El pensamiento de Hannah Arendt se presenta como una defensa exigente de la política frente a las catástrofes del siglo XX. Su énfasis en la acción, la pluralidad y el juicio sitúa la responsabilidad individual en el centro: frente a la obediencia, pensar; frente a la masa, decidir; frente al horror, responder.
No obstante, al desplazar el foco hacia la incapacidad de pensar, el mal tiende a aparecer como un déficit del sujeto. Con ello se ilumina una dimensión efectiva de la dominación, pero al mismo tiempo se corre el riesgo de oscurecer otra: las condiciones materiales que producen y organizan esas conductas. La responsabilidad se individualiza; las relaciones sociales que la hacen posible se vuelven opacas.
