Publicado en

Origen de Christopher Nolan y el concepto de Propiedad Privada: La idea que no parece una idea

En la película Origen no se cambia la realidad convenciendo a nadie de nada. No hay discursos, ni razonamientos, ni iluminación súbita. Lo que se hace es mucho más profundo y, por eso mismo, más eficaz: se introduce una idea mínima en el lugar exacto donde se organizan las decisiones, de modo que el sujeto la viva como propia. No como algo aprendido, sino como algo obvio. Como algo que “siempre estuvo ahí”.

La clave no es la idea en sí, sino el hecho de que deja de percibirse como idea.

Eso mismo ocurre con la noción dominante de propiedad. No funciona como una norma impuesta desde fuera, ni como una teoría que alguien acepta o rechaza conscientemente. Funciona como una evidencia. Las cosas son de alguien. El tiempo es de alguien. El espacio es de alguien. Incluso la vida parece pertenecer a quien puede pagarla. No se discute, no se decide, no se elige: simplemente se asume.

La propiedad privada no se presenta como una construcción histórica, sino como una condición natural del mundo. Y precisamente por eso organiza la realidad entera. Determina quién trabaja y para quién, quién accede y quién queda fuera, quién decide y quién obedece. No es una idea sobre la realidad: es una idea que define qué cuenta como realidad posible.

Aquí es donde suele aparecer la trampa. Se acusa de idealismo a quien señala el papel de esa idea, como si se estuviera diciendo que basta con “pensar distinto” para que todo cambie. Pero ocurre justo lo contrario. La propiedad no domina porque sea una idea poderosa; es una idea poderosa porque responde a una estructura material concreta que necesita ser vivida como natural para poder reproducirse.

Salario, deuda, alquiler, herencia, exclusión: todo eso no son conceptos, son relaciones reales. Y esas relaciones exigen una idea que las justifique, las ordene y las haga soportables. La idea de propiedad no crea esas relaciones, pero las cose, las mantiene y las hace parecer inevitables. Como en Origen, el sueño no se sostiene por la idea, sino por la arquitectura que la rodea.

La alienación más profunda no consiste solo en aceptar la propiedad, sino en que incluso la imaginación queda atrapada dentro de sus límites. Cuesta pensar una vida sin dueños. Cuesta pensar lo común sin alguien que lo administre como propietario. Cuesta pensar la libertad sin posesión. No porque esas alternativas no existan, sino porque el marco mismo de lo pensable ha sido colonizado.

Artículo relacionado: ¿Por qué la propiedad de los medios de producción define tu realidad?

La realidad aparece entonces como un espacio cerrado, sin exterior, completo. No porque lo sea, sino porque la idea dominante ha ocupado el lugar desde el que se juzga lo real. El sueño se defiende solo. No hace falta vigilancia cuando la propia lógica del mundo empuja siempre en la misma dirección.

Por eso desactivar esta incepción no puede consistir en proponer otra idea “mejor”. No se trata de reemplazar una creencia por otra. Se trata de modificar las condiciones materiales que hacen necesaria esa idea. Cuando las relaciones cambian, la idea pierde su función. Cuando lo común deja de ser una excepción, la propiedad deja de parecer natural. Cuando la vida no depende de la exclusión, la idea que la justificaba se vuelve absurda.

Las ideas no caen porque se las refute, sino porque dejan de sostener un mundo. Como un sueño que, al cambiar su arquitectura, ya no puede mantenerse.

Proletkult.

Suscríbete a nuestra Newsletter mensual.