Decir que la historia la escriben los vencedores suele funcionar como una verdad asumida, casi trivial. Todo el mundo parece estar de acuerdo. Sin embargo, esta afirmación se queda con demasiada frecuencia en la superficie. La aceptamos, pero no la llevamos hasta sus últimas consecuencias. La convertimos en una observación neutral sobre el pasado, en lugar de reconocerla como una ley activa del presente.
Cuando decimos que la historia la escriben los vencedores, solemos pensar en guerras antiguas, en imperios caídos, en episodios ya cerrados. Pensamos en un pasado que fue manipulado, tergiversado o reescrito. Pero rara vez pensamos que ese mismo mecanismo opera aquí y ahora, de forma constante, estructural y sistemática. Naturalizamos que la historia haya sido escrita por los vencedores, pero no problematizamos que siga siéndolo en cada instante.

Los vencedores no son únicamente quienes ganan guerras militares. Son, sobre todo, quienes vencen en la organización material de la sociedad. Quienes se imponen en el terreno económico, político y cultural. En el sistema actual, los vencedores son los capitalistas, que no solo triunfan mediante la violencia directa —cuando esta es necesaria—, sino, principalmente, mediante una guerra cultural prolongada que logra presentar la explotación como algo natural, inevitable o incluso deseable.
Esta victoria cultural permite después intervenir en las estructuras del Estado, condicionar la legislación, moldear las instituciones y definir los marcos de lo posible. Así, la dominación deja de percibirse como dominación y pasa a entenderse como normalidad. Lo que es históricamente contingente se transforma en destino.
Un ejemplo claro es la llamada liberalización de los medios de comunicación. Bajo la apariencia de pluralidad, libertad y acceso universal, se oculta un proceso radicalmente contrario: la concentración extrema del poder simbólico. Formalmente, cualquiera podría crear un medio. Materialmente, solo unos pocos pueden sostenerlo, hacerlo masivo, imponerlo como referencia y convertirlo en generador de sentido común.
Y aquí aparece una cuestión central: ¿qué es la actualidad? La actualidad no es simplemente el conjunto de hechos que suceden, sino la narración organizada de esos hechos. Es la historia contándose a sí misma en tiempo real. Es la producción constante del presente como relato, como marco de interpretación, como horizonte de sentido. Controlar la actualidad es controlar el modo en que comprendemos el pasado, interpretamos el presente y proyectamos el futuro.
Por tanto, no todos tenemos acceso a la producción de la actualidad. Solo aquellos que ya han vencido en la lucha económica y cultural pueden definir qué es relevante, qué es marginal, qué es pensable y qué es impensable. De este modo, la historia sigue siendo escrita por los vencedores, no solo cuando miramos atrás, sino en cada segundo que transcurre.
Esto tiene una consecuencia política decisiva: quien controla el relato controla los márgenes de posibilidad. Define qué futuro parece viable, qué alternativas se presentan como realistas y cuáles se descartan como utópicas, peligrosas o absurdas. Así, la dominación no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre la imaginación histórica.
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Por eso, es fundamental que tomemos conciencia de este mecanismo. No basta con saber que la historia la escriben los vencedores. Es necesario analizar permanentemente quién narra lo que sucede, desde qué intereses, con qué objetivos y para producir qué tipo de sujeto social. Porque detrás de cada relato hay una estrategia, y detrás de cada estrategia, una estructura material que busca perpetuarse.
Entender esto no es un ejercicio académico, sino un acto de emancipación. Significa recuperar la capacidad de pensar históricamente, de disputar el sentido del presente y de abrir futuros que hoy nos son presentados como imposibles. Porque la historia no está cerrada. Está siendo escrita. Y lo que está en juego es quién la escribe, para quién y contra quién.
