Nos han enseñado a articular nuestra preocupación época tras época mediante eufemismos precisos, diseñados con la delicadeza quirúrgica de quien necesita proteger un negocio millonario. Hoy, el eufemismo dominante se sintetiza en una sola palabra: pantallas.
Escuchamos a analistas, tertulianos, educadores y políticos advertirnos de los peligros del «tiempo de pantalla», de la adicción de los jóvenes a la «pantalla», de la necesidad de hacer una «desintoxicación digital» para alejarnos de las «pantallas». La narrativa oficial ha conseguido empaquetar en un mismo contenedor inerte el acto de leer un libro en un Kindle, el trabajo minucioso de un diseñador gráfico en una tableta profesional, una llamada de vídeo entre familiares a miles de kilómetros y la espiral infinita de vídeos hiperestimulantes diseñados para secuestrar el sistema dopaminérgico.
El engaño discursivo es colosal. Culpar a la pantalla es como culpar al papel del contenido de una orden de desahucio o a la imprenta de la propagación de un panfleto delictivo. Nadie problematiza el cristal pulido ni los diodos de emisión de luz; lo que problematiza la vida cotidiana es lo que opera al otro lado. Y lo que opera al otro lado no es un fenómeno meteorológico ni una fatalidad tecnológica: es la propiedad privada sobre la arquitectura de la atención.
La privatización de la culpa
La operación ideológica detrás del término «pantallas» cumple una función clásica: desplazar un conflicto estructural de clase y propiedad hacia el terreno de la responsabilidad individual.
Cuando el debate se reduce a «cuántas horas pasa tu hijo frente a la pantalla», el problema pasa a ser de la familia, del padre desbordado o de la falta de autocontrol del usuario. Se transforma un dispositivo de ingeniería social masiva en un dilema moral sobre la disciplina personal. Es la misma estrategia con la que la industria petrolera popularizó el concepto de la «huella de carbono personal» para que la ciudadanía midiera el reciclaje de sus envases mientras las corporaciones continuaban la extracción a gran escala.
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Al hablar de adicción a la pantalla, liberamos de toda responsabilidad a las pocas corporaciones que ostentan la propiedad de los algoritmos de recomendación. Se invisibiliza que esos algoritmos no han sido programados para informar, conectar o enriquecer la vida de nadie, sino para maximizar el engagement a cualquier precio, transformando la conducta humana en materia prima predictiva para el mercado publicitario.
El algoritmo como capital fijo y herramienta de tiranía
Un algoritmo de recomendación contemporáneo no es una herramienta neutra; es capital fijo en su estado más depurado. Es la propiedad privada sobre los flujos de interacción, sociabilidad y percepción pública de miles de millones de personas.
Los oligarcas y tiranos de nuestro tiempo no visten uniformes militares ni necesitan tomar parlamentos por la fuerza. Les basta con poseer el código cerrado que decide qué noticia se viraliza, qué emoción se amplifica y qué discurso se invisibiliza. La tiranía algorítmica radica en que la infraestructura sobre la que hoy se articula la esfera pública es privada, opaca y responde exclusivamente a la lógica del beneficio y la acumulación.
Nadie se hace adicto a una pantalla apagada. A lo que la sociedad se engancha es a las trampas de diseño conductual —el scroll infinito, las notificaciones intermitentes, el refuerzo variable— desarrolladas por miles de ingenieros a sueldo del gran capital con el único fin de monetizar cada segundo de presencia mental.

Llamar a las cosas por su nombre
Para articular una crítica efectiva a la altura de nuestro tiempo, debemos abandonar el lenguaje anestesiante que el propio sistema nos proporciona.
No estamos ante una crisis de consumo técnico; estamos ante una fase avanzada de la mercantilización de la psique. El problema no es el soporte, es el modelo de negocio. No son los píxeles, es la extracción sistemática de atención para la acumulación de capital.
Hasta que el debate político y social no abandone la falacia de las «pantallas» y apunte directamente a la propiedad privada de la infraestructura digital, a la opacidad de los algoritmos y a la tiranía del mercado sobre la vida mental, seguiremos combatiendo fantasmas mientras los verdaderos culpables continúan monetizando nuestro tiempo.
Socializar la infraestructura digital
Pero la crítica no basta. Denunciar la propiedad privada del algoritmo sin señalar la alternativa es quedarse a mitad de camino. Si el problema es la propiedad, la solución no puede ser la regulación cosmética ni la autorregulación empresarial: es la socialización.
Frente a la tiranía algorítmica, no basta con pedir transparencia, auditorías o códigos de conducta que las corporaciones puedan firmar y luego ignorar. Hay que arrebatar la infraestructura digital al capital y convertirla en un bien común gestionado democráticamente.
Esto implica:
- Plataformas públicas y cooperativas, diseñadas para conectar, informar y cooperar, no para extraer atención.
- Algoritmos auditables y controlados socialmente, orientados a fines de utilidad pública, no a la maximización del beneficio.
- Datos como infraestructura común, no como materia prima privada de un puñado de oligopolios.
- Gobernanza democrática de la esfera digital, con participación de trabajadores, usuarios, comunidades y expertos independientes.
La infraestructura sobre la que se articula la vida social del siglo XXI no puede quedar en manos privadas. Del mismo modo que la energía, el agua o el transporte son bienes comunes que deben ser gestionados democráticamente, la arquitectura de la atención debe ser socializada y puesta al servicio de la cooperación, no de la extracción.
No son las pantallas. Es la propiedad privada del algoritmo. Es el capitalismo. Y la respuesta no es menos pantalla: es más democracia, más propiedad común, menos capital.
