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La falsa acusación de igualitarismo: de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad

Una de las críticas más recurrentes contra el socialismo consiste en afirmar que pretende “hacer a todo el mundo igual”, reduciendo la diversidad humana a una uniformidad gris. Sin embargo, esta acusación invierte completamente la realidad. El principio central formulado por Karl Marx en su obra Crítica del Programa de Gotha —«de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad»— no expresa una voluntad de igualación mecánica, sino exactamente lo contrario: el reconocimiento consciente de la diferencia material entre los individuos.

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Este principio parte de un hecho fundamental: los seres humanos no son idénticos. Tienen capacidades distintas, condiciones distintas, historias distintas, necesidades distintas e intereses distintos. El socialismo no niega esta diversidad; la toma como punto de partida. La igualdad socialista no consiste en dar a todos lo mismo, sino en crear las condiciones materiales para que cada individuo pueda desarrollarse plenamente según lo que es y según lo que necesita. Esto implica una distribución desigual en términos cuantitativos, pero profundamente igual en términos cualitativos, porque elimina el obstáculo estructural que impide el desarrollo de unos mientras privilegia a otros.

Por el contrario, es el capitalismo el que tiende hacia una forma de igualación real, pero en el sentido más empobrecido del término. La competencia generalizada obliga a los individuos a adaptarse a nichos funcionales cada vez más estrechos. La mayoría de las personas no desarrollan sus capacidades reales, sino aquellas que el mercado demanda. Esta presión produce una homogeneización funcional: millones de individuos intercambiables, definidos no por su potencial humano sino por su utilidad económica. La aparente diversidad de elecciones oculta una profunda uniformidad estructural: la necesidad universal de vender la propia fuerza de trabajo para sobrevivir.

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Así, mientras el capitalismo proclama la diferencia pero produce la uniformidad funcional, el socialismo proclama la igualdad pero produce la diferenciación real. Porque solo cuando la supervivencia deja de depender de la competencia, las capacidades humanas pueden desplegarse libremente. La igualdad socialista no es la igualdad de resultados idénticos, sino la igualdad de condiciones que permite resultados verdaderamente distintos.

El igualitarismo burdo —entendido como la nivelación mecánica— no es el objetivo del socialismo, sino una caricatura construida para defender el privilegio existente. El socialismo no busca que todos sean iguales, sino que nadie esté limitado artificialmente en lo que puede llegar a ser.

Proletkult.

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