El capitalismo contemporáneo ha conseguido una operación ideológica particularmente eficaz: presentar como libertad aquello que muchas veces es una forma de coerción material. Entre esas operaciones destaca una especialmente importante para nuestro tiempo: convertir la migración forzada por necesidad económica en símbolo abstracto de progreso, modernidad o apertura.
Desde una perspectiva marxista, el problema no reside en el derecho humano a migrar. Ese derecho es irrenunciable. Toda persona debe poder desplazarse, vivir y trabajar donde desee sin persecución ni degradación de sus derechos. El problema aparece cuando la movilidad deja de ser una elección libre y se convierte en condición estructural de supervivencia dentro del mercado mundial capitalista.
La cuestión central no es simplemente quién cruza fronteras, sino por qué millones de personas se ven obligadas a hacerlo.
