«No existen los actos desinteresados.»
Según esta visión, toda acción humana, por altruista que parezca, estaría en última instancia motivada por el interés propio. El placer o satisfacción que reporta la ayuda al otro sería la prueba de que no existe un acto puramente desinteresado. Esta antropología, que ha encontrado su formulación más refinada en el homo economicus de la tradición liberal, no es una descripción neutral de la naturaleza humana, sino un postulado político que, al ser naturalizado, legitima la competencia y el cálculo utilitario como los únicos motores «realistas» de la vida social.
Este texto tiene un objetivo claro: demostrar que esta tesis es falsa —no solo filosóficamente, sino también biológicamente— y que la cooperación, lejos de ser una imposición moral, es la condición material de nuestra existencia como especie (motivo por el cual produce placer) y, por tanto, el fundamento de una política verdaderamente emancipadora.
