Es el capitalismo, no el género
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Es el capitalismo, no el género

Escucho sistemáticamente en algunos círculos autodenominados de izquierda la defensa de que un mundo gobernado por mujeres sería más amable, más pacífico y más habitable.

Esta defensa se formula en abstracto, sin tener en cuenta el sistema mismo de gobierno; se justifica simplemente en el género. Pero esa idea no se sostiene bajo ningún análisis histórico serio.

La identidad de género no suspende las reglas del juego. Puede introducir matices, prioridades específicas o estilos distintos de comunicación, pero no altera la lógica estructural si esta permanece intacta.

Una presidenta puede hablar con más empatía mientras su gobierno desahucia, deslocaliza o bombardea.

La empatía no paga alquileres ni restituye vidas.

Irene Montero y la derecha: el odio a la cajera es el odio a la clase trabajadora
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Irene Montero y la derecha: el odio a la cajera es el odio a la clase trabajadora

Hay una forma de odio político que se disfraza de crítica ideológica, pero que en realidad tiene raíces mucho más profundas. Lo que la derecha española ha dirigido contra Irene Montero durante años no puede explicarse únicamente por su condición de mujer o por su papel en el feminismo institucional. Es algo más antiguo y más visceral: la intolerancia hacia la irrupción de la clase trabajadora en espacios de poder que históricamente le han estado vedados.

Por eso la biografía de Irene Montero incomoda. Antes de convertirse en ministra, fue cajera. Y aunque ese hecho pueda parecer anecdótico, en realidad tiene una carga política enorme. La figura de la cajera representa uno de los lugares más visibles del trabajo precarizado en las economías contemporáneas: salarios bajos, alta rotación, escaso reconocimiento social y una vida organizada alrededor de horarios impuestos por otros.

Cuando alguien con esa trayectoria entra en el gobierno, se produce una disonancia para quienes conciben el poder como un espacio reservado a determinadas capas sociales. No se trata solo de desacuerdo político. Se trata de una ruptura de jerarquías.

Marxismo y teoría de la personalidad, Lucien Sève
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Marxismo y teoría de la personalidad, Lucien Sève

La teoría de la personalidad de Lucien Sève es uno de los intentos más profundos y originales de construir una psicología científica sobre bases marxistas. Su objetivo principal fue superar lo que consideraba los dos grandes callejones sin salida de la psicología tradicional: el biologicismo (reducir la personalidad a lo innato o cerebral) y el idealismo (verla como algo abstracto que flota por encima de la sociedad) .

Para Sève, la clave para entender a la persona no está dentro de su cráneo, sino en la red de relaciones sociales en las que está inserta. Su punto de partida es la famosa Tesis VI de Marx sobre Feuerbach: «la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales» . A partir de ahí, desarrolla su teoría en varios conceptos fundamentales.

Contra la tendencia anti-partidos en la izquierda
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Contra la tendencia anti-partidos en la izquierda

Existe una idea que, sin haber demostrado jamás su eficacia histórica, se ha instalado en amplios sectores de la izquierda como si fuera una verdad evidente: la idea de que los partidos políticos son un problema en sí mismos. No que determinados partidos hayan fracasado, no que determinadas formas organizativas deban ser superadas o transformadas, sino que el propio principio de organización política en forma de partido sería una especie de desviación, un obstáculo o incluso una traición a la emancipación.

Esta idea se presenta como radical. Como superación. Como madurez política.

Pero hay una pregunta elemental que nunca se responde:

¿En qué ha mejorado la posición relativa de la clase trabajadora desde que esta idea se volvió dominante?

Patriotismo, soberanía energética y renovables (en España)
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Patriotismo, soberanía energética y renovables (en España)

El patriotismo, para ser algo más que una emoción abstracta o una consigna vacía, debe expresarse en la defensa concreta de las condiciones materiales que permiten la existencia autónoma de un país. Entre todas ellas, pocas son tan decisivas como la energía. La energía no es solo un recurso económico: es la base física de la producción, del transporte, de la industria, de la vida cotidiana y, en última instancia, de la propia soberanía política.

En el caso de España, esta realidad adopta una forma particularmente clara. El país carece prácticamente de reservas significativas de petróleo, gas natural o uranio. Esto implica que el modelo energético basado en combustibles fósiles y en nuclear depende inevitablemente de la importación. Cada barril de petróleo y cada metro cúbico de gas consumido es una transferencia de riqueza hacia el exterior. Cada crisis internacional, cada conflicto geopolítico, cada fluctuación en los mercados globales se traduce en una limitación directa de la autonomía nacional.

La clase como arquitecta invisible de la biología humana
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La clase como arquitecta invisible de la biología humana

La oposición entre genética y clase social es una falsa disyuntiva. No porque una sustituya a la otra, sino porque ambas forman parte de un mismo proceso material. La biología humana no se despliega en el vacío; se desarrolla en condiciones históricas determinadas. Y esas condiciones, en las sociedades divididas en clases, están estructuradas por la desigualdad.

La reproducción humana no es un fenómeno puramente biológico. Está organizada socialmente. Los individuos no se vinculan desde una neutralidad abstracta, sino desde posiciones concretas en la estructura de clases. La distribución desigual de riqueza, espacio, educación y seguridad delimita el campo real de relaciones posibles. Así, la estructura social no crea los genes, pero sí organiza las condiciones bajo las cuales se transmiten y recombinan.

La participación de los ciudadanos en el desarrollo de políticas públicas es mayor en China que en España
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La participación de los ciudadanos en el desarrollo de políticas públicas es mayor en China que en España

La participación política real debe medirse por el grado en que los individuos forman parte de las estructuras que definen, elaboran y ejecutan las políticas públicas, así como por la capacidad efectiva de esas decisiones para materializarse sin interferencias estructurales externas. Desde esta perspectiva tanto cuantitativa como material, el sistema político de la República Popular China presenta un nivel de participación política superior al existente en España.

Sin soberanía colectiva (de clase y estructural) no es posible la soberanía individual
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Sin soberanía colectiva (de clase y estructural) no es posible la soberanía individual

La soberanía individual no es el inicio, sino el resultado. La soberanía individual suele presentarse como algo natural. Se nos enseña que cada persona es dueña de sí misma, que sus decisiones le pertenecen y que su vida depende fundamentalmente de su voluntad.

Sin embargo, esta idea invierte el orden real de las cosas. Nadie decide el mundo en el que nace. Nadie decide el sistema económico que determina sus posibilidades, el idioma que estructura su pensamiento, ni las condiciones materiales que hacen posible su existencia.

El individuo no aparece primero y luego construye la sociedad. Aparece dentro de una sociedad que ya existe. Por tanto, su capacidad de decidir sobre sí mismo depende necesariamente de la capacidad de esa sociedad de decidir sobre sí misma.

La soberanía individual no es el punto de partida. Es el resultado de un proceso colectivo.

Igualdad de condiciones como requisito para la diferenciación real. Un acercamiento desde la Biología y la Teoría de Sistemas
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Igualdad de condiciones como requisito para la diferenciación real. Un acercamiento desde la Biología y la Teoría de Sistemas

La acusación de que la igualdad de condiciones elimina la diferencia contradice no solo la historia, sino también principios fundamentales observables en la biología y en la teoría de sistemas complejos.

En biología, la diferenciación funcional emerge precisamente cuando existe una base material común garantizada. Un organismo vivo está compuesto por células que comparten el mismo código genético, pero que se diferencian en funciones específicas —neuronas, células musculares, células epiteliales— no porque compitan entre sí por sobrevivir, sino porque el sistema garantiza las condiciones generales que permiten su especialización. La célula no necesita luchar contra las demás para existir; su seguridad estructural es lo que permite su diferenciación funcional.

La homogeneización capitalista frente a la potenciación de la diferencia en el socialismo
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La homogeneización capitalista frente a la potenciación de la diferencia en el socialismo

La acusación de que el socialismo produce uniformidad ignora un hecho observable: la mayor homogeneización funcional de la historia humana se ha producido bajo el desarrollo del capitalismo industrial y postindustrial.

Antes del capitalismo, las sociedades estaban estructuradas en torno a funciones relativamente diversas, aunque jerárquicas: artesanos, campesinos, constructores, tejedores, herreros. Estas funciones implicaban conocimientos integrales y un vínculo directo entre el individuo y su actividad. Con la consolidación del capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX, este modelo fue sustituido progresivamente por el trabajo abstracto: el trabajador ya no producía un objeto completo, sino que ejecutaba una función parcial, repetitiva y estandarizada dentro de un sistema productivo mayor.

La falsa acusación de igualitarismo: de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad
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La falsa acusación de igualitarismo: de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad

Una de las críticas más recurrentes contra el socialismo consiste en afirmar que pretende “hacer a todo el mundo igual”, reduciendo la diversidad humana a una uniformidad gris. Sin embargo, esta acusación invierte completamente la realidad. El principio central formulado por Karl Marx en su obra Crítica del Programa de Gotha —«de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad»— no expresa una voluntad de igualación mecánica, sino exactamente lo contrario: el reconocimiento consciente de la diferencia material entre los individuos.

Vestuario y conciencia de clase: estética, percepción y experiencia vital
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Vestuario y conciencia de clase: estética, percepción y experiencia vital

La conciencia de clase no depende únicamente de la posición en las relaciones de producción; también se construye —o se erosiona— a través de cómo se percibe, se vive y se experimenta corporalmente la posición social en la vida cotidiana. La ropa, más allá de su función práctica, actúa como mediadora de percepción social, cohesión y delimitación de posición dentro de la experiencia vital.

RRSS y menores. La prohibición como síntoma de una sociedad que ha regalado el control
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RRSS y menores. La prohibición como síntoma de una sociedad que ha regalado el control

La propuesta de prohibir el uso de las redes sociales a menores de cierta edad se presenta hoy como una medida sensata, necesaria, incluso urgente. Y sin embargo, su misma centralidad delata algo mucho más profundo: no es la mejor solución posible, sino la única que cabe dentro de un sistema que ha renunciado a gobernar las infraestructuras fundamentales de la vida social.

La historia la escriben los vencedores. El presente también
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La historia la escriben los vencedores. El presente también

Decir que la historia la escriben los vencedores suele funcionar como una verdad asumida, casi trivial. Todo el mundo parece estar de acuerdo. Sin embargo, esta afirmación se queda con demasiada frecuencia en la superficie. La aceptamos, pero no la llevamos hasta sus últimas consecuencias. La convertimos en una observación neutral sobre el pasado, en lugar de reconocerla como una ley activa del presente.

Los vencedores no son únicamente quienes ganan guerras militares. Son, sobre todo, quienes vencen en la organización material de la sociedad. Quienes se imponen en el terreno económico, político y cultural. En el sistema actual, los vencedores son los capitalistas, que no solo triunfan mediante la violencia directa —cuando esta es necesaria—, sino, principalmente, mediante una guerra cultural prolongada que logra presentar la explotación como algo natural, inevitable o incluso deseable.

La ampliación de la juventud como dispositivo político de ocultación de la precariedad
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La ampliación de la juventud como dispositivo político de ocultación de la precariedad

No es solo que las condiciones materiales impidan hoy llevar a cabo proyectos de vida adultos. Es que, paralelamente, el propio sistema ha ido desplazando los límites de lo que se considera ser joven. Administrativamente, políticamente y culturalmente, la juventud se extiende cada vez más hacia edades que históricamente ya eran plenamente adultas. No es un desajuste semántico: es una operación estructural.

¿Quién piensa en la especie?
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¿Quién piensa en la especie?

Vivimos encerrados en el estrecho marco de la vida individual, como si la realidad se agotara entre el nacimiento y la muerte de un cuerpo. Esta ilusión —profundamente arraigada— nos condena a pensar en términos de coyuntura, de interés inmediato, de supervivencia fragmentaria. No se trata aquí de describir cómo funciona hoy la humanidad, sino de interrogar la forma que debería asumir si se pensara a sí misma como especie. Porque la humanidad no es una mera agregación de individuos sucesivos: es un proceso vivo, una unidad en devenir, un sujeto histórico que se construye a sí mismo a través del tiempo.

El productivismo limita la evolución humana
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El productivismo limita la evolución humana

La especie humana alcanzó su ventaja evolutiva no por la especialización, sino por su plasticidad: una capacidad excepcional para adaptarse a contextos cambiantes, reconfigurar prácticas y redefinir fines. Esta plasticidad no debe entenderse como una esencia abstracta, sino como una capacidad históricamente mediada por formas concretas de cooperación, producción y organización social.

Sin embargo, en el estadio histórico actual, esa ventaja se ha invertido. Nos hemos convertido en una especie altamente especializada, no en una función biológica concreta, sino en una lógica abstracta e ideológica: el productivismo. Se trata de una abstracción materialmente real, encarnada en instituciones, relaciones de producción y criterios sociales de valor que convierten la productividad en un fin absoluto.

Esta especialización no solo organiza el trabajo, sino que coloniza la subjetividad, el tiempo, el valor social y la idea misma de sentido. El resultado es un estancamiento evolutivo comparable al de cualquier especie hiperadaptada a un nicho que deja de existir, no en un sentido biológico, sino histórico-social: una rigidez en las formas de organización que limita la capacidad de transformación colectiva.

Yo no soy un idealista, tú (quizá) sí
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Yo no soy un idealista, tú (quizá) sí

Cuando se me acusa de idealista mientras sostengo una posición materialista, no estamos ante una discrepancia teórica ni ante un malentendido conceptual. Estamos ante una inversión ideológica naturalizada: llamar idealista a quien señala los límites materiales de la realidad, para proteger a quien cree que esos límites no existen.

Origen de Christopher Nolan y el concepto de Propiedad Privada: La idea que no parece una idea
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Origen de Christopher Nolan y el concepto de Propiedad Privada: La idea que no parece una idea

En la película Origen no se cambia la realidad convenciendo a nadie de nada. No hay discursos, ni razonamientos, ni iluminación súbita. Lo que se hace es mucho más profundo y, por eso mismo, más eficaz: se introduce una idea mínima en el lugar exacto donde se organizan las decisiones, de modo que el sujeto la viva como propia. No como algo aprendido, sino como algo obvio. Como algo que “siempre estuvo ahí”.

La clave no es la idea en sí, sino el hecho de que deja de percibirse como idea.

Eso mismo ocurre con la noción dominante de propiedad. No funciona como una norma impuesta desde fuera, ni como una teoría que alguien acepta o rechaza conscientemente. Funciona como una evidencia. Las cosas son de alguien. El tiempo es de alguien. El espacio es de alguien. Incluso la vida parece pertenecer a quien puede pagarla. No se discute, no se decide, no se elige: simplemente se asume.

La libertad se construye, no se conquista
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La libertad se construye, no se conquista

La idea de que la libertad es algo que se conquista encierra un error ontológico profundo, con enormes consecuencias en lo político. Conquistar implica siempre la existencia previa de un objeto: algo dado, externo, que espera ser arrebatado o recuperado. Bajo esa lógica, la libertad aparece como una sustancia latente, natural, anterior a la historia y a la organización social. Pero la libertad no existe de ese modo. No está ahí fuera esperando ser tomada. La libertad se produce.

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