La identidad romaní ha sido, durante siglos, uno de los mayores puntos ciegos de la historia europea. Mientras otros pueblos obtenían categorías nacionales, derechos culturales o reconocimiento territorial, los romaníes eran reducidos a un estereotipo: nómadas, exóticos, ajenos a cualquier forma de nación posible. Esta invisibilización no fue accidental, sino un mecanismo profundamente ligado a la configuración de los Estados liberales modernos, cuyo ideal de ciudadanía homogénea rechazaba todo aquello que no cupiera en su modelo de nación-etnia sedentaria.

Frente a esa tradición de marginación estructural, la Unión Soviética representó un punto de inflexión único. Por primera y única vez, un Estado no solo reconoció a los romaníes como un colectivo cultural legítimo, sino como una nación, con derecho a su propio desarrollo dentro de un proyecto político común. La URSS no trató al pueblo romaní como una anomalía, sino como parte del mosaico multinacional que el marxismo-leninismo identificaba como base material del Estado soviético.
Korenizatsia: un marco político para existir
A partir de los años 1920, la política de korenizatsia impulsó el derecho de los pueblos minoritarios a organizar sus instituciones culturales, educativas y lingüísticas. En ese proceso, los romaníes dejaron de ser un “grupo social problemático”, como eran definidos en la mayoría de Estados europeos, para convertirse en un pueblo reconocido. El Estado soviético financió escuelas en lengua romaní, editoriales, centros de investigación y proyectos artísticos propios.
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El símbolo más visible de este proceso fue la creación del Teatro Román de Moscú en 1931, una institución única en el mundo: un teatro nacional romaní, profesional, con su propia estética, su propia dramaturgia y su propio reconocimiento oficial. Esto no fue un gesto folklórico; fue la materialización de un cambio histórico: la cultura romaní conquistaba el espacio político que se le había negado durante siglos.
Cultura, lengua y derechos: un reconocimiento integral
El reconocimiento soviético no se limitó al terreno cultural. Los romaníes aparecieron en censos nacionales como una categoría legítima, no como una “población flotante” o como una “minoría sin patria”. Esto tenía consecuencias profundas: los convertía en sujetos políticos, parte constitutiva de la soberanía compartida del Estado.
Por primera vez, la lengua romaní se utilizó en educación formal, investigaciones lingüísticas y publicaciones periódicas. En un continente donde, hasta bien entrado el siglo XX, hablar romaní podía implicar persecución policial, la URSS lo elevó a lengua de cultura.
Una nación sin territorio, pero no sin historia
El caso romaní era especialmente complejo porque su estructura histórica no se ajustaba al molde clásico de “nación con territorio definido”. Sin embargo, el concepto soviético de nación no se reducía a la tierra, sino que incorporaba elementos objetivos (lengua, cultura, historia común) que permitían reconocer formas nacionales no territoriales.
Esta flexibilidad teórica —impensable en los nacionalismos liberales europeos— permitió que los romaníes fueran considerados un pueblo con derechos propios sin exigir su sedentarización ni negar su identidad transnacional.
La excepción histórica
Cuando se analiza en conjunto, el reconocimiento soviético de la nación romaní es un hecho singular en la historia mundial:
- Ningún Estado europeo ofreció un marco equivalente.
- Ninguna república liberal reconoció a los romaníes como nación.
- Ningún proyecto político anterior o posterior logró institucionalizar su cultura en igualdad con otras naciones.
Este reconocimiento, con todas sus limitaciones y tensiones internas, fue radicalmente distinto a la política de control, vigilancia o asimilación cultural que dominó en el resto de Europa.
Más allá de la historia: un gesto de futuro
La experiencia soviética demuestra que la existencia política de un pueblo no depende de su representación previa, sino de su posibilidad material. Allí donde Europa vio “gitanos” como una otredad eterna, la URSS vio romaníes: un pueblo con lengua propia, con cultura viva y con capacidad colectiva.
Reconocer a la nación romaní fue, en última instancia, un acto de emancipación: un intento de elevar a un pueblo históricamente perseguido al plano de la dignidad política. Fue el único momento en que la historia los trató como lo que son: parte constitutiva de la humanidad y no su periferia.
