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¿Quién está destruyendo los valores sociales?

Hay una pregunta que se repite con insistencia cada vez que alguien percibe el deterioro de los vínculos humanos, la creciente frialdad social o la desaparición de ciertas formas de convivencia que durante décadas parecieron estructurar la vida cotidiana: ¿quién está destruyendo los valores sociales?

La respuesta suele llegar rápida, cómoda y superficial. Se señala a los jóvenes, a las redes sociales, a las pantallas, al individualismo, a una supuesta decadencia moral de nuestro tiempo. Se repite que ya no hay respeto, que se ha perdido el sentido de comunidad, que la gente ya no sabe convivir, que antes existían barrios más vivos, relaciones más sólidas y vínculos más auténticos.

Pero casi nunca se formula la pregunta verdaderamente incómoda: ¿qué condiciones materiales hacían posible aquello que hoy se idealiza? ¿Y quién ha destruido esas condiciones?

Porque no, no asistimos a una misteriosa decadencia ética colectiva. No estamos presenciando un colapso espontáneo de la moral social provocado por un fallo generacional o por una simple mutación cultural.

Lo que vivimos es algo mucho más concreto, mucho más histórico y mucho más político: la disolución sistemática de las condiciones materiales que hacen posible la vida comunitaria bajo el desarrollo de las fuerzas productivas subordinadas a la lógica del capital neoliberal.

La nostalgia, en este terreno, suele ser profundamente tramposa.

Cuando muchos evocan un pasado donde “había más respeto”, pocas veces se detienen a analizar qué significaba realmente ese respeto.

¿Era reconocimiento mutuo entre iguales?
¿Era cuidado comunitario libremente construido?
¿Era conciencia compartida de pertenecer a una misma realidad social?

En demasiados casos no.

Era dependencia económica.
Era subordinación jerárquica.
Era miedo a la autoridad.
Era aceptación forzada del lugar asignado.

No toda estabilidad era comunidad.
No toda permanencia era vínculo.
No toda convivencia era solidaridad.

Muchas de las formas que hoy se recuerdan como cohesión social no eran otra cosa que inmovilidad estructural revestida de normalidad.

Idealizar ese pasado sería tan ingenuo como reaccionario.

Pero reconocerlo no implica negar una evidencia fundamental: las condiciones reales para construir vínculos humanos sólidos están siendo destruidas.

Y esa destrucción tiene responsables precisos.

Cuando un barrio deja de ser un lugar para vivir y pasa a ser un activo financiero; cuando la vivienda se convierte en un mecanismo de expulsión; cuando los alquileres desarraigan a quienes sostuvieron durante décadas la vida colectiva; cuando la precariedad obliga a recomenzar una existencia una y otra vez; cuando el trabajo impone movilidad permanente; cuando la ciudad se reorganiza para el turismo, el consumo y la rentabilidad; cuando toda estabilidad es presentada como rigidez y todo arraigo como resistencia al progreso, lo que desaparece no es simplemente una forma de habitar.

Lo que desaparece son las bases objetivas que hacen posible la comunidad.

La comunidad necesita tiempo.
Necesita continuidad.
Necesita memoria compartida.
Necesita estabilidad.
Necesita presencia sostenida.

No puede florecer allí donde toda existencia está organizada alrededor de la flexibilidad, la competencia y la incertidumbre.

El capital neoliberal necesita sujetos móviles, intercambiables, desarraigados, permanentemente adaptables. Necesita individuos incapaces de sedimentar lazos duraderos porque todo vínculo estable constituye, en alguna medida, un límite a la lógica abstracta de circulación, sustitución y valorización.

Por eso la destrucción de la comunidad no es un accidente del sistema.

Es una consecuencia lógica de su funcionamiento.

Y sin embargo asistimos a una de las mayores hipocresías ideológicas de nuestra época.

Se normaliza la gentrificación mientras se lamenta que ya no exista barrio.
Se celebra la “dinamización” urbana mientras se llora la desaparición del tejido vecinal.
Se aplaude la flexibilidad laboral mientras se denuncia la superficialidad de las relaciones humanas.
Se legitima un modelo que pulveriza toda estabilidad mientras se moraliza sobre los sujetos que produce.

Se llora el efecto mientras se protege cuidadosamente la causa.

Esta es la gran disonancia cognitiva contemporánea: participar activamente —o aceptar pasivamente— una organización social que destruye sistemáticamente los vínculos, y después escandalizarse por la aparición de subjetividades fragmentadas, frías y descomprometidas.

No se puede exigir comunidad donde se ha impuesto desarraigo.
No se puede reclamar solidaridad donde se organiza competencia.
No se puede pedir respeto donde la propia vida social ha sido reducida a mercancía.

Pero el problema de nuestro tiempo no termina ahí.

Existe una segunda victoria del capital, quizá más profunda que la destrucción material de los vínculos: haber colonizado el propio imaginario desde el que pensamos la emancipación.

El capitalismo, en su fase neoliberal, no solo ha fragmentado barrios, precarizado vidas y disuelto comunidades.

Ha producido una subjetividad incapaz de concebir la liberación fuera del estrecho marco de la experiencia individual.

Ese es el verdadero nihilismo de nuestra época.

No un vacío abstracto de sentido, sino algo mucho más preciso: la clausura práctica de toda expectativa transformadora común.

Cuando el horizonte colectivo desaparece, la emancipación deja de pensarse como reorganización material de la vida compartida y pasa a presentarse como un proceso estrictamente subjetivo.

La libertad deja de ser una construcción política para convertirse en una experiencia interior.
La transformación social se sustituye por trabajo emocional.
La emancipación colectiva es reemplazada por autorrealización privada.

Y aquí reside una de las derrotas ideológicas más sofisticadas de nuestro tiempo: incluso buena parte de aquello que hoy se presenta como pensamiento progresista reproduce esta lógica.

Ya no se habla de transformar estructuralmente las condiciones que producen alienación, fragmentación y sufrimiento.

Se habla de resignificarlas.
De habitarlas mejor.
De reconciliarse subjetivamente con ellas.

El conflicto histórico se traduce en gestión emocional.
La contradicción material se convierte en narrativa personal.
La emancipación se redefine como ajuste interno.

Es la forma más refinada de adaptación.

El sujeto contemporáneo se cree radicalmente singular, extraordinariamente libre, dueño absoluto de su identidad y de su diferencia. Pero esa aparente explosión de singularidades encubre la forma más perfecta de homogeneización.

Cada vez más individuos se piensan únicos mientras reproducen exactamente las mismas trayectorias, los mismos códigos, las mismas búsquedas, los mismos lenguajes, las mismas formas de desorientación.

La individualización extrema no produce diferencia real.

Produce serialización.

Produce millones de soledades gestionándose a sí mismas bajo la ilusión de autonomía.

La mayor victoria del neoliberalismo no ha sido solo destruir comunidad.

Ha sido lograr que imaginemos la liberación como un asunto privado.

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Ha conseguido que incluso nuestra crítica adopte la gramática del individualismo que dice combatir.

Por eso reconstruir valores sociales no puede consistir en sermones nostálgicos, ni en campañas moralizantes, ni en llamadas abstractas al civismo.

La comunidad no se decreta.
No se invoca.
No se añora hasta que reaparece.

Se produce materialmente.

Solo puede emerger allí donde existan condiciones de estabilidad, tiempo compartido, arraigo territorial, seguridad vital y horizonte común.

Y también allí donde recuperemos la capacidad de imaginar que la emancipación no ocurre dentro del individuo aislado, sino entre individuos que se reconocen como parte de una totalidad capaz de transformarse a sí misma.

La pregunta, entonces, no es si estamos perdiendo valores.

La pregunta real es quién está destruyendo las condiciones que permiten producirlos.

Y la respuesta no está en una generación, ni en una aplicación, ni en una supuesta decadencia moral abstracta.

Está en un sistema que necesita individuos fragmentados para reproducirse.

No se perdió el respeto.

Se destruyeron, sistemáticamente, las bases materiales y simbólicas que lo hacían posible.

Proletkult.

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