La memoria y la historia son las dos caras de la misma moneda. Sin embargo, con el tiempo la historia propende a mostrar una opinión favorable de los acontecimientos, en tanto la memoria está condenada a preservar los peores aspectos.
— Lady Helena Atreides, diario personal.Dune. La Casa Atreides.
La observación de Lady Helena, en la obra de SCIFI Dune, La casa Atreides, nos sitúa ante una tensión constitutiva: la historia ordena, la memoria incomoda. Mientras la primera organiza los acontecimientos dentro de un relato con vocación de continuidad y legitimidad, la segunda retiene las huellas del dolor y la violencia. Allí donde la historia busca legitimación, la memoria insiste en el desgarro.

Esta diferencia no es casual ni natural: responde a una relación de poder. Como escribió Walter Benjamin, “no existe documento de cultura que no lo sea también de barbarie”. Es decir, toda narración histórica conlleva, en el reverso, el silencio de los vencidos. La historiografía oficial no solo oculta, sino que cumple una función precisa: como toda producción ideológica, traduce en el terreno de las ideas los intereses de la clase dominante. De ahí que las ideas dominantes en cada época no sean sino las ideas de la clase dominante: la historia selecciona hechos y héroes para presentar como naturales las condiciones sociales impuestas por la victoria. Así, la violencia de la conquista se convierte en epopeya nacional, la explotación en progreso, la represión en defensa del orden. La historia legitima, al tiempo que borra, mostrando la derrota de los oprimidos como necesaria, incluso justa.
De ahí la urgencia, recordada por Benjamin, de “cepillar la historia a contrapelo”: rescatar en el murmullo de la memoria aquello que la versión oficial ha querido borrar. O, como señaló Todorov, comprender que “el deber de memoria no es un deber hacia el pasado, sino hacia el presente y el futuro”. La memoria, cuando se convierte en conciencia, no solo preserva la herida: la transforma en resistencia, en posibilidad de emancipación.
Reyes Mate lo expresó con claridad al situar la justicia en el acto de dar la palabra a las víctimas. No se trata únicamente de añadir nombres a los manuales de historia, sino de reconocer que sin la voz de los derrotados la narración queda mutilada y el suelo democrático se vuelve inestable.
El caso español
Este conflicto atraviesa todas las sociedades, pero en España adquiere una forma particularmente aguda. Durante el franquismo, la historia oficial fue la de los vencedores: una épica de “Cruzada” que exaltaba la salvación de la patria, negaba la legalidad vigente y reducía a los vencidos a enemigos de la nación.
Tras la Transición, aunque se abrió el espacio democrático, el pacto de silencio privilegió la estabilidad institucional sobre la justicia: la historia volvió a mostrarse favorable, esta vez en forma de olvido consensuado.
La memoria, en cambio, persistió en lo íntimo y en lo local: en las familias que guardaban fotografías escondidas, en los pueblos que señalaban con rumor la ubicación de una fosa, en las generaciones que heredaron un relato clandestino de dolor y dignidad, así como la sensación irrenunciable de una legalidad histórica violada.
Hoy, las políticas de memoria —las exhumaciones, las asociaciones de familiares, las leyes de memoria democrática—, aún dejando fuera de foco el expolio económico a los republicanos que puso a muchas familias afines a la Dictadura en su posición de privilegio actual, expresan esa irrupción de lo silenciado. Representan la lucha por devolver la voz a quienes fueron borrados y, con ello, por democratizar verdaderamente el relato histórico.
La diferencia entre historia y memoria no es un debate académico, sino un campo de batalla político. La historia oficial es el discurso con que los vencedores legitiman su poder; la memoria, en cambio, resiste en nombre de los vencidos.
En el caso español, esa resistencia sigue siendo urgente: mientras haya desaparecidos en cunetas, mientras las víctimas no sean reconocidas, la historia continuará siendo la narración incompleta de una mitad contra la otra. La memoria recuerda, en cambio, que la justicia comienza cuando quienes no pudieron escribir la historia recuperan la palabra.
