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Irene Montero y la derecha: el odio a la cajera es el odio a la clase trabajadora

Nota Aclaratoria: Antes de entrar en el argumento central de este texto conviene hacer una aclaración necesaria. Reconocer la singularidad del caso de Irene Montero no implica en ningún caso menospreciar el valor político, las trayectorias personales ni las batallas concretas de muchas otras mujeres que han alcanzado posiciones de poder en España.

La presencia de mujeres en las instituciones ha sido siempre el resultado de luchas políticas y sociales prolongadas. Ministras como Teresa Ribera, referente en la política climática y energética; Carmen Calvo, figura central del socialismo y el feminismo institucional durante décadas; o Dolores Delgado, procedente de la judicatura y enfrentada a sectores muy poderosos del ámbito judicial y mediático, han desempeñado papeles relevantes dentro del Estado y han protagonizado conflictos políticos reales.

También existen casos de mujeres con raíces sociales humildes dentro de la política institucional. Magdalena Valerio, hija de un ferroviario sindicalista de UGT, llegó al Ministerio de Trabajo tras una larga trayectoria vinculada al mundo laboral. Diana Morant, primera universitaria de su familia, representa el ascenso social a través de la educación pública y el Estado del bienestar.

Incluso figuras como Yolanda Díaz, con una fuerte tradición familiar ligada al sindicalismo de Comisiones Obreras, encarnan la continuidad de una cultura política vinculada históricamente al movimiento obrero. Nada de esto es menor. Todas estas trayectorias reflejan formas distintas de lucha, de acceso al poder y de intervención política dentro de las instituciones. Precisamente por eso resulta necesario distinguir planos.

El caso del odio a Irene Montero no se explica únicamente por ser mujer ni por ocupar un ministerio, algo que otras ya habían hecho antes. Tampoco se explica únicamente por su agenda política concreta. Lo que convierte su figura en un objetivo especialmente intenso de ataque es la combinación de varios factores que rara vez coinciden en la política institucional española: origen social claramente trabajador, experiencia directa en trabajos precarios antes de la política profesional y participación en un proyecto político que no se limitaba a gestionar el marco existente, sino que aspiraba a tensionarlo.

Es en esa capa concreta donde aparece la diferencia. No se trata de establecer jerarquías entre mujeres que han llegado al poder, ni de negar las dificultades que todas ellas han enfrentado. Se trata de observar que, en determinados momentos, la política revela algo más profundo que el desacuerdo ideológico: revela qué perfiles sociales son considerados aceptables dentro del poder y cuáles generan una reacción mucho más visceral.

El análisis que sigue parte precisamente de ahí.

Hay una forma de odio político que se disfraza de crítica ideológica, pero que en realidad tiene raíces mucho más profundas. Lo que la derecha española ha dirigido contra Irene Montero durante años no puede explicarse únicamente por su condición de mujer o por su papel en el feminismo institucional. Es algo más antiguo y más visceral: la intolerancia hacia la irrupción de la clase trabajadora en espacios de poder que históricamente le han estado vedados.

La política española —como casi todas las políticas en las sociedades capitalistas— está estructurada por una barrera invisible. No es una barrera jurídica, ni siquiera explícita. Es una barrera social. Los gobiernos están llenos de abogados del Estado, economistas de élite, profesores universitarios, altos funcionarios o herederos de capital político y cultural. La presencia de alguien que procede directamente del mundo del trabajo precario rompe ese orden simbólico.

Por eso la biografía de Irene Montero incomoda. Antes de convertirse en ministra, fue cajera. Y aunque ese hecho pueda parecer anecdótico, en realidad tiene una carga política enorme. La figura de la cajera representa uno de los lugares más visibles del trabajo precarizado en las economías contemporáneas: salarios bajos, alta rotación, escaso reconocimiento social y una vida organizada alrededor de horarios impuestos por otros.

Cuando alguien con esa trayectoria entra en el gobierno, se produce una disonancia para quienes conciben el poder como un espacio reservado a determinadas capas sociales. No se trata solo de desacuerdo político. Se trata de una ruptura de jerarquías.

Por eso muchas de las críticas que se han dirigido contra Irene Montero han adoptado formas particularmente agresivas y personalizadas. La intensidad del ataque no se explica únicamente por sus decisiones políticas. En realidad, revela una reacción frente a algo más profundo: la idea de que una mujer joven, sin linaje político tradicional y procedente de un entorno laboral común pueda ejercer poder institucional.

En ese sentido, el desprecio hacia la “cajera” no es simplemente un insulto individual. Es una metáfora social. La cajera es la representación de millones de trabajadores invisibles que sostienen el funcionamiento cotidiano del país. Ridiculizar ese origen es una forma de recordar quién debería —según ciertas mentalidades— ocupar cada lugar en la escala social.

La derecha suele afirmar que defiende la meritocracia. Sin embargo, la meritocracia deja de ser cómoda cuando alguien proveniente de abajo llega realmente a las posiciones de decisión y pretende ejercerlas con autonomía política. Mientras la clase trabajadora permanezca en su lugar simbólico —como sujeto al que representar, como votante, como retórica— no genera conflicto. El problema aparece cuando deja de ser objeto de la política para convertirse en sujeto de ella.

Aquí aparece un elemento que rara vez se menciona: el origen social por sí solo no explica el conflicto político. A lo largo de la historia reciente de España han existido dirigentes con trayectorias familiares o personales vinculadas al mundo del trabajo. Sin embargo, la mayoría de ellos han operado dentro de marcos políticos que no cuestionan las bases estructurales del poder económico dominante.

Esto es particularmente visible en el caso del Partido Socialista. Desde la consolidación del sistema político tras la Transición, el proyecto del PSOE se ha configurado como una forma de social-liberalismo de Estado: un modelo que gestiona el capitalismo mediante políticas sociales y redistributivas, pero que rara vez confronta de manera directa los marcos estructurales del poder económico. Dentro de ese campo político, incluso quienes proceden de entornos trabajadores acaban operando dentro de límites institucionales muy definidos.

Por eso el caso de Irene Montero adquiere una dimensión singular. Su trayectoria política no se limita a representar simbólicamente a sectores populares dentro del aparato estatal, sino que ha formado parte de un proyecto político que, al menos en determinados momentos, ha intentado desplazar esos límites. Iniciativas legislativas que afectaban a estructuras sociales arraigadas —desde la ampliación de derechos civiles hasta la confrontación discursiva con poderes mediáticos, judiciales o económicos— fueron interpretadas por amplios sectores conservadores como un desafío directo al orden existente.

Ese cruce entre origen social y voluntad de intervención política es lo que convierte su figura en algo poco habitual dentro de la política institucional española. No se trata simplemente de una mujer de origen trabajador ocupando un cargo público, sino de alguien que ha actuado desde ese cargo intentando alterar marcos que tradicionalmente habían permanecido relativamente estables.

Desde un punto de vista sociológico, esto ayuda a explicar la intensidad de las reacciones que ha provocado. Cuando la presencia de la clase trabajadora en el poder se limita a una función representativa o simbólica, suele ser tolerada. Pero cuando esa presencia se combina con la voluntad de modificar reglas del juego que afectan a intereses consolidados, la reacción se vuelve mucho más dura.

Por eso el debate alrededor de Irene Montero no puede entenderse únicamente como una disputa ideológica sobre políticas concretas. También es una disputa sobre quién puede ejercer el poder y con qué legitimidad.

Porque cuando el origen social se convierte en motivo de burla o deslegitimación, lo que se está atacando no es solo a una persona. Se está enviando un mensaje a toda una clase: el poder no es vuestro lugar.

Sin embargo, la historia demuestra lo contrario. Cada avance democrático significativo ha ocurrido cuando quienes estaban fuera de las instituciones decidieron atravesar esas barreras y disputar el espacio político.

Proletkult.

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