Vivimos en un mundo donde parece que mejorar nuestras vidas pasa, simplemente, por “cobrar más”. Las luchas laborales —justas, necesarias y, muchas veces, heroicas— suelen tener como principal consigna el aumento del salario. Sin embargo, hay una trampa estructural que pocas veces se nombra con claridad: lo que te da el salario, te lo quita el precio.
¿Qué significa esto?
Significa que, en un sistema capitalista, donde las relaciones económicas están mediadas por la propiedad privada de los medios de producción, el beneficio y la competencia, el salario nunca es realmente tuyo. Lo que percibes como una mejora momentánea en tu nómina, termina siempre regresando a los bolsillos de quienes dominan el mercado. ¿Cómo? A través del aumento en el precio de los alimentos, de la vivienda, de la energía, del transporte… Es decir, a través del aumento del coste de la vida.
Cuando, como clase, conseguimos arrancar aumentos salariales, el capital no se queda de brazos cruzados: ajusta precios, recorta servicios, reduce plantillas, especula y/o traslada costes al consumidor (esto último lo utilizan incluso como forma de chantaje a la hora de negociar).
Como clase, jugamos un partido que está amañado, cada avance que realizamos se ve inmediatamente borrado del mapa debido al abuso de poder que permite la posición de poder que hemos concedido a los propietarios de los medios de producción, tanto en el marco económico como en el político.

La trampa del consumo
Nos han enseñado a pensar que más salario es más libertad. Pero lo cierto es que el salario es sólo el precio que paga el capital por nuestra vida, y que, mientras todo lo necesario para vivir siga privatizado y regido por la lógica del mercado, cualquier aumento salarial puede ser contrarrestado por un simple encarecimiento de los bienes esenciales. Por eso, cada vez que el coste de la vida sube más que los sueldos, nuestro poder real de vivir disminuye.
¿Qué alternativa hay?
La clave está en no reducir la lucha por la mejora de condiciones materiales a una simple lucha por más salario. Lo que hace falta no es solo más dinero en el bolsillo, sino menos dependencia del mercado para vivir. Eso implica disputar el control de los recursos estratégicos: la vivienda, la energía, el transporte, la salud, la educación y, de una vez por todas, la alimentación… Y hacerlo colectivamente. No para negociar precios más justos, sino para sacarlos del mercado directamente.
Una lucha más amplia
La emancipación de la clase trabajadora no vendrá de ganar más dinero en un mundo caro, sino de construir un mundo en el que lo necesario no sea una mercancía. Un mundo donde lo común no esté subordinado al interés privado. Por eso, el sindicalismo no puede limitarse a negociar salarios; debe ser herramienta de transformación estructural. Y la conciencia de clase no puede detenerse en la nómina, sino mirar más allá: al modo de producción, al reparto del poder y al sentido de la vida colectiva.
“Lo que te da el salario, te lo quita el precio”, es una llamada de atención. Nos recuerda que, mientras vivamos bajo el dominio del capital, lo que parece ganancia es solo una migaja en un juego que no controlamos. Y que sólo la organización política y económica de la clase trabajadora podrá romper esta lógica perversa y construir un futuro en el que la vida valga más que la mercancía.
