Los comunistas no estamos en contra del mercado como espacio de intercambio entre individuos. Lo que cuestionamos es el concepto liberal del «Mercado», con mayúscula, como entidad autosuficiente, neutral y benévola. Ese «Mercado» no es más que una construcción ideológica que esconde y justifica relaciones de poder profundamente desiguales.
Las premisas que sostienen esta visión mítica han sido refutadas una y otra vez por la realidad. Son dogmas que no describen el mundo, sino que lo deforman para justificar el privilegio de quienes lo dominan. Estas son las más evidentes:
- “El mercado se autorregula solo.”
Falso. La historia del capitalismo es una historia de crisis cíclicas. Cuando el mercado “se regula” lo hace destruyendo empleo, vidas y recursos. Y cuando las cosas van mal para el capital, el Estado acude al rescate: inyecciones públicas, rescates bancarios, deuda socializada. - “Todos participan en igualdad de condiciones.”
Radicalmente falso. No todos llegan al mercado con las mismas necesidades ni con los mismos medios. Mientras unos compran fuerza de trabajo, otros se ven obligados a vender su cuerpo y su tiempo para sobrevivir. Hablar de igualdad en ese contexto es tan absurdo como hablar de “libre elección” entre el hambre y la obediencia.
Pero la desigualdad va aún más allá: no sólo hay diferencias de entrada, sino que hay quienes poseen el poder de producir las propias necesidades sociales, de moldear los deseos colectivos según sus intereses, porque controlan los medios necesarios para convertir su visión del mundo en hegemónica.
Así, la participación en el mercado no es solo desigual por lo que cada quien tiene de entrada, sino también por lo que cada quien puede hacer que los demás deseen. La publicidad, los medios de comunicación, las redes, el diseño de productos o plataformas… no son espacios neutros, sino instrumentos de ingeniería de necesidades en manos de una minoría con poder. - “La riqueza la crea la inversión.”
No. La riqueza la crea el trabajo. Ningún empresario se enriquece sin trabajo ajeno (imagina un montón de dinero en una fábrica solo, sin nadie que lo transforme). La inversión, lo que hace, es permitir la reorganización del excedente generado colectivamente, en beneficio del capitalista gracias a su posición de poder previa.
La figura del inversor como “creador de riqueza” es otro mito para ocultar la explotación estructural sobre la que se sostiene el beneficio.
Por tanto, los comunistas no estamos en contra del intercambio, sino de las condiciones que lo hacen injusto. Defendemos un mercado en el que ningún individuo deba venderse a sí mismo para sobrevivir, es decir, donde todas las personas sean dueñas de sí mismas.
Un mercado donde la riqueza no sea apropiada privadamente, sino que se aproveche socialmente, orientada al bien común y no al beneficio de una minoría. No rechazamos el intercambio: rechazamos la explotación. No negamos la organización de la producción: queremos que se organice colectivamente, en función de las necesidades reales y no del lucro privado.
Es, por tanto, la sociedad civil autoorganizada —según la forma histórica que le sea necesaria en cada momento— la que debe identificar, decidir y planificar colectivamente la producción que cubra sus propias necesidades.

Un “mercado” socialista no es un mercado capitalista con rostro humano, sino una forma de organizar el intercambio desprovista de relaciones de explotación. Un sistema en el que los productores asociados deciden qué, cómo y para quién producir, según las necesidades sociales y ecológicas, no según la lógica del beneficio.
El comunismo, por tanto, no suprime la economía, la libera del capital.
…y todo esto sin hablar de que vivimos en un planeta finito y qué, por tanto, la única posibilidad que existe de que sea habitable para las generaciones futuras pasa por una planificación solidaria y eficiente de los recursos disponibles.
