Pocos libros han capturado con tanta precisión la atmósfera sofocante del siglo XXI como Realismo Capitalista (2009) de Mark Fisher. Su famosa premisa —tomada de Fredric Jameson y Slavoj Žižek— de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» se convirtió rápidamente en un lema generacional. Sin embargo, tras el impacto inicial de su prosa punzante y sus deslumbrantes lecturas de la cultura pop, la lectura de Fisher deja un regusto ambiguo. Al analizar con detenimiento su arquitectura teórica, resulta difícil no evocar aquel célebre dardo que Karl Marx lanzó contra Pierre-Joseph Proudhon en La miseria de la filosofía: la transformación de los problemas políticos reales en meras categorías abstractas y contemplativas.
El proyecto de Fisher pretende desenmascarar el realismo capitalista, pero en el camino queda atrapado en las mismas redes ideológicas que intenta combatir. Esta limitación se manifiesta principalmente en dos frentes: el uso acrítico de los clichés sobre el «socialismo realmente existente» y una omisión deliberada del problema del poder político.
