La soberanía individual no es el inicio, sino el resultado. La soberanía individual suele presentarse como algo natural. Se nos enseña que cada persona es dueña de sí misma, que sus decisiones le pertenecen y que su vida depende fundamentalmente de su voluntad.
Sin embargo, esta idea invierte el orden real de las cosas. Nadie decide el mundo en el que nace. Nadie decide el sistema económico que determina sus posibilidades, el idioma que estructura su pensamiento, ni las condiciones materiales que hacen posible su existencia.
El individuo no aparece primero y luego construye la sociedad. Aparece dentro de una sociedad que ya existe. Por tanto, su capacidad de decidir sobre sí mismo depende necesariamente de la capacidad de esa sociedad de decidir sobre sí misma.
La soberanía individual no es el punto de partida. Es el resultado de un proceso colectivo.
