El “Manifiesto para la Supervivencia” (A Blueprint for Survival, 1972) es un texto colectivo impulsado por Edward Goldsmith, fundador de The Ecologist, junto con un grupo de científicos y ecólogos de la época. Fue publicado originalmente como un número especial de la revista y luego editado como libro.

¿Qué planteaba?
El manifiesto advertía —con una claridad que hoy parece casi profética— que las sociedades industriales estaban empujando al planeta hacia una crisis ecológica y social estructural. No se quedaba solo en el diagnóstico: proponía un modelo radicalmente distinto de organización social basado en:
- Sociedades a pequeña escala, descentralizadas.
- Autosuficiencia local para reducir dependencia energética y material.
- Reorganización económica biocéntrica, evitando la lógica del crecimiento ilimitado.
- Control democrático comunitario sobre los recursos.
- Reconfiguración de valores hacia una cultura centrada en la continuidad ecológica y la cooperación.
Era, en términos contemporáneos, un texto de transición socioecológica profunda.
¿Qué lugar ocupa en la historia de las ideas?
- Fue uno de los primeros textos “científicos” que difundió la idea de que la crisis ecológica no era un problema técnico puntual, sino un resultado sistémico de la estructura económica y productiva.
- Influyó en el ecologismo político europeo (especialmente el británico).
- Puede considerarse precursor tanto del pensamiento decrecentista como de visiones bioregionalistas.
Crítica Integral al Manifiesto para la Supervivencia de Goldsmith y Colaboradores
El Manifiesto para la Supervivencia (1972) es un texto que anticipa, con notable lucidez, la gravedad de la crisis ecológica. Reconoce que la expansión industrial y el metabolismo extractivo de la sociedad moderna amenazan las bases mismas de la vida. En ese sentido, aporta un marco descriptivo relevante: señala los límites biofísicos del planeta, critica el crecimiento indefinido y propone adaptar la producción a las capacidades reales de cada territorio, incluso replanteando la escala de la actividad social.
Sin embargo, a pesar de ese diagnóstico intuitivamente acertado, el libro contiene fallos estructurales que comprometen toda su propuesta política. Son fallos no secundarios, sino constitutivos: errores ideológicos, conceptuales y analíticos que derivan en una teoría insuficiente para comprender la crisis ecológica y, además, profundamente equivocada respecto a cómo transformarla.
Lo que sigue es una crítica sistemática que recoge tres grandes núcleos problemáticos del libro —económico, sociológico y político— y los entrelaza con una visión materialista que restituye lo que el texto omite o invierte.
1. La sustitución de “capitalismo” por “sociedad industrial”: un desplazamiento ideológico decisivo
Goldsmith y los demás autores construyen toda su argumentación sobre una categoría ambigua: “la sociedad industrial”. Se la presenta como la raíz de la crisis ecológica, como si la industrialización fuera en sí misma una forma histórica de irracionalidad o un destino ciego que exige corrección.
Pero aquí aparece el primer problema profundo:
la sociedad industrial no es un agente histórico.
Es la forma técnica que adopta un modo específico de producción: el capitalismo.
Reducir el problema a “industrialización”, como si fuera un fenómeno neutral o moral, permite:
- no hablar de acumulación de capital,
- no hablar de propiedad privada de los medios de producción,
- no hablar de explotación,
- no hablar de competencia y expansión ilimitada,
- y evitar nombrar a la clase que se beneficia directamente del saqueo del planeta.
Este desplazamiento no es inocente. Si la causa del problema no es el capitalismo sino algo difuso llamado “sociedad industrial”, la solución no será la transformación de las relaciones de producción, sino un reajuste moral, estético o comunitario.
El libro, al carecer de análisis histórico-material, propone como alternativa microcomunidades descentralizadas y autosuficientes, sin preguntarse quién controla la producción, qué intereses guían el metabolismo social ni qué clase social debe ser desplazada para producir un cambio real.
Es una crítica ecológica amputada: ve los efectos, pero evita la causa.
2. El error culturalista: invertir la relación entre base material y cultura
Otro eje central del manifiesto es su lectura profundamente culturalista. Para Goldsmith, las disfunciones sociales y ecológicas derivan de hábitos culturales erróneos, de una pérdida de valores y de un alejamiento espiritual respecto a la naturaleza.
Esto constituye una inversión idealista clásica:
la cultura aparece como origen, cuando es efecto de las relaciones materiales de producción.
Según el manifiesto:
- La destrucción ecológica proviene de una “actitud equivocada ante la naturaleza”.
- La fragmentación social proviene de la “pérdida de comunidad”.
- La alienación proviene de “estilos de vida desordenados”.
Pero no:
estas formas culturales son resultado directo de un sistema que organiza el tiempo, el espacio, la producción y la vida en función de la acumulación de capital.
La cultura no explica la economía:
es la economía —el modo de producción— quien produce y condiciona la cultura.
De ahí que proponer cambios culturales como motor de reorganización social sea insuficiente y, en última instancia, ingenuo.
3. La parte más grave: etnocentrismo, moralismo y patologización racial
El libro revela su mayor inconsistencia y su mayor sesgo al analizar la situación urbana, especialmente en relación con familias afroamericanas y dinámicas de delincuencia en Estados Unidos.
Su lectura:
- patologiza “familias rotas”,
- atribuye problemas a la “desorganización cultural”,
- y propone como solución la reconstrucción de un “orden comunitario perdido”.
Todo ello sin mencionar:
- la precariedad estructural impuesta a los afroamericanos,
- la segregación institucional,
- la violencia policial,
- la desindustrialización selectiva,
- la exclusión laboral como mecanismo de control,
- la explotación racial histórica como base del capitalismo estadounidense.
Al ignorar la dimensión material de la pobreza racializada, el manifiesto transforma una estructura de dominación en un déficit cultural.
Es una operación ideológica:
culpar a las víctimas para encubrir la raíz económica y política del problema.
Esta deriva supremacista invalida toda su sociología.
4. La mitificación reaccionaria de las comunidades pequeñas
Uno de los pilares del manifiesto es la idealización de pequeñas comunidades autosuficientes. Se las presenta como lugar natural de armonía social y sostenibilidad ecológica.
Pero históricamente:
- las comunidades pequeñas han sido profundamente conservadoras,
- limitantes para el pensamiento crítico,
- opresivas para las mujeres y para las disidencias,
- y hostiles a la innovación social.
Reducir la escala social no garantiza mayor libertad ni mayor racionalidad.
Es, de hecho, un gesto reaccionario: nostalgia por un orden preindustrial que nunca fue idílico.
Además, el libro infravalora —incluso niega— el valor histórico y ontológico de la ciudad.
5. La ciudad como órgano de apertura y conciencia
Lejos de ser un simple “problema”, la ciudad es el gran órgano histórico de apertura intelectual, mezcla cultural y producción de conciencia colectiva.
Es en las urbes donde:
- se intensifican los flujos de ideas,
- se multiplican las experiencias humanas,
- se generan formas superiores de cooperación social,
- y la humanidad, como totalidad, se piensa a sí misma.
El problema no es la ciudad:
es el capitalismo.
La ciudad debe ser repensada desde lo humano, no desde la maximización del beneficio. Ciudades accesibles, densas, vivibles, donde el espacio común sea priorizado sobre la especulación.
Pero eliminar la ciudad o convertirla en culpable es antihistórico.
6. Tiempo, trabajo y disolución de los lazos sociales
El libro atribuye la disolución de los vínculos sociales al tamaño de las comunidades.
Pero el tamaño no es la clave.
Los lazos sociales son tiempo.
Y el capitalismo se apropia del tiempo:
- jornadas laborales extensas,
- desplazamientos interminables,
- precariedad,
- imposibilidad de planificar la vida.
Si la población tuviera más tiempo disponible, el encuentro con otros surgiría de forma inevitable —incluso por aburrimiento.
La comunidad no se destruye por escala, sino por expropiación temporal.
7. El error más profundo: creer que el proceso será ordenado
Finalmente, el libro comete un error típicamente burgués e idealista:
suponer que la reorganización ecológica y social será un proceso voluntario, gradual, limpio, aceptado por todos.
Pero la historia demuestra lo contrario:
- quienes se benefician del orden actual no van a renunciar a sus privilegios,
- quienes destruyen el planeta no dejarán de hacerlo por persuasión,
- quienes controlan el metabolismo global no cederán el mando sin conflicto.
La transición que el manifiesto propone no puede ser un proceso orgánico, porque los agentes responsables de la destrucción material no tienen ningún incentivo para cooperar.
La reorganización de la producción en correlación científica con las capacidades del planeta requiere:
- autoridad colectiva,
- coordinación tecnológica consciente,
- planificación a escala global,
- toma del poder por una población consciente de su función histórica.
No en el sentido autoritario coercitivo, sino en el sentido de autoridad racional y colectiva capaz de organizar el metabolismo humano con el planeta.
Dejar esa transición “en manos del sistema actual” es simplemente irreal.
Conclusión
El Manifiesto para la Supervivencia ofreció una alerta ecológica temprana e importante, pero su propuesta falla por tres motivos fundamentales:
- Reemplaza capitalismo por “sociedad industrial” y desactiva el análisis de clase.
- Adopta una sociología culturalista que invierte la causalidad material, y cae en explicaciones moralistas y racializadas.
- Idealiza comunidades pequeñas, niega la potencia histórica de la ciudad e imagina una transición ecológica ordenada y voluntaria que contradice toda experiencia histórica.
Frente a esto, la perspectiva materialista restituye la historicidad real del problema: la supervivencia humana exige transformar radicalmente las relaciones de producción, reorganizar el tiempo social, repensar la ciudad desde lo humano y asumir la necesidad de una autoridad colectiva capaz de planificar —científica y democráticamente— el metabolismo entre humanidad y planeta.
Es decir, exige precisamente aquello que el libro evita nombrar.
Y todo esto asumiendo que ya vamos 60 años tarde…
