Publicado en

Sobre la Unidad de la Izquierda

En los debates contemporáneos sobre la «unidad de la izquierda», se suele colocar el foco en la necesidad de unir siglas, conformar frentes comunes, pactar mínimos y compartir listas electorales. Sin embargo, esta forma de entender la unidad es superficial y estéril si no se aborda el problema de fondo: la disolución del proyecto histórico emancipador bajo el influjo de una cultura política dominada por el subjetivismo y una lógica pequeñoburguesa profundamente arraigada.

La izquierda actual, especialmente en contextos occidentales, ha confundido pluralidad con fragmentación, libertad con opinión individual sin consecuencias, y horizontalidad con ausencia de organización y DISCIPLINA. Esta deriva ha dado lugar a un ecosistema de militancias donde la autenticidad subjetiva prima sobre la eficacia colectiva, donde la desconfianza hacia la forma partido impide cualquier proyecto totalizante*, y donde la crítica ha sido vaciada de contenido materialista para convertirse en mero ejercicio estético o moral.

Mientras tanto, en el mundo real, la organización política más poderosa del planeta es el Partido Comunista de China. Con todos sus matices y contradicciones, el PCCh ha demostrado que un partido fuerte, disciplinado, centralizado y con proyecto estratégico puede no solo sostenerse, sino disputar la hegemonía global al capitalismo occidental. Su capacidad de planificación a largo plazo, su articulación de lo técnico con lo político, y su adaptación constante sin perder centralidad organizativa, son prueba concreta de que la forma Partido sigue siendo válida y eficaz cuando responde a necesidades históricas/colectivas reales.

La unidad real no se construye sumando partes, sino generando un cuerpo colectivo capaz de superar la autonomía ilusoria del yo político liberal. Y esto solo es posible si se recupera, de forma crítica y creativa, la necesidad de un Partido Fuerte, articulador de voluntad colectiva, y guiado por el principio del centralismo democrático.

No hablamos aquí de reproducir formas burocráticas del pasado, sino de entender que sin una estructura organizativa que recoja, sintetice y ejecute la decisión común, no hay acción transformadora posible. El centralismo democrático, bien entendido, no es autoritarismo: es la forma material que permite a una colectividad pensarse y actuar como un solo cuerpo, sin anular la diversidad interna pero subordinándola a un horizonte común.

En un momento histórico donde la extrema derecha avanza gracias a su capacidad de dar una respuesta unificada (aunque reaccionaria) al malestar general, la izquierda sigue aferrada a la celebración de la diferencia como si esta, por sí misma, contuviera potencial emancipador. Pero la diferencia sin proyecto, sin organización, sin estrategia, es simplemente impotencia decorativa.

Lo que se requiere no es una alianza entre partes que siguen defendiendo su identidad fragmentaria, sino un salto cualitativo: una forma nueva de unidad que supere las lógicas posmodernas de la sospecha, la horizontalidad fetichizada y el individualismo camuflado de radicalismo.

Se trata de volver a plantear una visión totalizante* del futuro, capaz de reorganizar el deseo colectivo, de articular una hegemonía que no sea la suma de relatos sino la construcción de un nuevo sujeto histórico. Y eso solo puede hacerse desde una organización con voluntad de poder, con estructura, con estrategia a largo plazo. Una organización que asuma que la libertad real no es expresarse sin consecuencias, sino participar en la construcción consciente de un proyecto común.

Superar la fragmentación no es una cuestión moral, sino una necesidad histórica. Sin unidad orgánica, sin Partido Fuerte, sin centralismo democrático como condición técnica de la acción colectiva, la izquierda seguirá siendo testigo impotente de su propio desmantelamiento.

La verdadera unidad de la izquierda no será un acuerdo entre partes, sino el surgimiento de un nuevo Todo.

…y después,

Una Nueva Internacional

Porque una izquierda unificada, con estructura, estrategia y horizonte, no puede quedarse encerrada en los marcos nacionales heredados de la modernidad liberal. Si el capital actúa como una red global interconectada, si las guerras, las crisis económicas y el extractivismo se coordinan internacionalmente, entonces la emancipación no puede ser otra cosa que internacionalista en su forma y contenido.

La necesidad de una Nueva Internacional no es un sueño utópico ni una evocación nostálgica. Es una condición técnica e histórica para cualquier proyecto transformador del siglo XXI. Una Internacional que no sea un mero espacio de debate o coordinación simbólica, sino una estructura visible, articulada y con voluntad de poder, que pueda sintetizar experiencias locales, planificar estrategias globales, y disputar la hegemonía a escala planetaria.

Para que esta nueva Internacional sea posible, hay que superar claramente los restos del idealismo liberal que impregna buena parte de las izquierdas: el rechazo a la organización, la exaltación acrítica de las diferencias, la horizontalidad sin estructura, el fetichismo de la diversidad sin horizonte común, y la confusión entre libertad y autonomía individual despolitizada.

Hay que unir, con voluntad real de síntesis, las grandes luchas de nuestro tiempo: la lucha de clases, el feminismo materialista, el ecologismo científico, el anticolonialismo y la lucha contra el racismo estructural. No se trata de que una lucha subsuma a las demás, sino de articularlas en un proyecto totalizante*, que las entienda como expresiones parciales de una misma confrontación civilizatoria.

Porque hay que dejar de actuar como si lo internacional fuera un complemento del trabajo político local.
Lo internacional es la forma contemporánea del trabajo político real.

Esta nueva Internacional debe nacer del reconocimiento mutuo entre las fuerzas políticas que sostienen todavía estructuras fuertes, proyectos de largo plazo y voluntad revolucionaria real. Debe tener como principio no la uniformidad doctrinal, sino la articulación estratégica.

Solo una conciencia colectiva global, organizada como sujeto histórico, podrá detener la barbarie en curso y abrir el camino hacia una civilización verdaderamente humana.

*TOTALIZANTE (Nota aclaratoria): cuando hablamos de un proyecto «totalizante», no debe confundirse con lo «totalitario». Lo totalizante se refiere a la capacidad de integrar, articular y dar sentido común a la diversidad de luchas, saberes y experiencias dentro de un marco compartido de transformación. No impone uniformidad, sino que organiza la pluralidad desde una dirección consciente. En cambio, lo totalitario anula la diferencia, reprime la disidencia y niega la dialéctica interna. La emancipación requiere totalidad, no dominación.

Proletkult.

Suscríbete a nuestra Newsletter mensual.