la historia misma, al permitir identificar las mediaciones reales que han dirigido el devenir humano sin que este pudiera reconocerse en ellas. Allí donde antes había instinto social, reacción y adaptación ciega, abre la posibilidad de conciencia.
Sin conciencia no hay historia: hay repetición animal.
El punto de partida de esta ruptura es el trabajo.
