La neutralidad no es una virtud. Es el escondite de una razón que, incapaz de soportar la tensión del conflicto, prefiere contemplar el mundo desde lejos. Se disfraza de prudencia, de equilibrio, de sensatez, pero lo que realmente encubre es una renuncia: la de comprender la realidad en su justa medida, con toda la violencia, desigualdad y contradicción que la constituyen.
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Ser neutral implica situarse fuera de la historia. Es asumir que los hechos existen sin relación con las fuerzas que los producen, como si la injusticia fuera un accidente y no la forma concreta que adopta la estructura social. La neutralidad se construye sobre una ilusión de pureza: la idea de que el pensamiento puede juzgar sin implicarse, observar sin intervenir, conocer sin transformar. Pero no hay mirada inocente; toda mirada toma partido, incluso cuando finge no hacerlo.
La neutralidad se presenta como el terreno de la razón, cuando en realidad es su huida. La razón, enfrentada a una realidad atravesada por la dominación, se protege de su propio desgarro refugiándose en el método, en el tecnicismo, en la distancia analítica. La objetividad se convierte en anestesia. Se estudia la pobreza sin tocar la riqueza, la guerra sin señalar al ejército, la desigualdad sin hablar de clase. Así, el pensamiento conserva su reputación de rigor a costa de su capacidad de verdad.
Esa neutralidad autocomplaciente cumple una función precisa en el orden capitalista: mantiene intacta la posibilidad de hablar de todo sin poner nada en cuestión. Permite al intelectual, al político o al ciudadano declararse “por encima” de los extremos mientras el mundo sigue siendo decidido por ellos. Es una forma de adaptación: no ver para no tener que actuar, no elegir para no tener que renunciar.
La razón neutral no busca entender: busca preservarse. Es un mecanismo de autodefensa que convierte el conflicto en error de perspectiva y la opresión en tema de debate. En lugar de analizar la realidad como proceso dialéctico, la reduce a catálogo de fenómenos que se pueden administrar, gestionar o describir. Deja de pensar para justificarse.
La verdadera razón —la que no teme a la historia— no puede ser neutral, porque toda comprensión auténtica implica transformación. Entender es intervenir: reconocer las causas materiales de lo real y, por tanto, asumir una posición en él. El pensamiento que no se compromete con la emancipación se vuelve instrumento de conservación.
La neutralidad, en última instancia, es la forma más sofisticada de complicidad. No porque defienda abiertamente al poder, sino porque lo necesita para seguir existiendo como lugar cómodo desde el cual observar el mundo. Pero el pensamiento crítico no se construye desde la comodidad. Su tarea es mirar donde la razón neutral desvía la vista, y nombrar aquello que ella calla: que la objetividad no está en el equilibrio, sino en la verdad; y que la verdad, en una sociedad dividida, siempre tiene un lado.
