Hay una forma de odio político que se disfraza de crítica ideológica, pero que en realidad tiene raíces mucho más profundas. Lo que la derecha española ha dirigido contra Irene Montero durante años no puede explicarse únicamente por su condición de mujer o por su papel en el feminismo institucional. Es algo más antiguo y más visceral: la intolerancia hacia la irrupción de la clase trabajadora en espacios de poder que históricamente le han estado vedados.
Por eso la biografía de Irene Montero incomoda. Antes de convertirse en ministra, fue cajera. Y aunque ese hecho pueda parecer anecdótico, en realidad tiene una carga política enorme. La figura de la cajera representa uno de los lugares más visibles del trabajo precarizado en las economías contemporáneas: salarios bajos, alta rotación, escaso reconocimiento social y una vida organizada alrededor de horarios impuestos por otros.
Cuando alguien con esa trayectoria entra en el gobierno, se produce una disonancia para quienes conciben el poder como un espacio reservado a determinadas capas sociales. No se trata solo de desacuerdo político. Se trata de una ruptura de jerarquías.
