A mis amigas…
En los últimos años se ha extendido con fuerza la idea de que cargamos con «heridas ancestrales», de que nuestros antepasados nos han dejado tareas pendientes que debemos sanar. Esta intuición, aunque a menudo se formule en clave espiritual, energética o bajo las modas del bienestar holístico, contiene algo profundamente verdadero: no empezamos desde cero. Nacemos en una historia que nos precede.

Ahora bien, la pregunta políticamente decisiva no es si heredamos algo —eso resulta evidente—, sino qué es exactamente lo que heredamos y de dónde proviene.
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Nuestros ancestros no transmiten misterios flotando en el aire. Transmiten condiciones materiales de existencia y modos de sobrevivir a ellas. Transmiten formas de vincularse aprendidas en contextos de opresión concretos, miedos que fueron racionales en su tiempo y silencios que fueron necesarios para no romperse bajo el peso de la vida.
- Una abuela que vivió sin autonomía económica no transmite solo un «bloqueo emocional»; transmite una adaptación a un mundo donde la dependencia era la norma de subsistencia.
- Un abuelo que atravesó hambre no transmite una «frecuencia de escasez»; transmite la memoria física de una amenaza real.
- Una familia marcada por la precariedad no transmite una «inseguridad psicológica abstracta»; transmite la experiencia histórica de la fragilidad de clase.
Lo que hoy la psicología de consumo llama «herida» fue, en su origen, una estrategia de supervivencia.
Desde una perspectiva materialista, esto no niega la necesidad de sanar. Al contrario: la profundiza y la rescata del repliegue subjetivo. Porque si algo se heredó, no fue una energía metafísica, sino una forma de estar en el mundo producida por condiciones históricas determinadas.
Aquí es donde debemos señalar la trampa ideológica de nuestro tiempo. La cultura neoliberal —incluso en sus vertientes progresista o psicologista— ha logrado individualizar el malestar, convirtiendo la sanación en un asunto puramente interior y privado. Se nos invita a mirar infinitamente hacia dentro, a gestionar el síntoma, a pagar por el remedio individual, mientras las condiciones objetivas que producen ese dolor permanecen intactas. Esta «sanación» mercantilizada se convierte, sin quererlo, en un parche: devalúa la contradicción política y transforma el dolor en una responsabilidad exclusivamente personal.
Podemos aprender a gestionar la ansiedad de forma individual, pero si las condiciones estructurales que producen la ansiedad (la vivienda inalcanzable, la jornada agotadora, la incertidumbre del mañana) continúan operando, la transmisión continuará. Cambiará de lenguaje, pero persistirá.
El sufrimiento no surge del vacío. Surge de relaciones económicas, de desigualdades, de violencias patriarcales y de formas concretas de explotación social. Ignorar ese origen convierte el dolor en una fatalidad metafísica, como si fuera una carga inexplicable que simplemente «nos tocó». Pero no nos tocó: fue producido.
Comprender esto cambia radicalmente la orientación del acto de sanar. Deja de ser una reconciliación íntima o un viaje solitario hacia dentro y se convierte en una responsabilidad hacia el futuro y la comunidad. Si realmente queremos romper una cadena, no basta con aceptar su existencia en una consulta o en un diario personal; hay que desmontar los mecanismos materiales que la reproducen.
La forma más profunda de honrar a quienes nos precedieron no es solo integrar sus heridas, sino entender por qué tuvieron que vivir bajo esas restricciones. No para juzgarlos, sino para organizar la transformación del contexto que los limitó.
Desde esta mirada, la sanación es un movimiento doble y simultáneo: hacia dentro y hacia el mundo. Una transformación de la subjetividad que se apoya en la comprensión histórica y en la praxis colectiva.
Solo así la sanación deja de ser un sedante temporal. Solo así se convierte en una verdadera ruptura generacional. Porque lo que heredamos no es destino: es historia. Y la historia, a diferencia del destino, se puede transformar.
