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Contra la tendencia anti-partidos en la izquierda

Existe una idea que, sin haber demostrado jamás su eficacia histórica, se ha instalado en amplios sectores de la izquierda como si fuera una verdad evidente: la idea de que los partidos políticos son un problema en sí mismos. No que determinados partidos hayan fracasado, no que determinadas formas organizativas deban ser superadas o transformadas, sino que el propio principio de organización política en forma de partido sería una especie de desviación, un obstáculo o incluso una traición a la emancipación.

Esta idea se presenta como radical. Como superación. Como madurez política.

Pero hay una pregunta elemental que nunca se responde:

¿En qué ha mejorado la posición relativa de la clase trabajadora desde que esta idea se volvió dominante?

No en términos morales, ni estéticos, ni discursivos.

En términos materiales.

¿Ha aumentado su capacidad de imponer condiciones al capital?
¿Ha aumentado su seguridad material?
¿Ha aumentado su capacidad de determinar el rumbo de las sociedades en las que vive?

La respuesta es evidente: NO.

Desde la destrucción sistemática de los partidos de masas de la clase trabajadora en Occidente, desde su vaciamiento, su fragmentación o su abandono consciente, lo que hemos presenciado no ha sido una nueva forma superior de acción política, sino el periodo de mayor retroceso histórico del poder relativo del trabajo frente al capital desde el siglo XIX.

Los salarios han perdido peso relativo frente a los beneficios empresariales. La precariedad ha dejado de ser una anomalía para convertirse en estructura. La estabilidad vital ha sido sustituida por la incertidumbre permanente. La capacidad de negociación colectiva se ha debilitado hasta niveles que habrían sido impensables hace apenas cincuenta años.

Nada de esto ha ocurrido en paralelo al fortalecimiento de nuevas formas políticas superiores que hayan sustituido al partido.

Ha ocurrido en paralelo a su desaparición.

Esto no es una coincidencia. Es una relación causal.

Porque el partido no es una preferencia cultural. Es una tecnología política.

Es el instrumento histórico mediante el cual una clase que existe como multiplicidad dispersa adquiere capacidad de actuar como unidad coherente en el tiempo.

La burguesía no domina porque cada burgués individual sea poderoso. Domina porque existe como red organizada: empresas, bancos, aparatos mediáticos, estructuras jurídicas, Estados. Su poder es organizativo antes que individual.

La clase trabajadora, abandonada a su existencia puramente sociológica, existe como suma de individuos que comparten una condición material, pero carecen de capacidad estructural para actuar de forma unificada.

El partido es el mecanismo mediante el cual esa fragmentación se supera.

Destruir el partido no libera a la clase trabajadora.

La devuelve a su estado de dispersión original.

La devuelve a la impotencia.

La idea contemporánea de que la política real ocurre fuera de los partidos, de que la organización estructurada es sospechosa en sí misma, de que la horizontalidad permanente puede sustituir a la acumulación estratégica, no ha producido una nueva forma de poder.

Ha producido un vacío de poder.

Y ese vacío no permanece vacío.

Es ocupado por quien nunca ha dejado de estar organizado.

La historia no ha entrado en una fase post-organizativa.

Solo una de las partes ha dejado de organizarse.

Se ha instalado así una situación profundamente asimétrica: una clase dominante que conserva intactos todos sus instrumentos de coordinación estructural, frente a una clase dominada que ha interiorizado la desconfianza hacia los suyos propios.

Esto se justifica muchas veces mediante una confusión fundamental.

Se identifica el problema con el instrumento.

Se afirma que los partidos son el problema, cuando en realidad el problema es el marco estructural en el que los partidos han sido obligados a operar: el sistema representativo liberal, cuya función no es permitir la transformación estructural de la sociedad, sino contenerla, canalizarla y neutralizarla.

Pero que un instrumento haya sido limitado, deformado o integrado parcialmente en el sistema existente no implica que el instrumento sea prescindible.

Implica que debe ser transformado.

Porque renunciar al instrumento no elimina el poder del adversario.

Elimina la capacidad de enfrentarlo.

Esta es la gran paradoja del anti-partidismo contemporáneo: se presenta como radicalidad, pero produce desarme. Se presenta como emancipación, pero produce impotencia. Se presenta como superación, pero coincide exactamente con el periodo de mayor debilitamiento histórico de la clase trabajadora.

Y mientras tanto, la realidad material continúa demostrando algo que esta ideología intenta negar.

La organización política sigue siendo el principal instrumento de transformación histórica.

El ejemplo más evidente es el Partido Comunista de China.

Independientemente de las posiciones ideológicas que cada cual adopte respecto a su modelo concreto, hay un hecho objetivo imposible de negar: es una organización política. Es un partido. Y es, en términos materiales, la estructura política más poderosa del planeta.

Dirige el mayor proceso de transformación económica de la historia humana. Ha alterado el equilibrio global de poder. Ha demostrado una capacidad de planificación y ejecución histórica que ninguna estructura informal, ninguna red horizontal, ninguna agregación espontánea ha logrado jamás.

Esto no es una anomalía.

Es la confirmación de una ley histórica básica: no existe poder sostenido sin organización sostenida.

No existe transformación estructural sin instrumento político estructural.

Nunca ha existido.

La idea de que la clase trabajadora puede prescindir de partidos mientras la clase dominante conserva intactas todas sus formas de organización no es una forma superior de conciencia.

Es una forma de desarme ideológico.

Es la interiorización de la derrota como si fuera una elección.

Una cosa es comprender que los partidos deben ser transformados, democratizados, perfeccionados, adaptados a nuevas condiciones históricas.

Y otra muy distinta es aceptar la superstición de que pueden ser abandonados.

Porque la historia reciente ya ha producido el experimento.

Ya hemos visto el mundo sin partidos de masas de la clase trabajadora.

Y ese mundo no ha sido más libre.

Ha sido más desigual, más precario, más inestable y más favorable al capital que cualquier otro periodo en generaciones.

La cuestión, por tanto, no es si los partidos deben existir.

La cuestión es si la clase trabajadora pretende existir como sujeto histórico, o resignarse a existir únicamente como objeto de la historia producida por otros.

Porque entre ambas cosas no hay un punto intermedio.

Proletkult.

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