Publicado en

Más allá del productivismo, por un horizonte ecosocial. Un Sindicalismo para el S. XXI

El productivismo fue el pecado compartido del capitalismo y del socialismo estatal del siglo XX. La ilusión de que el desarrollo de las fuerzas productivas, por sí mismo, conduciría a la emancipación, ignoró una verdad material elemental: la producción no flota sobre la naturaleza, sino que se sostiene sobre ella. Y esa base material tiene límites.

Hoy sabemos —como enseñan James O’Connor y la escuela ecosocialista— que el capital destruye no solo al trabajador, sino también a la naturaleza, las dos fuentes de toda riqueza. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los ciclos del agua y del aire, y el agotamiento de los recursos finitos no son «externalidades» del sistema: son la expresión contemporánea más visible de la contradicción capital-trabajo-naturaleza. El capital no puede autorreformarse para volverse sostenible porque su lógica de acumulación ilimitada es incompatible con los límites físicos del planeta. O se supera esa lógica, o se profundiza la catástrofe.

Por eso, el nuevo sindicalismo debe incorporar una racionalidad ecológica socialista. No como un añadido verde, sino como el principio organizador de toda la actividad productiva. La clase trabajadora no puede defender un modelo que envenena el aire que respira, el agua que bebe y la tierra que la alimenta. Luchar por la vida de la clase es luchar, simultáneamente, por las condiciones naturales que hacen posible esa vida.

Artículos sobre Sindicalismo

Este horizonte exige transformaciones estructurales concretas:

1. Reducción de la jornada laboral a 30 horas semanales (o menos) sin pérdida salarial

La reducción de la jornada no es solo una conquista social; es una necesidad ecológica. Repartir el trabajo disponible permite reducir la producción innecesaria, disminuir el consumo de energía y recursos, y liberar tiempo para la vida, la formación y la participación política. Una sociedad que trabaja menos horas puede producir lo necesario sin agotar el planeta ni agotar a las personas.

2. El desplazamiento como tiempo de trabajo efectivo

El tiempo que la clase trabajadora dedica a desplazarse entre su domicilio y su centro de trabajo es tiempo de trabajo no remunerado, una carga invisible que recae sobre quien trabaja y que el capital no reconoce. Ese tiempo robado no solo empobrece materialmente al trabajador (en transporte, en cansancio, en horas de vida perdidas), sino que además tiene un coste ecológico enorme: millones de desplazamientos diarios en transporte privado contaminante, atascos, emisiones.

Por eso, el nuevo sindicalismo debe exigir:

  • Reconocimiento del tiempo de desplazamiento como tiempo laboral efectivo, al menos en los tramos que excedan lo razonable, de modo que se compute dentro de la jornada y, cuando corresponda, sea remunerado.
  • Subvención pública del desplazamiento en transporte público, con abonos gratuitos o de coste simbólico, financiados con impuestos a la movilidad contaminante y a las empresas que concentran actividad en polos que obligan a largos desplazamientos. Esto no solo alivia la economía de los trabajadores, sino que acelera el cambio de paradigma hacia un modelo de movilidad sostenible y colectiva.
  • Planificación de la movilidad desde el territorio, acercando vivienda y trabajo, rompiendo la lógica de las ciudades-dormitorio y de los polígonos industriales aislados que obligan a la clase trabajadora a pasar horas en atascos.

El objetivo no es solo económico: es ecológico y de clase. Quien menos tiempo pierde desplazándose, más tiempo gana para vivir, para organizarse y para cuidar. Y una sociedad que reduce desplazamientos innecesarios reduce también su huella material.

3. Reestructuración de plantillas por proximidad al puesto de trabajo

Existen trabajadores que invierten dos horas diarias en llegar a su empleo mientras otros, cualificados para la misma función, viven a diez minutos del centro de trabajo y recorren distancias similares en sentido inverso. Esta descoordinación es absurda desde el punto de vista de la vida de los trabajadores y también desde el punto de vista ecológico.

El nuevo sindicalismo debe impulsar:

  • Programas de intercambio de puestos entre trabajadores de perfiles similares que deseen acercar su domicilio a su trabajo y reducir así el tiempo de desplazamiento.
  • Incentivos públicos y empresariales para facilitar esos intercambios: ayudas a la movilidad, bonificaciones fiscales, apoyo en el traslado, garantías de que el cambio de puesto no suponga pérdida de derechos o de condiciones laborales.
  • Coordinación con la planificación de vivienda y transporte, para que la localización del empleo y de la vivienda de los trabajadores responda a criterios de proximidad y sostenibilidad, no a la especulación del suelo ni a la concentración de actividad en zonas saturadas.

Esto no es una medida de caridad: es una racionalización ecológica y humana de la organización del trabajo. Menos desplazamientos forzosos significa menos contaminación, menos desgaste físico y psicológico, y más tiempo disponible para la vida y para la lucha.

4. Reconversión ecológica de las industrias contaminantes bajo control obrero y comunitario

No se trata de cerrar industrias y abandonar a los trabajadores, sino de planificar su transformación con planes de transición justa que garanticen empleo alternativo, formación y participación de los trabajadores en el diseño del nuevo modelo productivo. El control obrero sobre la reconversión es la garantía de que la transición no se haga a costa de la clase trabajadora.

5. Planificación democrática de la producción

Priorizar bienes y servicios socialmente necesarios —alimentación sana, energía renovable, vivienda digna, salud, educación, cuidados, transporte público— sobre la producción de lujos, armamento, obsolescencia programada o publicidad depredadora. La pregunta no es «cuánto producir», sino «qué producir, para quién y a costa de qué impacto ecológico». La planificación democrática es la herramienta para responder a esa pregunta de forma colectiva y consciente.

6. Socialización de los medios de vida

Banca, energía, telecomunicaciones, transporte, agua, vivienda: no basta con «regular» sectores estratégicos; deben salir de la lógica del beneficio y pasar a ser gestionados democráticamente. La crisis ecológica es también una crisis de propiedad: mientras los recursos naturales y las infraestructuras básicas estén en manos privadas, la sostenibilidad será siempre subordinada a la rentabilidad.

7. Derechos de la naturaleza como marco jurídico

Inspirado en experiencias como las de Ecuador y Bolivia, pero llevado a la práctica mediante control comunitario efectivo. No se trata de declaraciones simbólicas, sino de mecanismos reales que limiten la acción destructiva del capital y garanticen la regeneración de los ecosistemas.

8. Soberanía energética y alimentaria

La dependencia de combustibles fósiles importados no es solo una vulnerabilidad geopolítica: es una trampa ecológica y económica. La transición hacia energías renovables autóctonas bajo control público y la defensa de la soberanía alimentaria son condiciones materiales para la supervivencia de la clase trabajadora y de las comunidades rurales.

Inspiración:

  • Marx, en los Grundrisse, habló de la necesidad de una «regulación racional del metabolismo entre humanidad y naturaleza». No se trata de dominar la naturaleza, sino de organizar conscientemente la relación entre la sociedad y su entorno material.
  • Bookchin lo retomó al hablar de «ecología de la libertad»: una sociedad que reemplace la dominación sobre la naturaleza por cooperación con ella. La ecología social no es una cuestión técnica, sino política: la destrucción ambiental es también una forma de dominación social.
  • Naomi Klein y Kohei Saito han mostrado que la crisis ecológica es la expresión contemporánea más visible de la contradicción capital-trabajo-naturaleza. No hay salida ecológica dentro del capitalismo: la sostenibilidad exige superar la lógica de la acumulación.

El horizonte ecosocialista no es un complemento verde: es la condición material del socialismo en el siglo XXI.

Porque sin planeta habitable, no hay clase que pueda emanciparse. Sin aire respirable, sin agua potable, sin suelos fértiles y sin un clima estable, no hay producción posible, ni trabajo, ni vida social. La lucha por el socialismo es, hoy más que nunca, una lucha por la supervivencia de la humanidad y de la naturaleza.

El sindicalismo del siglo XXI debe ser ecosocialista o no será. Porque la clase trabajadora no puede defender un modelo que la envenena. Y porque no hay emancipación posible en un planeta muerto.

Proletkult.

Suscríbete a nuestra Newsletter mensual.