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Vestuario y conciencia de clase: estética, percepción y experiencia vital

Tesis central

La conciencia de clase no depende únicamente de la posición en las relaciones de producción; también se construye —o se erosiona— a través de cómo se percibe, se vive y se experimenta corporalmente la posición social en la vida cotidiana. La ropa, más allá de su función práctica, actúa como mediadora de percepción social, cohesión y delimitación de posición dentro de la experiencia vital.

Tradicionalmente, el vestuario laboral —mono azul, bata blanca, casco de fábrica— delimitaba un espacio concreto de pertenencia de clase. La uniformidad generaba igualdad visual, identificación mutua y conciencia colectiva, inscribiendo la posición de cada individuo de manera tangible y cotidiana. La ropa no solo protegía el cuerpo: hacía visible la estructura social.

Hoy, la mayoría de los trabajadores ya no necesita cambiar de vestimenta para entrar al trabajo. La camiseta, la camisa, los pantalones o la falda que se usan en la oficina son similares a los que se llevan fuera. La ropa laboral se ha disuelto en la experiencia vital general, desplazando la percepción de relevancia del trabajo respecto a la vida propia y fragmentando la identificación entre iguales, incluso bajo la ilusión de una libre elección estética.

1. La desaparición del uniforme y el mito de la libertad estética

El uniforme clásico no era solo una prenda: era un dispositivo de visibilidad de clase. Delimitaba un espacio de trabajo donde la identidad colectiva resultaba tangible e inmediata. Su desaparición no equivale a libertad real; introduce, por el contrario, una fragmentación perceptiva que dificulta el reconocimiento mutuo.

La “libertad” de elección del vestuario cotidiano está limitada por patrones tácitos según la posición laboral, el sector o la empresa. El trabajador cree que define su imagen, pero en realidad sigue codificando —ahora sin la transparencia del uniforme— su lugar en la jerarquía social. La percepción de autonomía se sostiene sobre una uniformidad implícita que cada posición impone: la camisa de oficina, el business casual, la estética creativa de las startups. La apariencia se convierte así en un instrumento de diferenciación individual que enmascara la permanencia de la estructura.

2. Uniforme industrial y experiencia colectiva

En los entornos industriales clásicos, el uniforme cumplía simultáneamente funciones disciplinarias y cohesionadoras. El mono azul, la bata blanca o el casco no eran meras prendas: eran marcas visibles de una posición social compartida. La homogeneidad visual facilitaba la identificación inmediata entre iguales y reforzaba la conciencia colectiva.

Como señalaba Pierre Bourdieu, el habitus se interioriza a través de prácticas sensibles, y la vestimenta es uno de sus vehículos fundamentales. La uniformidad material hacía tangible la experiencia de clase, permitiendo que la percepción sensible coincidiera —sin mediaciones opacas— con la posición objetiva. El cuerpo del trabajador, vestido igual que otros cuerpos, devenía cuerpo de clase.

3. La ilusión de libertad estética: individualización y fragmentación

Hoy, la ropa de trabajo ya no marca fronteras claras entre la jornada laboral y la vida personal. La camiseta o la camisa que se lleva en la oficina es la misma que se usaría en el tiempo libre, borrando la separación que antes enfatizaba la especificidad del trabajo como espacio de cohesión de clase.

Esta disolución se ve intensificada por un fenómeno adicional: las marcas de ropa masiva han democratizado la apariencia de los códigos estéticos tradicionalmente asociados a las élites. Lo que antes era señal inequívoca de posición social —determinados tejidos, cortes o estilos— circula ahora como mercancía accesible, generando desconcierto en la relación entre estética y jerarquía. La trabajadora o el trabajador pueden vestir prendas formalmente similares a las de sus jefes, pero esta semejanza superficial oculta la persistencia de la desigualdad material.

El resultado es una fragmentación perceptiva de la clase. Cada microelección estética —la marca, el color, el corte— se convierte en una inversión simbólica, un acto de distinción individual que sustituye a la experiencia de igualdad visual. Donde antes había uniformidad y reconocimiento inmediato, ahora hay una miríada de diferencias que privatizan la identidad y dificultan la identificación colectiva.

Esta fragmentación no es solo un fenómeno óptico: se vive subjetivamente como ansiedad. ¿Visto adecuadamente para mi puesto? ¿Mi ropa delata que no pertenezco del todo a este entorno? ¿Estoy cometiendo un error estético que revelará mi inseguridad? La libertad de elección se convierte en una carga permanente, en un juicio cotidiano sobre la propia adecuación al lugar que se ocupa. El cuerpo ya no descansa en la evidencia del uniforme; debe producir continuamente señales de que sabe estar donde está.

4. La asimetría de clase en la estética: cohesión de élite, fragmentación popular

Mientras las clases populares y medias se fragmentan en una proliferación de microdiferencias, las élites mantienen códigos estéticos claros, estables y compartidos. En España, por ejemplo, los náuticos, los zapatos castellanos, las chaquetas Barbour o los pantalones pesqueros (ejemplos simples y reconocibles) actúan como marcas de clase que garantizan visibilidad recíproca y cohesión interna.

La élite no necesita uniforme explícito: su vestimenta funciona como un uniforme implícito de clase, reconocible por quienes pertenecen a ella y opaco para quienes no disponen de las claves de lectura. Esta asimetría es políticamente decisiva: mientras los dominadores conservan la capacidad de identificarse mutuamente y de exhibir su posición con naturalidad, las clases subalternas experimentan la estética como un campo de incertidumbre, diferenciación y competencia horizontal.

La conciencia de clase se erosiona así por una doble vía: la pérdida de percepción sensible de la igualdad entre iguales, y la persistencia —ahora menos visible para el ojo no entrenado— de la cohesión estética de la clase dominante.

5. Hacia una reapropiación consciente de la dimensión sensible de clase

Reconocer la dimensión vital y perceptiva del vestuario permite comprender mejor las condiciones materiales de formación de la conciencia colectiva. La ropa no es solo un instrumento de disciplina o un signo de estatus: es una mediación material de la experiencia de clase, un vehículo a través del cual la posición social se hace cuerpo y se vuelve sensible.

La historia del movimiento obrero ofrece ejemplos de reapropiación consciente de esta dimensión. El mono azul no era solo una imposición patronal; fue también resignificado como emblema de dignidad y pertenencia en la lucha sindical. Más recientemente, los chalecos amarillos en Francia, los cascos en las protestas obreras o las camisetas con consignas políticas han mostrado que la vestimenta puede ser un terreno de disputa, no solo de dominación.

Fortalecer la conciencia de clase en la sociedad postindustrial exige integrar esta dimensión sensible en el análisis y en la práctica política. No se trata de restaurar nostalgia del uniforme, sino de construir conscientemente nuevas mediaciones estéticas que hagan tangible la igualdad de posición y la comunidad de intereses.

Esto implica:

  • Desnaturalizar la ilusión de libertad estética, mostrando su función como mecanismo de fragmentación.
  • Visibilizar la asimetría de clase en los códigos de vestimenta, desvelando la cohesión estética de las élites.
  • Fomentar prácticas colectivas que resignifiquen la apariencia como expresión de identidad de clase, no de distinción individual.
  • Reconocer que la batalla por la percepción sensible de la igualdad es también una batalla material por la conciencia.

La emancipación no será solo un cambio en las relaciones de producción; será también un cambio en la experiencia vivida de la posición social. En esa transformación, la ropa —esa materia tan próxima al cuerpo— tiene un papel que aún estamos a tiempo de disputar.

Proletkult.

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