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Antiabortismo y explotación de clase

El discurso antiabortista suele presentarse como una defensa moral y absoluta de la vida. Sin embargo, una mirada materialista revela una contradicción fundamental: a las élites que promueven estas políticas solo parece importarles el feto mientras permanece en el vientre materno. Una vez nacido, ese niño ingresa en una sociedad donde esas mismas élites bloquean sistemáticamente cualquier intento de garantizarle una existencia digna. En este sentido, el antiabortismo no puede comprenderse como una ética universal de la vida, sino como un mecanismo ideológico al servicio de la reproducción del orden capitalista.

El feto como herramienta ideológica

El «niño no nacido» se ha convertido en un símbolo abstracto, fetichizado, separado de toda condición material de existencia. Como ocurre con la mercancía, el feto es transformado en un objeto ideológico que oculta las relaciones sociales que lo producen y rodean.

Este símbolo cumple varias funciones: moviliza apoyos emocionales, disciplina los cuerpos femeninos e impone una moral conservadora que refuerza jerarquías sociales. De este modo, la lucha por el «derecho a la vida» se convierte en una forma de lucha por la subordinación de la mujer y la preservación de la familia como unidad básica de reproducción de la fuerza de trabajo.

El abandono de la infancia real

La contradicción es flagrante: una vez que el bebé nace, el interés desaparece. Aquellos que claman «defender la vida» son los mismos que se oponen a:

  • La sanidad pública universal.
  • Una educación gratuita y de calidad.
  • Programas de alimentación infantil.
  • Subsidios de maternidad y paternidad.
  • Salarios dignos para las familias trabajadoras.

Esto revela que lo defendido no es la vida, sino la disciplina social. Al negar la responsabilidad colectiva de sostener la existencia, se produce una masa de población vulnerable, disponible para la explotación. Se trata de una forma de acumulación por desposesión, donde la vida humana es admitida solo en la medida en que puede integrarse a la lógica del capital como fuerza de trabajo barata.

La función social del antiabortismo

El antiabortismo cumple funciones estructurales en el capitalismo:

  • Control de los cuerpos: limita la autonomía de las mujeres, sometiendo la reproducción a una moral conservadora funcional al capital.
  • Reproducción de la fuerza de trabajo: asegura un flujo constante de población que, al carecer de apoyos materiales, se convierte en ejército industrial de reserva, es decir, mano de obra barata y disponible.
  • Distracción ideológica: desplaza la lucha política de las contradicciones materiales hacia conflictos morales, dividiendo a la clase trabajadora e impidiendo que identifique al capital como su enemigo común.

Así, el antiabortismo se revela no como una defensa de la vida, sino como un aparato ideológico del Estado burgués que garantiza la reproducción del orden social.

Ejemplos históricos y actuales

  • EE.UU.: En los estados donde más se restringe el aborto (Texas, Mississippi), se registran los índices más altos de pobreza infantil, falta de cobertura sanitaria y bajos salarios. El feto se protege como símbolo, pero el niño real se abandona a la miseria.
  • América Latina: En países donde el aborto sigue penalizado (Honduras, El Salvador), los niveles de desnutrición infantil y exclusión educativa son alarmantes. La prohibición no asegura una vida digna, sino más vidas precarizadas, integradas en la condición de población superflua que el capital puede explotar o descartar según sus necesidades.
  • España franquista: El régimen exaltaba la maternidad y prohibía el aborto, pero mantenía a millones de niños en condiciones de miseria y bajo instituciones autoritarias. El objetivo no era proteger la infancia, sino controlar los cuerpos y reproducir un orden jerárquico basado en la obediencia.

En definitiva, el antiabortismo no constituye una defensa de la vida, sino una estrategia de control social y explotación de clase. El feto sirve como símbolo útil para disciplinar y cohesionar ideológicamente a la sociedad; pero una vez convertido en sujeto social con necesidades materiales, se le abandona.

¿Y qué pasa con los que defienden el antiabortismo creyendo que lo hacen bien?

Esta es una pregunta crucial, pues nos obliga a distinguir entre la intención subjetiva y la función social objetiva. La compasión que muchas personas sinceras sienten por el feto puede sentirse como real. Sin embargo, esa compasión no surge en el vacío; está mediada históricamente por un marco ideológico forjado por el poder.

A lo largo de la historia, las instituciones de poder –en particular, ciertas jerarquías religiosas aliadas con el Estado– han cultivado y dirigido estratégicamente el sentimiento moral de los creyentes. Han separado lo «sagrado» (el feto como alma) de lo «material» (el niño hambriento), concentrando la indignación ética en el primer plano y difuminando el segundo. Este marco actúa como un filtro que permite llorar por el no nacido mientras se vota a partidos que recortan la sanidad pública que atenderá a ese mismo niño una vez nacido.

Por tanto, su convicción individual, aunque sentida como autónoma, es funcional a una estructura de poder más amplia. Su buena fe es el vehículo perfecto para una política que, en la práctica, es anti-vida. No se trata de cuestionar su sinceridad, sino de revelar cómo esa sinceridad ha sido secuestrada por una ideología que instrumentaliza su empatía para servir a un orden social que genera la misma miseria que ellos, en el fondo, desearían evitar. La batalla no es contra su moral, sino contra el marco que la limita y la vuelve contra sí misma.

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