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¿Nos hacía falta la ola de extrema derecha?

Hay preguntas que incomodan porque parecen conceder demasiado al enemigo. Esta es una de ellas. Formularla no implica celebrar su existencia, sino comprender qué revela. Porque toda forma ideológica que emerge con fuerza no solo expresa un proyecto: también delata las grietas del terreno sobre el que se levanta.

La ola reaccionaria no nace de la nada. No es un accidente histórico ni una anomalía externa. Es una respuesta —distorsionada, desplazada, instrumentalizada— a contradicciones materiales que no han dejado de intensificarse: precariedad estructural, pérdida de horizontes, degradación de las condiciones de vida, ruptura de los vínculos sociales. Pero donde podría haber conciencia de clase, aparece identidad herida; donde podría haber organización colectiva, aparece repliegue defensivo; donde podría haber análisis estructural, aparece búsqueda de culpables.

Sin embargo, su irrupción ha tenido un efecto que no puede ignorarse: ha roto el espejismo de estabilidad ideológica en el que una parte de la izquierda occidental llevaba décadas instalada.

Para comprender esto hay que retroceder. La derrota histórica de la izquierda en Europa no comenzó con la caída del bloque soviético, ni siquiera con la ofensiva neoliberal de los años ochenta. Había comenzado mucho antes, cuando la burguesía entendió que para neutralizar el antagonismo obrero no bastaba con reprimirlo: había que absorberlo, metabolizarlo, vaciarlo de su contenido estructural y devolverlo como forma compatible con la reproducción del capital.

Ese proceso tuvo uno de sus puntos de inflexión en el ciclo abierto tras Mayo del 68. Allí convivieron impulsos genuinamente emancipadores con una mutación ideológica de largo alcance. El desplazamiento del conflicto desde la estructura hacia la subjetividad, desde la organización hacia la expresión, desde la transformación material hacia la liberación individual, abrió una grieta por la que el liberalismo penetró en el imaginario de buena parte de la izquierda.

Lo que se presentó como radicalización terminó siendo, en muchos casos, una despolitización sofisticada.

La crítica a las mediaciones colectivas, la sospecha permanente hacia toda forma de organización fuerte, la elevación de la experiencia individual como criterio último de legitimidad, fueron progresivamente integradas por un capitalismo que supo convertir la rebeldía en mercado, la diferencia en nicho de consumo y la emancipación en elección individual.

La contracultura estadounidense, buena parte del giro académico postestructuralista y la posterior hegemonía cultural postmoderna operaron como vehículos de esa mutación. El sujeto colectivo fue sustituido por una proliferación de sujetos fragmentados. La explotación dejó de pensarse como relación material estructural para reinterpretarse en términos crecientemente simbólicos, discursivos o representacionales.

En Europa, este desplazamiento encontró una expresión política concreta en el llamado Eurocomunismo. Presentado como modernización, autonomía estratégica de la URSS o adaptación democrática, supuso (y supone aún) en demasiados casos la renuncia explícita a los fundamentos revolucionarios del socialismo científico.

Bajo la promesa de ampliar la base social y ganar respetabilidad institucional, la izquierda posmarxista y buena parte de la izquierda comunista asumió el marco político-cultural de la democracia liberal como horizonte insuperable. La transformación fue sustituida por la gestión; la ruptura por la integración; la construcción de poder popular por la administración gradual de lo existente.

No fue una simple táctica fallida. Fue una derrota teórica.

La burguesía no necesitó destruir a la izquierda cuando logró algo mucho más eficaz: enseñarle a pensar con categorías ajenas.

El proceso de claudicación de la izquierda se completó con un último momento de inflexión histórica: la disolución ilegal de la Unión Soviética. Más allá de su complejidad interna y de sus contradicciones acumuladas (tras décadas de apertura «reformista»), su desaparición tuvo un efecto decisivo en el plano global: eliminó el principal referente material e imaginario de la posibilidad de un poder organizado de la clase trabajadora a escala estatal. Con ello no solo se desmanteló un bloque geopolítico, sino también un límite objetivo —táctico, estratégico y simbólico— que condicionaba la acción del capital. La eliminación de ese horizonte funcionó como una liberación de la iniciativa burguesa, pero también como una desactivación del miedo histórico a la capacidad de organización obrera. Sin ese dique, la hegemonía liberal pudo desplegarse sin contrapeso sistémico, y la izquierda occidental quedó definitivamente reinsertada en un campo donde toda transformación debía pensarse ya dentro de los márgenes del orden existente.

Durante décadas, ese proceso consolidó una hegemonía en la que el conflicto fue sustituido por el consenso, la lucha por la negociación permanente y la política por la administración técnica de los límites del sistema. El lenguaje se refinó, las categorías se multiplicaron, las luchas se atomizaron. La izquierda aprendió a nombrar cada fragmento de la herida, pero fue perdiendo la capacidad de comprender (o al menos de señalar) el cuerpo social que la producía.

Pero, como demuestra la realidad una y mil veces, lo material nunca desaparece. Solo espera.

La reacción ha venido a recordarlo, aunque lo haga desde la falsificación. Ha devuelto el antagonismo al centro, aunque lo haya desplazado hacia direcciones funcionales al poder. Ha señalado el malestar, aunque haya mentido sobre sus causas. Y al hacerlo, ha dejado al descubierto algo fundamental: que el consenso anterior no era más que una suspensión temporal del conflicto.

Ahí es donde se abre la posibilidad.

No porque la reacción aporte nada emancipador, sino porque obliga a elegir.

Ya no es posible habitar indefinidamente ese espacio cómodo donde todo se reduce a discurso, representación o gestión simbólica.

Frente a fuerzas que operan sobre lo material —aunque sea para reforzar su dominio—, la desconexión con las condiciones reales de existencia se vuelve insostenible.

La cuestión, entonces, no es defender lo que había, sino decidir qué hacer con lo que se ha roto.

Si la respuesta consiste en atrincherarse en las formas ideológicas que hicieron posible esta derrota, el retroceso se profundizará. Si, por el contrario, se asume la crisis como ocasión para una rectificación histórica, puede producirse algo más importante: la reapertura de una política verdaderamente colectiva.

Eso exige recuperar la centralidad de la clase no como consigna nostálgica, sino como realidad objetiva de una sociedad organizada en torno a la explotación. Exige reconstruir organización, estrategia, horizonte y capacidad de totalidad. Exige volver a pensar desde el socialismo científico, no como repetición dogmática, sino como herramienta viva para interpretar un capitalismo que ha sofisticado sus mecanismos de dominación.

No se trata de negar las luchas que emergieron en las últimas décadas. Se trata de devolverles suelo. De reinscribirlas en una estructura material común. De comprender que ninguna emancipación particular puede sostenerse plenamente sobre una totalidad organizada por la explotación.

La ola reaccionaria no era necesaria. Nada que fortalezca la dominación lo es. Pero su existencia ha hecho visible lo que permanecía oculto: los límites históricos de una izquierda que, al aceptar la gramática ideológica de su adversario, fue perdiendo su capacidad transformadora.

La historia no avanza por necesidad moral, sino por contradicción. Y toda contradicción abre dos caminos: uno hacia formas más sofisticadas de barbarie, otro hacia la reconstrucción consciente de lo común.

La pregunta no es si hacía falta la reacción.

La pregunta es si sabremos aprovechar la grieta que ha abierto para volver a pensar, organizar y construir desde aquello que nunca debimos abandonar: la posibilidad material de una emancipación colectiva.

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