Nos han enseñado a articular nuestra preocupación época tras época mediante eufemismos precisos, diseñados con la delicadeza quirúrgica de quien necesita proteger un negocio millonario. Hoy, el eufemismo dominante se sintetiza en una sola palabra: pantallas.
El engaño discursivo es colosal. Culpar a la pantalla es como culpar al papel del contenido de una orden de desahucio o a la imprenta de la propagación de un panfleto delictivo. Nadie problematiza el cristal pulido ni los diodos de emisión de luz; lo que problematiza la vida cotidiana es lo que opera al otro lado. Y lo que opera al otro lado no es un fenómeno meteorológico ni una fatalidad tecnológica: es la propiedad privada sobre la arquitectura de la atención.
