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Los Pro-Vida somos los «rojos»

Artículo imprescindible: Antiabortismo y explotación de clase

La etiqueta «pro-vida» ha sido secuestrada. Se ha reducido a una consigna que solo parece aplicarse a los nueve meses de gestación. Pero, ¿qué significa estar «a favor de la vida»? ¿No es la vida un continuum que comienza en la concepción y se extiende hasta la muerte natural, atravesando la infancia, la adolescencia, la edad adulta y la vejez? Si aceptamos esta definición, entonces es hora de hacer la pregunta incómoda: ¿Quiénes defienden de verdad ese continuum vital?

La vida no es un latido, es un proyecto

Un latido cardíaco es un signo biológico. La vida, en su sentido humano y pleno, es un proyecto que requiere condiciones materiales. La vida es un niño que no pasa hambre. Es un adolescente que puede acceder a una educación que no le condene a la precariedad. Es una familia que puede criar a sus hijos con un salario digno. Es una persona enferma que recibe atención médica sin arruinarse.

Quienes se autodenominan «pro-vida» suelen detener su defensa en el parto. Pero la vida real, la que duele, sueña y lucha, comienza justo ahí. Y es en ese preciso momento donde comienza el abandono por parte de los mismos que clamaban por «protegerla».

El decálogo del pro-vida real: Hechos, no palabras

Un verdadero defensor de la vida no se conforma con leyes punitivas. Su activismo se demuestra en su compromiso con políticas que sostienen la vida ya nacida. Por tanto, los verdaderos pro-vida son aquellos que luchan por:

  1. Sanidad Universal Pública y Gratuita: Porque la vida es frágil y la enfermedad no puede ser un lujo.
  2. Educación Pública de Calidad desde la cuna hasta la universidad: Porque una vida con oportunidades es una vida con futuro.
  3. Renta Básica y Salarios Dignos: Porque la vida no puede depender de la caridad o la explotación.
  4. Programas de Alimentación Infantil: Porque un niño con hambre es un proyecto de vida mutilado.
  5. Vivienda Digna: Porque la vida necesita un hogar, no un refugio.
  6. Políticas de Conciliación y Subsidios de Maternidad/Paternidad: Porque traer una vida al mundo no debería suponer una sanción económica.
  7. Acceso Universal a Anticonceptivos y Educación Sexual: Porque la mejor manera de evitar un aborto es evitar un embarazo no deseado.
  8. Protección del Medio Ambiente: Porque no hay vida posible en un planeta enfermo.
  9. Paz y Desmilitarización: Porque la vida es incompatible con las bombas.
  10. Cuidado de los Mayores y Dependientes: Porque una vida digna lo es hasta el final.

La gran contradicción del «pro-vida» fraudulento

Ahora, la prueba del algodón. Comparemos el decálogo anterior con el perfil ideológico de quienes suelen liderar la retórica antiabortista. La incoherencia no es una anécdota; es el síntoma de una visión fracturada.

  • ¿Defienden la sanidad universal o promueven su privatización?
  • ¿Apoyan la financiación de la educación pública o abogan por los recortes?
  • ¿Luchan por subir los salarios mínimos o los consideran un «lastre para la economía»?
  • ¿Priorizan los programas sociales o los recortes fiscales para los más ricos?

La respuesta es sistemáticamente la segunda. Para el «pro-vida» fraudulento, la defensa de la vida es un asunto de bajo coste: una ley, una prohibición. Su defensa es de la vida como concepto abstracto, no de las vidas concretas. Se presentan como defensores de la moral, pero su política genera miseria. Y no hay nada más inmoral que condenar a un ser humano a una existencia de precariedad.

Reclamemos la vida

No permitamos que secuestren el significado de «vida». La vida no es solo un óvulo fecundado. La vida es el pan en la mesa, el libro en la escuela, la medicina en el hospital, el techo sobre la cabeza.

Por tanto, el movimiento obrero que exige salarios dignos es pro-vida.
El maestro que educa en un colegio público es pro-vida.
El sanitario que atiende en un hospital público es pro-vida.
El activista que defiende el planeta es pro-vida.

Frente a una postura que se limita a obligar a nacer para después abandonar, se alza la postura que quiere garantizar que cada vida, desde su inicio hasta su fin, merezca la pena ser vivida. La elección está clara. La pregunta no es «¿estás a favor de la vida?», sino «¿a favor de qué tipo de vida estás, y hasta dónde estás dispuesto a llegar para defenderla?».

Los verdaderos pro-vida no están frente a las clínicas con pancartas. Están en las escuelas, en los hospitales, en los sindicatos y en las calles, luchando por el derecho fundamental a una existencia digna. Es hora de que reclamen su nombre.

La verdadera defensa de la vida exige: garantizar derechos universales, redistribuir la riqueza y liberar a las personas de la explotación.

Proletkult.

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