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Censura, hegemonía y libertad de expresión

“Quizá lo más censurado hoy no es lo que está prohibido, sino lo que no puede ser pensado.”

Dos formas de censura: explícita y hegemónica (o en ausencia)

Cuando se habla de censura, suele imaginarse su forma más evidente: la prohibición directa, la persecución institucional, la violencia simbólica o literal contra quien dice lo que no se debe. Esa es la censura explícita, y aunque pueda parecer más agresiva, también tiene una cualidad paradójica: hace visible aquello que se intenta reprimir. En su intento de eliminar el discurso enemigo, lo confirma como tal. Y con ello, lo señala, lo delimita y, en cierto modo, lo vuelve pensable. La censura explícita permite la existencia de una figura del “otro”, del pensamiento que se prohíbe pero no se oculta, que puede ser reconocido incluso desde la clandestinidad. No por ello deja de ser opresiva, pero sí deja rastro.

Frente a esta forma clásica de censura, en las democracias liberales contemporáneas predomina una censura por hegemonía —una censura “en ausencia”, si se quiere— que no se basa en la represión frontal sino en la disolución del conflicto. Esta no prohíbe, sino que impide que algo llegue a ser dicho, pensado o articulado políticamente con eficacia. Ciertas ideas no son combatidas ni debatidas: simplemente no existen en el espacio público legitimado. O si aparecen, lo hacen descontextualizadas, ridiculizadas o deformadas hasta el punto de que pierden todo poder de transformación.

Esta forma de censura va más allá de impedir pensar: convierte al pensamiento en algo impotente. Porque incluso cuando alguien, desde los márgenes, logra intuir o formular aquello que no debía ser pensado, se encuentra con un cerco simbólico, político y material que impide que esa idea se convierta en realidad. ¿De qué sirve pensar en la emancipación si todo el aparato institucional, mediático y cultural está diseñado para impedir su realización, su propagación, su organización?

En ese sentido, la censura hegemónica no necesita encarcelar ni silenciar directamente: le basta con garantizar que lo que no le conviene no se vuelva posible.

La censura hegemónica (en ausencia) o la imposibilidad de pensar con consecuencias

A diferencia de la censura clásica, que prohíbe de forma explícita y deja siempre una huella visible de lo que teme —pues lo prohíbe con nombre y apellido—, la censura hegemónica del capitalismo tardío no necesita mostrar el filo de su cuchillo. Opera de forma mucho más sofisticada: no impide que algo se diga, sino que impide que algo llegue a pensarse. Y cuando alguien, a contracorriente, logra pensarlo, lo aísla, lo ahoga, lo neutraliza.

Estos filtros, invisibles pero extremadamente eficaces, no actúan desde un centro autoritario evidente, sino desde la lógica misma del sistema. Su eficacia no radica en la represión directa, sino en la construcción de un mundo en el que las alternativas no parecen posibles, o en el que lo que no se ajusta a la lógica del capital es percibido como extravagancia, locura o amenaza. En ese dispositivo generalizado de producción de sentido, el Estado liberal burgués no es un mero árbitro neutral, sino el garante último de esa arquitectura. No necesita reprimir lo que no puede ser pensado; solo necesita garantizar las condiciones para que pensar sea, en sí mismo, un gesto inofensivo.

Así, el capitalismo contemporáneo no solo impide pensar a aquellas personas que nunca llegan a tener acceso a determinada información o reflexión crítica. Incluso cuando alguien logra traspasar ese umbral y formular una idea verdaderamente disonante con la lógica dominante, se enfrenta a una nueva barrera: la imposibilidad práctica de transformar ese pensamiento en realidad. La represión ya no se da solo como prohibición, sino como sofocación: aplastamiento mediático, banalización por saturación, aislamiento institucional, ridiculización pública, censura informal entre pares o algoritmos que sepultan toda resonancia. ¿Qué valor tiene, entonces, una idea que no puede organizar la acción ni convertirse en real?

La censura hegemónica no necesita encarcelar a quien disiente; le basta con impedir que su disidencia afecte al orden de las cosas. No impide el pensamiento en su nacimiento, sino que lo esteriliza. Una idea puede incluso difundirse si no tiene posibilidad de volverse fuerza histórica. Y esa es la forma más perversa de censura: permitir que digas algo, siempre que no puedas hacer nada con ello.

Esta dinámica se reproduce en distintos niveles, que no funcionan de manera aislada, sino que se retroalimentan y refuerzan mutuamente.

En primer lugar, el mercado actúa como un filtro brutal de lo decible. Solo lo que puede convertirse en mercancía, en producto vendible, tiene posibilidades reales de ocupar espacio social. La cultura crítica, si no se adapta al ritmo de consumo, queda relegada al olvido. El algoritmo, en este contexto, se convierte en el editor principal de lo real: prioriza lo que entretiene, oculta lo que interpela. No censura desde la negación, sino desde la irrelevancia inducida.

Los medios de masas, por su parte, ya no informan: forman. No prohíben explícitamente, pero construyen una agenda donde las verdaderas preguntas desaparecen. Las alternativas sistémicas se presentan como utopías anacrónicas, y el centro ideológico que ellos construyen —esa ficción de objetividad y equilibrio— convierte toda propuesta radical en sospecha, todo discurso emancipador en amenaza.

El sistema educativo, en tanto institución reproductiva, enseña a obedecer sin mostrar que lo hace. En nombre de la neutralidad, se vacía la historia de sus conflictos, se niega la política como herramienta de transformación, y se reduce todo a una gestión técnica del presente. Así, lo que no se enseña no es solo lo que no se aprende, sino lo que se vuelve impensable.

Y, finalmente, la industria cultural —tan seductora como eficaz— convierte incluso la rebeldía en forma de mercancía. Se representa el conflicto, se estetiza la crítica, se visibiliza el dolor… pero nunca se permite ir a la raíz. Es la pedagogía emocional del capital: podemos llorar juntos por los excluidos, siempre que no toquemos las causas de la exclusión. La revuelta, convertida en videoclip, deja de ser amenaza para volverse consigna que decora mochilas.

Todo ello configura una forma de censura más poderosa que cualquier dictadura explícita: aquella que no necesita callarte porque ya ha conseguido que tu voz no resuene en ninguna parte.

Sin embargo, también se ejerce una censura explícita, especialmente cuando ciertos discursos cruzan límites considerados inasumibles. Casos como los de Valtonyc, Hasel o Las 6 de La Suiza lo ilustran claramente. Los delitos de injurias a la Corona o al Estado, las ofensas religiosas con las que la élite protege su posición de control sobre la cultura que define a la Sociedad o el delito de enaltecimiento del terrorismo (siendo el Estado quien define lo que es Terrorismo y lo que no) son leyes concretas de censura.

La ilusión de la libertad de expresión en el capitalismo

La narrativa liberal proclama la existencia de una libertad de expresión irrestricta, como si el mero derecho a hablar garantizara la capacidad de ser escuchado. Sin embargo, en las sociedades capitalistas, esa libertad es en gran medida una ilusión formal. Todo el mundo puede hablar, sí, pero solo tiene impacto aquello que logra hacerse oír. Y para eso no basta con tener ideas: se necesitan medios. Medios materiales —como plataformas, recursos, redes de difusión— y medios simbólicos —como legitimidad, reconocimiento, lenguaje codificado dentro de los márgenes aceptables por la hegemonía.

En este contexto, la libertad de expresión sin libertad de recepción es vacía. No basta con que una idea pueda ser formulada: si no puede circular, resonar, convertirse en posibilidad compartida, entonces no ha nacido para la historia. El capitalismo no necesita acallar todas las voces: le basta con que algunas no lleguen a ser significativas. La censura más eficaz no es la que impide hablar, sino la que impide que lo dicho importe. La que vuelve irrelevante lo que no encaja. La que transforma las voces disonantes en susurros perdidos en un ruido de fondo cuidadosamente diseñado para no ser molesto.

Incluso cuando una idea logra romper el cerco y asomar a la superficie del discurso social, se enfrenta a un doble blindaje: por un lado, el aplastamiento mediático que la descontextualiza, la ridiculiza o la absorbe como anomalía; por otro, la acción de las estructuras formales e informales que neutralizan cualquier intento de llevar esa idea a la práctica. De poco sirve pensar lo que no puede transformarse en fuerza material. Porque una idea que no se puede realizar queda atrapada en el limbo de lo ineficaz, de lo estético o lo anecdótico. Y ahí, aunque se la tolere, ya ha sido derrotada.

El peligro de las falsas alternativas: la derecha como válvula de escape del sistema

En los momentos de mayor tensión y crisis social, cuando las grietas del sistema se hacen visibles y la legitimidad tambalea, el poder no se paraliza. Al contrario: se reorganiza, se protege, y redirige el malestar hacia zonas seguras para su propia reproducción. Es en estos contextos donde los discursos de extrema derecha ganan visibilidad y tracción. No porque sean antisistema, sino precisamente porque lo preservan.

Lejos de representar una amenaza real para el orden establecido, estas narrativas funcionan como válvulas de escape controladas: capturan el descontento y lo redirigen hacia enemigos simbólicos que no cuestionan las bases materiales del poder. Migrantes, mujeres, personas racializadas, pobres, jóvenes politizados, “progresistas”, cualquiera puede ser construido como chivo expiatorio. Lo importante es que la rabia no se oriente hacia la estructura misma —la propiedad privada, la explotación, el colonialismo, la subordinación política y económica—, sino hacia figuras desplazadas del centro de decisión. La extrema derecha no busca derribar el edificio, solo cambiar de portero.

Mientras tanto, los discursos que sí señalan el conflicto de fondolos que hablan de clase, de poder popular, de planificación democrática, de reparto de la riqueza y del tiemposon sistemáticamente desactivados. No con represión directa, que también, sino sobre todo con un silenciamiento mucho más sofisticado: son ridiculizados, arrinconados, etiquetados como utópicos, autoritarios o simplemente “inviables”. En un ecosistema mediático moldeado por el capital, lo verdaderamente emancipador aparece como irreal, mientras lo reaccionario se presenta como sentido común.

Este mecanismo no solo perpetúa la dominación, sino que la recubre con la falsa apariencia de pluralidad ideológica. Así, el sistema se disfraza de campo de batalla entre dos extremos, cuando en realidad ha cerrado todas las salidas que no conducen de nuevo a sí mismo.

¿Qué hacer? La necesidad de disputar la hegemonía

Frente a un sistema que domina no solo por la fuerza, sino por la capacidad de definir lo que puede ser pensado, dicho y sentido, la tarea no es solo resistir, sino construir. No basta con denunciar los límites del lenguaje impuesto, ni con señalar las trampas del discurso dominante. Es necesario crear condiciones para que emerja otra voz: una voz colectiva, consciente de sí, que no se conforme con hablar en los márgenes, sino que dispute el centro mismo de la producción de sentido.

El primer gesto de esa lucha es nombrar lo innombrado. Hacer visible lo que el sistema ha naturalizado: las jerarquías, las violencias, las dependencias estructurales que se camuflan tras la neutralidad de lo técnico o lo inevitable. No basta con reaccionar ante lo espectacular —la crisis, el escándalo, la injusticia puntual—, hay que construir una mirada capaz de ver lo estructural. Una mirada entrenada para ver cómo el poder se disuelve en las formas, en los silencios, en los marcos.

Disputar la hegemonía implica mucho más que tener razón. Implica construir una fuerza social con capacidad de sostener y expandir una narrativa propia. Y eso solo puede hacerse con organización, con pedagogía política, con medios de comunicación autónomos, con lenguajes nuevos que no repitan la gramática del opresor. Hace falta una cultura de la confrontación política que no se limite a la queja ni a la ilustración individual, sino que actúe como sujeto colectivo: consciente, activo y dispuesto a transformar la realidad (cueste lo que cueste).

Cada intervención, cada texto, cada consigna, cada conversación, tiene que ser una grieta en el marco dominante. Un gesto que no solo diga algo distinto, sino que cuestione quién puede decir, desde dónde, y con qué legitimidad. Porque la verdadera batalla no es solo por el contenido del discurso, sino por la estructura misma de lo decible.

¿Puede haber libertad sin posibilidad acción?

En una sociedad donde todo puede decirse, pero casi nada puede escucharse fuera del guion autorizado, la libertad de expresión se convierte en una puesta en escena. La apariencia de pluralidad oculta una estructura profundamente jerárquica del decir. Los discursos emancipadores, los lenguajes insumisos, las verdades colectivas son relegadas al ruido, desactivadas por saturación o ridiculizadas por fuera del marco de lo razonable. Así, la censura se ejerce no mediante la prohibición explícita, sino mediante la fragmentación, la descontextualización y el vaciamiento simbólico.

Pensar libremente exige algo más que voluntad individual: requiere condiciones materiales, marcos culturales y vínculos colectivos que lo hagan posible. No se trata solo de poder hablar, sino de que lo dicho pueda ser escuchado, comprendido y realizado. Sin eso, la palabra se vuelve eco, y la libertad, simulacro.

Lo urgente no es solo defender el derecho a hablar, sino reconstruir las condiciones para que lo que decimos tenga sentido histórico. Que nuestras palabras no sean soliloquios desesperados, sino parte de un tejido común capaz de proyectar futuro. Que cada gesto comunicativo contribuya a una inteligencia colectiva que se piensa a sí misma, que se organiza, que disputa.

Solo así la libertad dejará de ser una promesa abstracta y comenzará a ser una práctica concreta, compartida, profundamente política.

Proletkult.

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