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¿Quién piensa en la especie?

Vivimos encerrados en el estrecho marco de la vida individual, como si la realidad se agotara entre el nacimiento y la muerte de un cuerpo. Esta ilusión —profundamente arraigada— nos condena a pensar en términos de coyuntura, de interés inmediato, de supervivencia fragmentaria. No se trata aquí de describir cómo funciona hoy la humanidad, sino de interrogar la forma que debería asumir si se pensara a sí misma como especie. Porque la humanidad no es una mera agregación de individuos sucesivos: es un proceso vivo, una unidad en devenir, un sujeto histórico que se construye a sí mismo a través del tiempo.

La especie humana es más que biología: es conciencia que emerge, razón que se reconoce y conciencia reflexiva que emerge del propio proceso histórico transformándose en el proceso. Cada vida individual es un momento necesario de ese proceso, pero no su fin. Somos puntos de condensación de un cuerpo mayor que aprende, se orienta y se vuelve capaz de pensarse. Ignorar esto no es solo un error intelectual: es renunciar a la responsabilidad que acompaña a toda conciencia que se reconoce como histórica.

Pensar en la especie significa asumir que la historia no es una simple sucesión de hechos, sino un proceso dotado de orientación. No porque exista un fin impuesto desde fuera, sino porque la humanidad, al volverse consciente de sí misma, se convierte en responsable del sentido de su propio devenir. La razón no debería reducirse a un instrumento de dominio, sino entenderse como el medio por el cual la realidad se vuelve reflexiva en la especie.

Políticamente, esto exige abandonar la lógica de la inmediatez y del interés aislado. Una organización social que solo responde al presente queda atrapada en la reproducción de sus propias limitaciones. La emancipación no puede reducirse a la satisfacción momentánea ni al reparto de bienes en el corto plazo: debe orientarse a expandir las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible el desarrollo de una conciencia colectiva de especie. Gobernar, en este marco, no describe la política existente, sino que establece un criterio: orientar el proceso humano en su conjunto.

La política deja entonces de ser mera gestión del conflicto y se convierte en una tarea ontológica: crear formas de vida capaces de sostener la reflexión de la especie sobre sí misma. No se trata de imponer un fin externo, sino de hacer consciente el movimiento interno que ya atraviesa la historia humana.

Filosóficamente, asumir a la especie como sujeto implica relativizar el ego sin negarlo. La vida individual no pierde valor; lo adquiere precisamente porque participa de un proceso mayor. Cada existencia es un punto donde el pasado se recuerda y el futuro se prepara. La ética deja de limitarse al individuo o a la comunidad inmediata y se extiende a la continuidad de la razón, a la responsabilidad por el sentido del proceso humano en el tiempo.

Ecológicamente, esta conciencia alcanza su límite material. La humanidad no flota sobre la naturaleza: emerge de ella. Dañar el ecosistema no es solo comprometer la supervivencia física, sino erosionar las condiciones mismas que hacen posible una especie capaz de pensarse. Un planeta devastado no puede sostener una conciencia histórica. La ruptura con la naturaleza es, en último término, una ruptura con la posibilidad de la especie de reconocerse como proceso.

Por eso, la pregunta decisiva no es solo quién piensa hoy en la especie, sino si la especie será capaz de pensarse a sí misma a tiempo. Si logrará reconocerse como un todo en devenir, responsable de su pasado y de su futuro. Porque no hay instancia externa que piense por nosotros: hasta donde sabemos, la conciencia de la realidad en este punto de la historia de la materia somos nosotros.

Pensar en la especie es aceptar esta función: ser el lugar donde la materia se vuelve reflexiva respecto de su historia y responsable de su porvenir. Todo lo demás —técnica, política, cultura— solo tiene sentido en la medida en que contribuya a esta tarea. Lo que está en juego no es únicamente la supervivencia, sino si la conciencia que ha emergido en nosotros será capaz de reconocerse y sostenerse, o si se extinguirá por incapacidad de asumirse como tal.

Proletkult.

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