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La intolerancia no se cura leyendo

La intolerancia no se cura leyendo, se cura creando las condiciones materiales necesarias para que todos los individuos de la sociedad puedan desarrollarse con seguridad y perspectivas óptimas de futuro. Se cura creando una sociedad donde la pirámide de Maslow se cumpla, a rajatabla, para todos en igualdad de condiciones.

Durante años, especialmente desde sectores progresistas, se ha defendido que la ignorancia —y con ella, la intolerancia— se combate con educación, con lectura, con cultura. Esta afirmación, aunque bien intencionada, olvida algo fundamental: no hay educación transformadora sin condiciones materiales que la hagan posible.

No es que leer no sirva. Leer puede expandir horizontes, desarrollar empatía o permitir conexiones inesperadas. Pero el conocimiento sin cuerpo, sin alimento, sin descanso, sin vivienda o sin comunidad, es un privilegio de clase. Es, a menudo, una fantasía ilustrada sostenida por quienes ya tienen cubiertas sus necesidades más básicas. Y por eso, termina siendo ineficaz como herramienta para erradicar el odio.

La intolerancia, en su forma más cruda, no nace del pensamiento sino del miedo. Del miedo a perder lo poco que se tiene, o a no tener nunca nada. El que odia, muchas veces, lo hace desde una posición de precariedad, no solo económica, sino emocional, relacional o simbólica. El otro —el diferente— se convierte así en chivo expiatorio, en objeto de culpa, en blanco de un dolor que no se sabe nombrar y mucho menos procesar colectivamente.

No todo odio es igual

Es fundamental distinguir entre dos formas de intolerancia:

  1. La intolerancia oportunista, que nace desde arriba. Esa que promueven los medios de masas, ciertos líderes políticos o élites económicas que se aprovechan de la inseguridad de las mayorías para señalar al inmigrante, al pobre, al distinto, como culpable de un malestar que ellos mismos han provocado. Este odio no es ingenuo, es instrumental, sirve para proteger privilegios y, en las democracias burguesas occidentales, se inculca desde todos los medios que la clase dominante tiene a su alcance.
  2. La intolerancia que se reproduce en personas atravesadas por múltiples formas de necesidad contra quienes comparten su misma falta de posibilidades. Aquí, el odio es explicable desde la estructura: se odia porque el sistema ha hecho imposible distinguir al enemigo real.

Lo material es primero

La tolerancia no puede imponerse ni moralizarse, debemos reconocer que es una actitud que emerge cuando se vive con seguridad. Si las personas tuvieran garantizado techo, alimento, salud, educación, afecto y un horizonte vital sin miedo, sería más fácil abrirse al otro sin sentir que se cede algo propio en el proceso.

Debemos tener tolerancia cero con la intolerancia para evitar que se propague. Por ello, no se trata, en ningún caso, de justificar el racismo, la xenofobia o la misoginia, sino de comprender sus raíces para combatirlas de forma efectiva. No basta con pedirle al oprimido que no oprima a otro oprimido; hay que desmontar la maquinaria que los pone a competir entre sí.

Un futuro sin odio solo es posible si es un futuro para todos

Si queremos una sociedad verdaderamente libre y plural, debemos garantizar las condiciones materiales que permitan a cada sujeto desarrollarse sin miedo y sin carencias. Esa es la única base sólida para que lo cultural, lo educativo, lo simbólico —la lectura incluida— pueda hacer su trabajo.

La intolerancia se cura, sí. Pero no en las bibliotecas aisladas de la realidad, sino en los barrios donde se construye comunidad, en los sistemas públicos que garantizan bienestar, en la política que pone la vida por delante del capital.

«Socialismo o Barbarie», Rosa Luxemburgo.

Proletkult.

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