La especie humana alcanzó su ventaja evolutiva no por la especialización, sino por su plasticidad: una capacidad excepcional para adaptarse a contextos cambiantes, reconfigurar prácticas y redefinir fines. Esta plasticidad no debe entenderse como una esencia abstracta, sino como una capacidad históricamente mediada por formas concretas de cooperación, producción y organización social.
Sin embargo, en el estadio histórico actual, esa ventaja se ha invertido. Nos hemos convertido en una especie altamente especializada, no en una función biológica concreta, sino en una lógica abstracta e ideológica: el productivismo. Se trata de una abstracción materialmente real, encarnada en instituciones, relaciones de producción y criterios sociales de valor que convierten la productividad* en un fin absoluto.
*Entiéndase aquí ‘productividad’ no en su sentido material originario —la capacidad de producir lo necesario para la vida—, sino en su forma capitalista degenerada: la eficacia compulsiva en la generación de valor abstracto y monetizable.
Esta especialización no solo organiza el trabajo, sino que coloniza la subjetividad, el tiempo, el valor social y la idea misma de sentido. El resultado es un estancamiento evolutivo comparable al de cualquier especie hiperadaptada a un nicho que deja de existir, no en un sentido biológico, sino histórico-social: una rigidez en las formas de organización que limita la capacidad de transformación colectiva.
1. La no-especialización como motor evolutivo
Durante la mayor parte de su historia, Homo sapiens sobrevivió precisamente por no estar cerrado a un único nicho ecológico. No éramos los más fuertes, ni los más rápidos, ni los más resistentes, pero sí los más flexibles. La cooperación, la transmisión cultural, el aprendizaje social y la capacidad de reorganizar colectivamente la producción permitieron una adaptación abierta, acumulativa y no lineal.
Esta plasticidad no era solo técnica, sino también cognitiva y social: cambiar de herramientas implicaba cambiar de relaciones, de símbolos y de formas de vida, es decir, modificar simultáneamente las condiciones materiales de existencia y las formas sociales que las sostenían.
2. El giro histórico: de la adaptación al encierro funcional
Con la consolidación de los modos de producción industriales y postindustriales, la flexibilidad humana comienza a canalizarse en una única dirección dominante: la maximización de la productividad convertida en imperativo categórico, es decir, el productivismo.
A diferencia de otras especializaciones evolutivas, esta no se ancla en un órgano o conducta concreta, sino en una abstracción.

La productividad, entendida ya no como la capacidad humana de transformar el mundo para vivir, sino reducida a la métrica del valor abstracto, deja de ser un medio y se convierte en un fin autónomo. No importa qué se produzca, para qué o para quién: importa que sea medible, comparable y optimizable, reflejando la primacía de criterios cuantificables propios de la producción de valor abstracto.
3. El productivismo como nicho evolutivo cerrado
En este punto emerge la paradoja: la especie que triunfó por su apertura se encierra ahora en el nicho extremadamente estrecho del productivismo. Nos hemos convertido en especialistas en producir valor abstracto, rendimiento cuantificable y eficiencia simbólica, una especialización que se reproduce a través de la división del trabajo, la organización del tiempo social y las formas dominantes de reconocimiento.
Esta lógica no se limita a convertirse en dominante, sino que actúa como criterio excluyente. Otras formas de organización social, temporal y productiva —aunque materialmente viables— son subordinadas, absorbidas o neutralizadas. Esta imposición opera como una forma de colonialismo estructural, no en sentido estrictamente histórico, sino como la expansión de una racionalidad que redefine qué formas de vida son legítimas, posibles o “eficientes”, tanto a escala individual como territorial y global.
Esta especialización no se limita al ámbito laboral:
- Define la valía social de los individuos.
- Estructura el tiempo vital mediante la urgencia, la aceleración y la disponibilidad permanente.
- Modela la subjetividad a través de la autoexplotación, la culpa y la ansiedad por el rendimiento.
Como cualquier especie hiperadaptada, esta configuración funciona mientras el entorno la sostiene. Pero cuando las condiciones materiales, ecológicas y sociales cambian, la especialización se convierte en fragilidad.
4. Estancamiento evolutivo y pérdida de capacidad adaptativa
La paradoja antropológica actual no es solo económica o cultural, sino evolutiva, en un sentido histórico: afecta a la capacidad de la sociedad para reorganizar conscientemente sus propias condiciones materiales.
La humanidad dispone de capacidades técnicas sin precedentes, pero ha reducido drásticamente su margen real de transformación social. La innovación se vuelve repetitiva, la política gestiona límites en lugar de abrir posibilidades, y la imaginación colectiva queda subordinada a lo productivamente viable.
En términos evolutivos, no avanzamos: orbitamos dentro de un mismo patrón, como una especie especializada que ya no puede mutar sin colapsar.
5. ¿Una salida posible?
Si la especialización productiva es un callejón evolutivo, la salida no pasa por una regresión romántica ni por una huida individual, sino por una reapropiación consciente de la plasticidad colectiva. Esto implica una transformación de las relaciones sociales que organizan la producción, no un cambio meramente subjetivo.
Esto implica:
- Repolitizar la producción y sus fines.
- Desacralizar el productivismo como criterio moral.
- Recuperar la planificación consciente como herramienta evolutiva.
No se trata de producir menos por principio, sino de volver a decidir colectivamente qué significa producir, para qué y desde qué concepción de lo humano, liberando a la productividad concreta de la tiranía del productivismo abstracto.
