Existe una idea que, sin haber demostrado jamás su eficacia histórica, se ha instalado en amplios sectores de la izquierda como si fuera una verdad evidente: la idea de que los partidos políticos son un problema en sí mismos. No que determinados partidos hayan fracasado, no que determinadas formas organizativas deban ser superadas o transformadas, sino que el propio principio de organización política en forma de partido sería una especie de desviación, un obstáculo o incluso una traición a la emancipación.
Esta idea se presenta como radical. Como superación. Como madurez política.
Pero hay una pregunta elemental que nunca se responde:
¿En qué ha mejorado la posición relativa de la clase trabajadora desde que esta idea se volvió dominante?
