No es solo que las condiciones materiales impidan hoy llevar a cabo proyectos de vida adultos. Es que, paralelamente, el propio sistema ha ido desplazando los límites de lo que se considera ser joven. Administrativamente, políticamente y culturalmente, la juventud se extiende cada vez más hacia edades que históricamente ya eran plenamente adultas. No es un desajuste semántico: es una operación estructural.
Cada vez más personas de treinta, treinta y cinco o incluso cuarenta años son clasificadas como jóvenes en políticas públicas, estadísticas, programas de empleo, vivienda o participación. Esta ampliación no responde a una nueva comprensión antropológica de la vida, sino a la necesidad de no nombrar como fracaso social lo que en realidad lo es: la imposibilidad material de que amplias capas de población adulta consoliden su existencia.

En lugar de reconocer el colapso del acceso a la vivienda, la precarización permanente del trabajo o la imposibilidad de planificar el futuro, se redefine la etapa vital. Allí donde antes había adultos sin derechos materiales suficientes, ahora hay “jóvenes en proceso”. El problema desaparece del diagnóstico político y se transforma en una cuestión de tiempo, adaptación o expectativas.
Pero esta ampliación administrativa va acompañada de una mutación cultural más profunda. La juventud deja de ser entendida como una fase de tránsito hacia la autonomía para convertirse en una identidad prolongada. Ser joven ya no significa estar construyendo un proyecto de vida, sino habitar indefinidamente la provisionalidad. La inestabilidad se normaliza; la dependencia se estetiza; la ausencia de horizonte se resignifica como flexibilidad.
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Esta nueva visión de la juventud no solo describe una realidad: la produce. Si se espera de las personas que sigan siendo jóvenes durante décadas, entonces no se espera de la sociedad que garantice condiciones de adultez. El lenguaje administra la renuncia. La cultura legitima la precariedad.
Así, la juventud se convierte en un escudo político del capitalismo. Un amortiguador simbólico que protege al sistema de tener que rendir cuentas por su incapacidad para reproducir la vida en condiciones dignas. Mientras alguien siga siendo llamado joven, no puede reclamar plenamente lo que correspondería a un adulto: estabilidad, seguridad, capacidad real de decisión sobre su propia existencia.
El resultado es una sociedad donde la adultez se vuelve un privilegio y la juventud una condena prolongada. Y donde el verdadero problema no es que la gente tarde más en crecer, sino que el sistema ha dejado de permitirlo.
