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Derecho a permanecer en origen

El capitalismo contemporáneo ha conseguido una operación ideológica particularmente eficaz: presentar como libertad aquello que muchas veces es una forma de coerción material. Entre esas operaciones destaca una especialmente importante para nuestro tiempo: convertir la migración forzada por necesidad económica en símbolo abstracto de progreso, modernidad o apertura.

Desde una perspectiva marxista, el problema no reside en el derecho humano a migrar. Ese derecho es irrenunciable. Toda persona debe poder desplazarse, vivir y trabajar donde desee sin persecución ni degradación de sus derechos. El problema aparece cuando la movilidad deja de ser una elección libre y se convierte en condición estructural de supervivencia dentro del mercado mundial capitalista.

La cuestión central no es simplemente quién cruza fronteras, sino por qué millones de personas se ven obligadas a hacerlo.

El liberalismo interpreta la migración principalmente desde el individuo aislado: un sujeto abstracto que «elige» desplazarse dentro de un mercado global. Pero el materialismo histórico no analiza individuos suspendidos en el vacío. Analiza relaciones sociales, estructuras económicas y procesos históricos concretos.

Y desde esa perspectiva resulta evidente que gran parte de las migraciones contemporáneas no pueden comprenderse separadas de:

  • la destrucción de soberanías productivas;
  • la subordinación financiera del sur global;
  • el extractivismo;
  • las guerras imperialistas;
  • los tratados comerciales desiguales;
  • la dependencia tecnológica;
  • la concentración global del capital;
  • y la conversión de regiones enteras del planeta en reservas de mano de obra barata.

El capitalismo no organiza el mundo para satisfacer necesidades humanas. Organiza la población mundial según las necesidades de valorización del capital. Los flujos migratorios forman parte de esa reorganización permanente.

Durante décadas, numerosos países han sido integrados en la economía global únicamente como exportadores de materias primas, turismo precario o fuerza de trabajo. Cuando sus estructuras económicas quedan destruidas o subordinadas, la emigración masiva aparece después como fenómeno «natural», cuando en realidad constituye el resultado lógico de un proceso histórico de desposesión.

La izquierda comete un error profundo cuando aborda esta cuestión exclusivamente desde categorías morales abstractas. Porque al hacerlo deja intactas las causas materiales que producen el desplazamiento.

Y además deja intacta una contradicción central del capitalismo contemporáneo: las mismas potencias económicas, políticas y mediáticas que participan en la destrucción material de regiones enteras del planeta son después las que convierten a los inmigrantes en chivos expiatorios dentro de los países receptores. Se ataca al trabajador migrante para ocultar el verdadero origen del problema: un modelo global de acumulación que necesita territorios dependientes, economías subordinadas y poblaciones desplazables.

Pero la hipocresía no termina ahí. Es también ese mismo bloque político, económico y cultural el que desacredita o criminaliza cualquier intento de soberanía económica en los países que exportan mano de obra migrante. Cuando un pueblo intenta proteger sectores estratégicos, nacionalizar recursos, limitar la penetración del capital extranjero o desarrollar autonomía productiva, inmediatamente aparece la acusación de «populismo», «autoritarismo», «proteccionismo» o «amenaza al mercado». Es decir: se condena simultáneamente la llegada de inmigrantes y las condiciones necesarias para que esos inmigrantes no se vieran obligados a abandonar sus países.

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De este modo, el capitalismo genera el desplazamiento, bloquea las alternativas soberanas que podrían reducirlo y después instrumentaliza políticamente sus consecuencias sociales para fragmentar a la clase trabajadora.

Defender únicamente el «derecho a migrar» sin defender simultáneamente el derecho a permanecer en origen implica aceptar implícitamente un mundo donde enormes sectores de la humanidad deben abandonar sus comunidades para poder reproducir su vida en condiciones mínimamente dignas.

Eso no es emancipación. Es adaptación humana a la violencia estructural del capital.

El derecho a permanecer en origen significa algo muy concreto: que ningún pueblo sea condenado a vaciarse para sobrevivir.

Significa defender:

  • soberanía alimentaria;
  • capacidad industrial;
  • planificación económica;
  • control democrático de recursos estratégicos;
  • acceso universal a vivienda, energía y trabajo;
  • y posibilidad real de construir proyectos de vida estables dentro de las propias comunidades.

No se trata de inmovilizar poblaciones ni de romantizar el territorio nacional. Tampoco de negar el mestizaje histórico de las sociedades humanas. La historia de la humanidad es también historia de desplazamientos, mezclas y transformaciones culturales.

Pero precisamente por eso debe distinguirse entre migración libre y desplazamiento económico forzado.

El capitalismo necesita borrar esa diferencia porque obtiene beneficios de ella.

La libre circulación bajo el capitalismo no significa que todos circulen en igualdad de condiciones. Significa que el capital organiza globalmente la movilidad según sus necesidades productivas: extrae trabajadores cualificados de regiones empobrecidas —lo que se conoce como «fuga de cerebros», pero que en términos materiales es una transferencia de valor del sur al norte, una forma silenciosa de acumulación por desposesión—, regula salarios mediante competencia internacional entre trabajadores, vacía territorios periféricos y concentra riqueza en polos metropolitanos.

Mientras tanto, las derechas etnicistas aprovechan el malestar producido por estas contradicciones para desplazar el conflicto desde las estructuras económicas hacia los propios migrantes. Transforman un problema del capital en un enfrentamiento cultural entre trabajadores.

Y buena parte de la izquierda liberal queda atrapada en la posición opuesta: incapaz de analizar las consecuencias materiales del capitalismo global sobre las comunidades populares porque teme que cualquier crítica a esas dinámicas sea apropiada por la reacción.

Pero abandonar el análisis material no detiene a la extrema derecha. Al contrario: le entrega el monopolio de conceptos como arraigo, comunidad, seguridad o soberanía.

La tarea de una izquierda marxista no consiste en negar esos conceptos, sino en rescatarlos del nacionalismo excluyente y devolverlos al terreno de la lucha de clases. Porque hay un arraigo de clase que nada tiene que ver con el arraigo identitario que moviliza la derecha: el arraigo que defendemos no es el del territorio sagrado ni el de la pureza cultural, sino el de las condiciones materiales que permiten vivir sin ser desposeído. El derecho a no tener que abandonar tu comunidad para sobrevivir no es una reivindicación étnica, sino una exigencia de clase.

Porque el arraigo no pertenece a la burguesía nacionalista.
Pertenece también al trabajador que no quiere verse obligado a abandonar su ciudad para pagar un alquiler.
A la familia expulsada por la destrucción económica de su región.
Al campesino desplazado por monocultivos globales.
A los pueblos convertidos en economías dependientes.

El internacionalismo no consiste en aceptar pasivamente la organización capitalista del planeta. Consiste en combatir las condiciones que obligan a millones de seres humanos a convertirse en población excedente móvil al servicio de la acumulación global.

Por eso el derecho a permanecer en origen debe convertirse en una consigna central del socialismo del siglo XXI.

No contra el migrante.
No contra el derecho a migrar.
Sino contra el sistema económico que convierte la migración forzada en necesidad estructural.

La verdadera libertad de movimiento solo puede existir cuando quedarse también es una posibilidad digna.

Proletkult.

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