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La homogeneización capitalista frente a la potenciación de la diferencia en el socialismo

La acusación de que el socialismo produce uniformidad ignora un hecho observable: la mayor homogeneización funcional de la historia humana se ha producido bajo el desarrollo del capitalismo industrial y postindustrial.

Antes del capitalismo, las sociedades estaban estructuradas en torno a funciones relativamente diversas, aunque jerárquicas: artesanos, campesinos, constructores, tejedores, herreros. Estas funciones implicaban conocimientos integrales y un vínculo directo entre el individuo y su actividad. Con la consolidación del capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX, este modelo fue sustituido progresivamente por el trabajo abstracto: el trabajador ya no producía un objeto completo, sino que ejecutaba una función parcial, repetitiva y estandarizada dentro de un sistema productivo mayor.

Este proceso fue analizado por Karl Marx como una consecuencia directa de la lógica del capital: la maximización de la eficiencia mediante la fragmentación de las tareas. El resultado no fue la diversificación de las capacidades humanas, sino su reducción a unidades intercambiables. La cadena de montaje, perfeccionada en el siglo XX por empresas como Ford Motor Company, constituye uno de los ejemplos más claros: el trabajador deja de ser definido por su conocimiento integral y pasa a ser definido por su posición funcional en un sistema técnico que podría reemplazarlo sin alterar la estructura.

Este proceso no se limitó a la industria. En el capitalismo contemporáneo, la lógica de estandarización se ha extendido al sector servicios, a la educación y a la vida cotidiana. Los sistemas educativos forman individuos según las necesidades previsibles del mercado laboral; los entornos urbanos se diseñan según patrones repetibles; incluso la experiencia cultural se produce en formatos reproducibles y predecibles. La diversidad formal coexiste con una profunda convergencia material: la mayoría de los individuos comparten la misma dependencia estructural y un margen de autonomía limitado por su posición económica.

En contraste, los proyectos socialistas históricos, independientemente de sus limitaciones y contradicciones, se orientaron explícitamente hacia la expansión de las capacidades humanas generales. La alfabetización masiva llevada a cabo tras la Revolución de 1917 en la Unión Soviética transformó en pocas décadas una población mayoritariamente analfabeta en una población ampliamente alfabetizada. Este proceso no buscaba uniformar las capacidades, sino universalizar el acceso a ellas, eliminando el monopolio educativo que anteriormente estaba reservado a las clases dominantes.

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De forma similar, el acceso generalizado a la educación superior, la ciencia y la cultura en múltiples experiencias socialistas tuvo como efecto la incorporación de millones de personas a actividades que anteriormente les estaban estructuralmente vedadas. Lo que el capitalismo había restringido a una minoría se convirtió en una posibilidad general.

Estos procesos, aunque realizados en condiciones materiales extremadamente difíciles y con costes sociales que no deben ignorarse, mostraron una orientación estructural opuesta a la lógica capitalista: la universalización de capacidades antes monopolizadas.

La diferencia fundamental radica en la lógica estructural de cada sistema. El capitalismo necesita funcionalidad intercambiable: individuos suficientemente capaces para cumplir su función, pero no necesariamente capaces de desarrollar todas sus potencialidades. El socialismo, en su principio, se orienta hacia lo contrario: la eliminación de las limitaciones artificiales que reducen al individuo a una función económica.

¿A dónde podríamos llegar si enfocásemos de manera socialista la educación y la cultura con las posibilidades materiales actuales? ¿A dónde llegaríamos si el objetivo de la educación y la cultura no fuese que los individuos cumpliésemos una función económica, sino que desarrollásemos plenamente nuestras capacidades humanas?

Por ello, la historia muestra una paradoja aparente pero coherente: el sistema que proclama la libertad individual produce la mayor homogeneización funcional, mientras que el sistema acusado de igualitarismo busca crear las condiciones para la diferenciación humana real.

Proletkult.

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