La historia del siglo XX está marcada por proyectos nacionales que, en su mayoría, replicaron la lógica del Estado-nación burgués: homogenización cultural, imposición lingüística y jerarquías étnicas bajo la retórica de la ciudadanía universal. Frente a ese modelo, la Unión Soviética desarrolló un marco radicalmente diferente para gestionar la diversidad: la korenizatsia, un conjunto de políticas que buscaban empoderar a los pueblos no rusos dentro del proyecto socialista.
Más que una política administrativa, la korenizatsia fue un experimento histórico sin precedentes: el intento de construir un Estado multinacional basado no en la dominación cultural, sino en la promoción activa de las identidades oprimidas.
