Cuando se me acusa de idealista mientras sostengo una posición materialista, no estamos ante una discrepancia teórica ni ante un malentendido conceptual. Estamos ante una inversión ideológica naturalizada: llamar idealista a quien señala los límites materiales de la realidad, para proteger a quien cree que esos límites no existen.
Por eso conviene empezar por el principio.
No por la acusación, sino por el concepto.
0. ¿Qué es el idealismo?
Idealismo no es tener ideales.
Idealismo no es aspirar a un mundo distinto.
Idealismo no es pensar en el futuro.
Idealismo, en sentido riguroso, es atribuir a las ideas, a la conciencia o a la voluntad una capacidad autónoma para transformar la realidad material. Idealismo es creer que la estructura del mundo puede modificarse sin modificar las relaciones materiales que la producen.
El idealismo parte siempre del mismo supuesto, aunque adopte formas distintas: que la materia se adapta a la idea, y no al revés. Que basta con pensar, desear o declarar algo para que la realidad termine acomodándose.
El materialismo no niega las ideas. Las sitúa. Afirma que las ideas emergen de condiciones materiales concretas, operan dentro de ellas y están limitadas por su estructura. Pueden acompañar un cambio, orientarlo o justificarlo, pero no sustituirlo.
Dicho de forma simple:
si crees que la realidad puede cambiar sin cambiar su base material, eres idealista.
Aunque te llames realista.
Con esta definición clara, podemos continuar.
1. Yo no soy un idealista porque no creo que las ideas manden
No soy idealista porque no creo que la realidad social se transforme por el simple cambio de ideas, discursos o voluntades. No creo que la conciencia pueda emanciparse mientras las condiciones materiales que la producen sigan intactas. No creo que el mundo cambie porque lo deseemos con suficiente intensidad.
No niego las ideas. Las sitúo.
Las ideas existen, operan, influyen. Pero emergen de una base material concreta, se desarrollan en ella y no pueden ir más lejos que las relaciones que las sostienen. Pensar lo contrario —creer que basta con cambiar el relato para cambiar la realidad— es idealismo en su sentido más estricto.
Yo no soy idealista porque no le pido milagros a la conciencia.
2. Tú sí eres idealista porque crees que lo material no hace falta tocarlo
Eres idealista cuando afirmas, explícita o implícitamente, que la sociedad puede ser más justa sin cuestionar la propiedad que la organiza.
Cuando crees que puede haber igualdad sin alterar la forma en que se produce y se distribuye la riqueza.
Cuando hablas de libertad sin preguntarte quién controla las condiciones materiales de existencia.
Eres idealista cuando aceptas la base material como un dato inamovible y confías en que todo lo demás —valores, comportamientos, cultura— se ajuste mágicamente.
Eso no es realismo.
Eso es pensamiento idealista aplicado a un sistema que se presenta como natural.
3. El truco del realismo capitalista: llamar idealismo a lo que lo amenaza
El capitalismo no se limita a organizar la economía. Organiza el campo de lo pensable. Define qué es “realista” y qué no. Y lo hace de una forma muy concreta: todo lo que apunta a su base material es tachado de idealista.
No porque lo sea, sino porque resulta peligroso.
Así, la palabra “idealismo” deja de ser una categoría filosófica y pasa a cumplir una función política: deslegitimar sin discutir. No se entra en el contenido de la propuesta. Se la invalida de antemano. Se la expulsa del terreno de lo posible.
No es un error conceptual. Es un mecanismo de defensa del sistema.
4. Yo hablo de límites reales; tú llamas a eso utopía
El materialismo no promete lo imposible. Hace algo mucho más incómodo: marca límites reales. Afirma que sin transformación estructural no hay transformación efectiva. Que no se puede redistribuir lo que no se controla. Que no se puede planificar lo que está privatizado. Que no se puede liberar a quienes dependen materialmente de un sistema que no controlan.
Cuando señalo esos límites, tú respondes con una acusación: “idealismo”.
Pero observa bien la escena:
yo hablo de condiciones materiales,
tú respondes con una etiqueta.
Ahí está la diferencia.
5. Tú no defiendes el capitalismo: lo reproduces
No hace falta comprender el capitalismo para sostenerlo. Basta con asumir sus límites como naturales. Basta con señalar como “irreales” todas las ideas que lo cuestionan en su raíz.
Quien acusa de idealismo suele creer que habla desde el sentido común, desde la experiencia, desde “cómo funciona el mundo”. En realidad, actúa como ejecutor ideológico: marca la frontera de lo decible en nombre de lo posible.
No es una cuestión moral. Es una función social.
El sistema no necesita convicción; necesita reproducción.
6. Inversión final: quién cree en qué
Yo no soy un idealista porque no creo que el mundo vaya a cambiar solo.
Yo no soy un idealista porque no creo que la justicia emerja de la buena voluntad.
Yo no soy un idealista porque no creo que la libertad sea compatible con la dependencia material.
Tú sí eres idealista cuando crees que un sistema basado en la acumulación privada puede generar bienestar colectivo sin transformarse.
Cuando crees que basta con gestionar mejor lo que es estructuralmente injusto. Cuando llamas “realismo” a la renuncia.
