Publicado en

Korenizatsia: la política soviética que reinventó la cuestión nacional

La historia del siglo XX está marcada por proyectos nacionales que, en su mayoría, replicaron la lógica del Estado-nación burgués: homogenización cultural, imposición lingüística y jerarquías étnicas bajo la retórica de la ciudadanía universal. Frente a ese modelo, la Unión Soviética desarrolló un marco radicalmente diferente para gestionar la diversidad: la korenizatsia, un conjunto de políticas que buscaban empoderar a los pueblos no rusos dentro del proyecto socialista.

Más que una política administrativa, la korenizatsia fue un experimento histórico sin precedentes: el intento de construir un Estado multinacional basado no en la dominación cultural, sino en la promoción activa de las identidades oprimidas.

1. Orígenes: la revolución como ruptura con el imperio

La Unión Soviética nació sobre las ruinas del Imperio ruso, una estructura profundamente desigual que mantenía a decenas de pueblos sometidos. Lenin identificó que la revolución solo podía consolidarse si rompía con esa opresión estructural y ofrecía una base nueva: igualdad nacional, derecho de autodeterminación y promoción cultural de los pueblos no dominantes.

Así surgió la korenizatsia (“indigenización” o “enraizamiento”), que comenzó a aplicarse en la década de 1920. Su lógica era simple y revolucionaria:

  • El socialismo no puede construirse sobre identidades negadas.
  • La emancipación nacional es parte inseparable de la emancipación social.
  • Cada nación debe tener herramientas materiales para desarrollarse.

2. Un Estado multinacional planificado

A diferencia del modelo burgués, la URSS no concebía la nación como una esencia eterna, sino como una formación histórica basada en factores objetivos: lengua, territorio, economía, cultura. Bajo ese marco, la korenizatsia desarrolló:

  • Repúblicas nacionales con autonomía administrativa real.
  • Sistemas educativos en lengua propia, con alfabetización masiva y estandarización lingüística.
  • Élites políticas locales formadas deliberadamente para liderar sus instituciones.
  • Editoriales, teatros nacionales, academias y radios, construidas con financiación estatal.
  • Censos que reconocían a las minorías no como «población marginal», sino como naciones legítimas.

El objetivo era doble: romper el legado imperial y construir un sujeto político colectivo capaz de participar en igualdad en el proyecto socialista.

3. La revolución cultural nacional

La korenizatsia no fue solo un proceso institucional, sino también un impulso cultural profundo. La URSS financió miles de escuelas, libros, gramáticas, compendios etnográficos y obras artísticas en lenguas que antes estaban marginadas, prohibidas o sin escritura estandarizada.

Esto permitió:

  • La revitalización de culturas que habían sido anuladas por el zarismo.
  • La modernización de tradiciones locales dentro de un marco socialista.
  • La aparición de una intelectualidad propia en cada república, algo históricamente inédito.

Para pueblos como los romaníes, tártaros, chuvashes, kazajos, udmurtos o bashkires, esto significó el primer verdadero reconocimiento de su identidad colectiva.

4. Nación sin hegemonía nacional

El principio rector de la korenizatsia era el rechazo a que una nacionalidad dominara a otras. Para ello, la URSS impulsó una distribución equilibrada del poder entre repúblicas y nacionalidades, creando un federalismo multinacional extremadamente complejo.

Este federalismo no era solo geográfico: también era cultural, lingüístico y simbólico. La idea era construir un Estado en el que ninguna cultura fuera la «cultura oficial».

En un mundo dominado por Estados que exigían asimilación cultural para acceder a la ciudadanía, la URSS ofrecía un camino opuesto: la igualdad mediante la diferencia.

5. Tensiones, límites y cambios

Como todo proceso histórico, la korenizatsia tuvo tensiones. En los años 1930, en plena presión bélica impuesta desde el exterior, se produjeron ajustes, reevaluaciones y, en algunos casos, retrocesos parciales en favor de una mayor centralización rusa. Sin embargo, incluso en sus transformaciones, el marco multinacional soviético siguió siendo incomparablemente más inclusivo que cualquier Estado contemporáneo.

Las instituciones nacionales creadas en esta época —repúblicas, academias, teatros, alfabetos estandarizados— sobrevivieron a la URSS y siguen definiendo la geografía cultural de Eurasia hasta hoy.

Artículo relacionado: La URSS bajo asedio: las presiones externas que moldearon su desarrollo

6. La herencia: una lección para el futuro

La korenizatsia no fue un intento de “integrar minorías”, como haría un Estado liberal, sino una apuesta política mucho más profunda:

  • Crear naciones donde antes había pueblos oprimidos.
  • Socializar la capacidad de producir cultura.
  • Redistribuir poder simbólico y administrativo.
  • Reconocer que la diversidad no es obstáculo, sino material de construcción histórica.

En este sentido, la korenizatsia fue el único experimento moderno que trató la cuestión nacional desde la igualdad real, no desde la tolerancia condescendiente ni desde la jerarquía cultural.


Bajo mi punto de vista, la korenizatsia no fue una política cultural más ni un intento burocrático de ordenar la diversidad del Estado soviético. Fue, en realidad, uno de los pocos momentos de la historia en los que un poder político entendió que la libertad no nace, no aparece por sí sola, no existe de forma natural en el individuo aislado. La URSS, de manera consciente o no, abrió un laboratorio histórico donde la libertad dejó de ser invocación abstracta y se convirtió en práctica material de sincronización social.

La ley fundamental de mi pensamiento es clara: la libertad individual aislada es imposible, porque el individuo no es una unidad autónoma, sino una expresión local de un flujo total que lo condiciona todo. La única libertad que puede existir es aquella que se produce colectivamente, mediante planificación consciente, nivelación estructural y superación de las asimetrías que fragmentan al cuerpo social en partes enfrentadas.

Leída desde este marco, la korenizatsia aparece no como un “gesto progresista”, sino como una anticipación materialista de la libertad colectiva.

1. La libertad no se posee, se construye

El liberalismo repite la ficción de que la libertad es un atributo innato del individuo, algo que está ahí y que el Estado solo debe “proteger”. Es una ilusión burguesa: nadie que nace en una comunidad sin lengua reconocida, sin instituciones propias, sin presencia simbólica, sin herramientas materiales para existir, puede considerarse libre.

La korenizatsia deshace esta ficción desde su raíz.

Reconocer a una nación oprimida no es un acto moral, es un acto de construcción material:
significa crear las condiciones para que ese pueblo pueda existir como sujeto real.

El romaní, el kazajo, el udmurto o el bashkir no podían experimentar libertad si su mundo seguía enterrado bajo la hegemonía rusa o bajo la invisibilización imperial heredada del zarismo. La libertad solo aparece cuando la colectividad tiene soporte institucional; cuando la lengua se enseña; cuando la cultura tiene producción; cuando la identidad tiene un lugar en la planificación común.

La libertad, entonces, deja de ser una propiedad del individuo: es un efecto de la organización colectiva.

2. Sincronizar para liberar

Sostengo que la libertad solo puede surgir del movimiento sincronizado de un cuerpo social que es consciente de sí mismo. No hay libertad sin unificación de ritmos, sin reconocimiento de interdependencias, sin un proyecto común que haga inteligible cada acción individual.

Eso es exactamente lo que intentaba hacer la korenizatsia:

  • igualar condiciones simbólicas;
  • distribuir capacidades culturales;
  • impedir que una nacionalidad se erigiera como centro;
  • y reorganizar el espacio social desde el reconocimiento mutuo, no desde la imposición.

La URSS entendió que un Estado multinacional no puede sostenerse sobre una lengua dominante ni sobre un imaginario único. La unidad no se consigue neutralizando diferencias, sino sincronizándolas.

La libertad emergía no de la subjetividad del individuo, sino del sistema social que hacía posible esa subjetividad.

3. Superar la otredad para que la libertad sea real

En mi marco conceptual, la moral absoluta coincide con la forma en que el colectivo se reconoce a sí mismo como totalidad, eliminando la otredad que funciona como enemistad estructural.

La korenizatsia operaba justamente en esa dirección:

  • al reconocer a cada nación,
  • al equiparla cultural y lingüísticamente,
  • al impedir que la identidad rusa se convirtiera en eje hegemónico,

desactivaba la posibilidad de que “los otros” quedaran fijados como categorías inferiores, sospechosas o subordinadas. La otredad dejaba de ser estructura para convertirse en diferencia sin jerarquía.

Sin esa desactivación, ninguna libertad emancipadora es posible.
Si existen identidades dominantes, la libertad queda secuestrada por la posición social que cada uno ocupa dentro de esa estructura.

4. La libertad como sistema, no como excepción

La libertad, entendida materialistamente, no es ausencia de límites, sino capacidad para reorganizar los límites mediante planificación consciente. Es un proceso técnico, político y cultural; no un estado mental del individuo.

La korenizatsia fue un ejemplo de intento en esta concepción: reconfiguró el terreno mismo sobre el que las naciones soviéticas podían existir, actuar y transformarse. Dio forma institucional a identidades históricamente negadas, abrió caminos de participación y produjo condiciones donde la libertad dejaba de ser sueño romántico para convertirse en efecto sistémico.

Su legado no es administrativo. Es ontológico.
Demostró que la libertad no necesita héroes individuales, sino un cuerpo social capaz de pensarse a sí mismo como totalidad y de planificarse de acuerdo a esa conciencia.

Proletkult.

Suscríbete a nuestra Newsletter mensual.