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El novio de Andrea Sachs (El diablo viste de Prada) como síntoma de otro fin de era

(Hace poco leía un artículo en El País que analizaba la ausencia de Nate, el novio de Andy, en la próxima secuela de El diablo viste de Prada. He visto innumerables veces la película dado que a mí hija le encanta. El artículo señalaba que su personaje se ha quedado fuera por haber sido reinterpretado como un hombre poco empático, un obstáculo para la heroína en su camino hacia el éxito. Esa lectura me incitó a escribir este texto).

Hay momentos en los que la ideología no necesita inventar nada nuevo. Le basta con reorganizar la percepción de lo que ya existe. No transforma la realidad: transforma la forma en que se distribuye la responsabilidad dentro de ella.

La relectura contemporánea de El diablo viste de Prada pertenece a ese tipo de operación.

Durante años, la película funcionó como expresión de una contradicción material clara: la imposibilidad de sostener la vida dentro de un régimen de trabajo que exige su subordinación total. Andrea no fracasa por debilidad ni por error moral. Es el propio sistema —encarnado en la lógica que atraviesa a Miranda Priestly— el que convierte la vida en residuo.

Sin embargo, la lectura dominante ha desplazado esa contradicción. Donde había estructura, ahora hay decisiones. Donde había organización social del tiempo, ahora hay gestión individual. Y en ese desplazamiento, el conflicto desaparece como tal: se redistribuye.

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I. La operación ideológica: borrar al explotador

La pregunta deja de ser:

¿qué tipo de sistema necesita destruir la vida para reproducirse?

Y pasa a ser:

¿quién, en tu entorno, está obstaculizando tu desarrollo?

Este giro no es inocente. Tiene una función precisa: hacer desaparecer al sujeto explotador como categoría.

Porque en el momento en que la contradicción se traduce en términos de relaciones personales, el sistema deja de ser responsable. La explotación ya no es una relación social, sino una mala gestión de vínculos.

No hay estructura que transformar. Solo decisiones que optimizar.

II. La cooptación liberal del feminismo

Aquí es donde aparece el punto crítico.

La lectura dominante se presenta como feminista, pero lo hace en una forma completamente integrada en la lógica del capital. No cuestiona la estructura de explotación. Solo discute quién puede ocupar posiciones dentro de ella.

Este desplazamiento tiene una consecuencia clara:

el problema ya no es la existencia de posiciones explotadoras,
sino la falta de acceso de algunas mujeres a esas posiciones.

En ese marco, Miranda Priestly deja de ser legible como lo que es —función de un sistema que exige la subordinación total de la vida— para convertirse en figura de éxito.

Y ahí se produce la inversión completa:

la crítica a la explotación se sustituye por la demanda de inclusión en ella.

Esto no es una deformación del feminismo. Es su forma liberal, completamente funcional al capitalismo.

Un feminismo materialista no puede aceptar esto, porque su punto de partida es otro:

no se trata de quién ocupa el lugar del poder, sino de la existencia misma de ese lugar.

III. El novio como desplazamiento del conflicto

En este nuevo marco, Nate —el novio— cumple una función ideológica precisa.

No es el problema. Es el lugar al que se desplaza el problema.

Representa el límite que la realidad impone a la lógica del ascenso: el tiempo, los vínculos, la vida no subordinada completamente al trabajo. Pero en lugar de ser leído como efecto de una contradicción estructural, es reinterpretado como obstáculo personal.

Así, la operación se completa:

el sistema desaparece,
la explotación se vuelve invisible,
y el conflicto se reubica en la esfera privada.

El resultado es perfecto para el capital:

si no puedes sostenerlo todo, no es porque el sistema lo haga imposible, sino porque alguien —o tú misma— está fallando.

IV. El fin de la crítica como horizonte

Lo que esta relectura expresa no es solo una mutación cultural. Es un cierre histórico.

La emancipación deja de pensarse como transformación de las condiciones materiales de existencia y pasa a definirse como movilidad dentro de ellas. El horizonte ya no es abolir la explotación, sino gestionarla mejor.

Y en ese marco, cualquier límite aparece como problema:

los vínculos,
el tiempo no productivo,
la propia vida.

No porque lo sean en sí mismos, sino porque interrumpen la lógica de valorización.

V. Lo que queda fuera

Pero hay algo que esta operación no puede eliminar completamente.

La contradicción entre la vida y el trabajo no desaparece. Se intensifica.

Se puede desplazar la culpa, reinterpretar los vínculos, redefinir el éxito. Pero no se puede hacer compatible lo que es estructuralmente incompatible.

Ahí es donde el relato muestra su límite.

No en la figura del novio como tal, ni en una defensa moral de la vida privada, sino en lo que su existencia señala:

que el sistema necesita negar constantemente las condiciones mismas que hacen posible la vida.

Nate no es el problema. Su presencia incómoda no señala un fallo en la gestión de Andrea, sino el límite estructural de un sistema que exige abandonar los cuidados para sostener la lógica de la explotación.

VI. Más allá del espejismo

Si hay una crítica que merece ser llamada feminista en sentido materialista, no puede consistir en ampliar el acceso a posiciones de dominio.

Tiene que partir de algo más simple y más radical:

ninguna emancipación pasa por ocupar el lugar del explotador.

El problema no es quién dirige la máquina.

El problema es la máquina.

Y mientras esa distinción no se recupere, cualquier discurso de liberación —sea cual sea su lenguaje— seguirá funcionando como forma de adaptación a lo existente.

Proletkult.

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