El problema de la propiedad: una cuestión moral, política y ontológica
Pocas palabras han sido tan secuestradas por el poder como propiedad. En su nombre se han construido imperios, se han cometido guerras y se han justificado desigualdades. Pero ni siquiera las tradiciones más conservadoras de la historia del pensamiento cristiano llegaron jamás a aceptar que la propiedad fuese un derecho absoluto, intocable, divino. Al contrario: tanto la Iglesia, en su doctrina social, como Marx, en su crítica radical del capitalismo, coincidieron en un punto esencial —la propiedad no es un fin en sí misma, sino un medio al servicio de la comunidad humana.
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La Doctrina Social de la Iglesia: del paternalismo al reconocimiento del bien común
La Doctrina Social de la Iglesia nace oficialmente en 1891 con la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Es la respuesta del catolicismo a la cuestión obrera y a los estragos del capitalismo industrial.
León XIII reconoce el derecho a la propiedad privada, pero introduce una advertencia decisiva: el uso de los bienes debe estar subordinado a la ley moral y al bien común. Es decir, que el propietario no es un dueño absoluto, sino un administrador de un bien que pertenece, en última instancia, a la creación divina.
El pensamiento social cristiano evolucionará durante el siglo XX en esa dirección. En Quadragesimo Anno (1931), Pío XI hablará abiertamente de la “función social” de la propiedad; y en el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes, 1965), se afirmará que “la propiedad lleva consigo por su misma naturaleza una función social”.
Juan Pablo II, en Laborem Exercens, insistirá en que la propiedad privada se justifica solo si sirve al trabajo y al bien común, mientras que Francisco, en Laudato Si’, dará el paso decisivo al declarar que “el principio del destino común de los bienes de la tierra es el primero de todo el orden ético-social”.
Lo que la Iglesia viene a decir, si se lee sin hipocresía, es claro: la propiedad privada no puede existir contra la comunidad, ni puede oponerse al destino universal de los bienes.
Sin embargo, en la práctica, gran parte de los gobiernos, partidos y movimientos que se autoproclaman “cristianos” se han dedicado justamente a lo contrario: a blindar el derecho absoluto de propiedad privada, a proteger la acumulación y a convertir la pobreza en culpa individual.
El resultado es un cristianismo sin Cristo, una doctrina social sin sociedad, una moral de mercado disfrazada de fe.
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Marx y la superación de la propiedad como relación social
Mientras tanto, Karl Marx, desde un punto de partida radicalmente distinto, llegaba a una conclusión que converge sorprendentemente con la raíz ética de la doctrina cristiana: la propiedad privada no pertenece al orden natural ni moral, sino al orden histórico de la dominación.
En el tomo III de El Capital escribe:
“Ni siquiera una sociedad entera, una nación, o todas las sociedades que existen simultáneamente en conjunto, son dueñas de la tierra. Son simplemente sus poseedores, sus beneficiarios, y deben legarla en un estado mejorado a las generaciones venideras como buenos padres de familia.”
Aquí no hay apelación teológica alguna: hay una comprensión materialista del mundo. La tierra —y por extensión, todos los medios de producción— no es propiedad de nadie porque nadie puede apropiarse del metabolismo entre humanidad y naturaleza sin destruirse a sí mismo.
La propiedad privada, para Marx, no es un derecho, sino una forma de alienación, el momento en que el trabajo humano se vuelve ajeno al propio trabajador y se le enfrenta como poder hostil.
Por eso su crítica no se limita a moralizar la propiedad (como hace la Iglesia), sino a abolirla como relación social de dominación, reemplazándola por una forma superior de organización: la propiedad social y colectiva, administrada conscientemente por la humanidad como sujeto común.
Puntos de convergencia: el límite a la apropiación
Si bien sus fundamentos son irreconciliables —la Iglesia parte de Dios, Marx parte de la materia—, ambos comparten una intuición esencial: la propiedad no puede ser absoluta.
Tanto uno como otro denuncian el fetichismo del tener, la idolatría del dinero, la conversión de la vida en mercancía.
Para la Iglesia, esa idolatría es un pecado.
Para Marx, es la raíz estructural de la alienación.
Ambos coinciden en que la propiedad, separada de su función social, se convierte en el eje del mal moderno.
La “función social”: un concepto traicionado
Cuando la Iglesia afirma que la propiedad tiene una función social, ¿qué significa realmente?. Aquí se encuentra la clave.
No se trata de que el propietario dé limosna, ni de que una parte de su riqueza “contribuya” a la sociedad. Significa —y esto es lo que se omite deliberadamente en el discurso burgués cristiano— que el uso de la propiedad debe beneficiar de manera directa y estructural al conjunto de la sociedad.
“Función social” no es caridad: es justicia.
“Función social” no es filantropía: es redistribución.
“Función social” no es dar migajas: es organizar los bienes de tal modo que su posesión y usufructo sirvan a todos.
Si la tierra o la vivienda se utilizan para especular, si se marcan los precios pensando solo en el beneficio propio, si la riqueza se guarda en paraísos fiscales mientras millones carecen de lo necesario, esa propiedad viola el principio moral de la Iglesia tanto como el principio científico de Marx.
Quien defiende ese modelo no es cristiano, aunque recite el Credo.
Quien calla ante esa injusticia, rompe con su propia doctrina.
Comunión o Comunismo
En el fondo, la diferencia entre la Doctrina Social de la Iglesia y el marxismo no radica tanto en la finalidad como en el método.
Ambos reconocen que la humanidad está llamada a una forma de comunión universal.
La Iglesia la imagina como una reconciliación espiritual bajo Dios.
Marx la concibe como una organización consciente de la sociedad bajo la razón histórica.
Pero el punto de contacto es profundo: la vida humana no puede organizarse sobre el principio de la apropiación privada del mundo.
La verdadera función social de la propiedad es su superación en favor de la comunidad viva que la hace posible.
En ese sentido, la frase de Marx que leíamos más arriba podría firmarla cualquier cristiano coherente con su fe, y la advertencia de León XIII podría estar en un manifiesto socialista:
“Los bienes de la tierra son para todos.”
La diferencia es que Marx quiso hacerlo real.
Y la Iglesia, en su largo pacto con el poder, prefirió dejarlo en el cielo.
